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Corona Virus: ¿tal vez, la última oportunidad?

Aquí no hablaré del virus como pandemia, pues poco sé. En cambio, sí quiero situar la oportunidad histórica que el activa. En pocos meses, con evidencias concretas, el virus nos ha develado de manera transparente la encrucijada, tensión y/o contradicción que vivimos desde hace varias décadas. Una inevitable encrucijada de caminos en la ya larga deriva humana. El virus, de manera “misteriosa”, como suelen acaecer estos hitos de ruptura en los procesos de cambios profundos y de larga duración en la Historia, ha acelerado y acelerará aún más la enorme complejidad del presente, sin saber nadie lo que vendrá. El futuro está siendo desplegado en el presente por nuestras emociones, acciones, sueños y deseos, que advienen desde la memoria.

Antes, unas pocas palabras sobre el virus y el pánico que conlleva en estos días extraños. Es curioso cómo se han retroalimentado decisiones de algunos pocos expertos de la OMS, más uno y otro desvarío en “líderes” políticos de acá, allá y acullá, sea para confinar con indecibles propósitos, casi siempre autoritarios, sea para minimizar el riesgo. Mientras, en el eco profundo, en la telaraña de Internet un cacofónico coro electrónico, animado por miles de millones de seres humanos con voces y gestos, sean de la más noble solidaridad o sean de la más deleznable violencia y egoísmo, tal cual esa abisal presencia del ángel y la bestia que mora en el alma humana. Confusión y miedo, acostumbrados en las últimas décadas a películas sobre el fin del mundo, en lo que ayer era una pantalla intimidante, aunque lejana, hoy llegó al lado mío y del vecino, confinados y enmascarados todos. Tormenta perfecta. Se trata, sin duda, del virus más taquillero en el devenir humano, pues no olvidemos que los virus acompañan nuestra vida desde la más profunda noche de los tiempos.

Vamos ahora al punto central de nuestra reflexión. En diversos artículos ya añosos he escrito que la tensión más acuciante de nuestro presente como Historia, que conocemos desde los años 60 del siglo XX, era que en caso de seguir creciendo económica y demográficamente, en ese espejismo torpe de lo ilimitado, profundizaríamos el desacoplamiento del actual modo de vida de los ecosistemas y de la biosfera con resultados catastróficos para los seres humanos (insustentabilidad ambiental); pero, y he aquí la tensión, en caso de parar abruptamente la locomotora del crecimiento, tal como lo ha venido sugiriendo la razón analítica y la ética, podrían sobrevenir crisis y explosiones sociales con resultados también catastróficos (insustentabilidad social).

Hoy, cambio climático mediante, nadie en su recto juicio discute la gravedad de la crisis ambiental, del ecocidio en que vivimos. Ahora, además, el virus ha venido abruptamente a exponernos, sin filtro, la otra derivada de la actual tensión o encrucijada vital: la insustentabilidad social. Lúcidamente, Edgar Morín, teórico de la complejidad, escribió en estos días extraños que el virus nos ha revelado que “la acción no obedece necesariamente a la intención, puede ser desviada, desviada de su intención e incluso volver como un bumerán para golpear al que la ha desencadenado. Esto es lo que el profesor Eric Caumes predice: al final, son las reacciones políticas a este virus emergente las que conducirán a una crisis económica mundial… con un beneficio ecológico. La última paradoja de la complejidad: el mal económico podría generar una mejora ecológica. ¿A qué costo?”

Estos días es un lugar común en los medios insistir que iniciamos una crisis económico-social de la talla de las peores del siglo XX. Sin embargo, la comparación soslaya que ni en la gran depresión del 29 ni pos segunda gran guerra del norte éramos tantos y tantos sujetos partícipes de un mismo “metabolismo” económico global, ni que ayer había tamaña crisis de sustentabilidad ambiental como la de hoy. De ahí que la letalidad del virus podría ser muy leve comparada con los ecos violentos de la potencial crisis social. Por eso, quienes decidieron parar en forma abrupta por algunos meses la máquina del crecimiento económico, hoy inquietos invitan a recuperar la “nueva normalidad”, que para ellos es simplemente continuar creciendo en el productivismo y el consumismo, como si aquí no pasara nada. Incluso, que duda cabe, tratarán de aliviar los límites legales que las hoy mínimas normas ambientales les imponen. ¿Pero será tan fácil y posible, tras una experiencia de tal intensidad?

Todo indica que vendrán tiempos duros. Claro que, como en toda crisis, se abre una oportunidad. En este caso, una oportunidad para la sustentabilidad, lo que implicará avanzar en un cambio profundo del actual modo de vida.

Como ya dije, hoy es consenso académico que el cambio climático generará amplias e inéditas crisis socio-ambientales y migraciones masivas con sus inminentes secuelas de conflictos sociales por recursos en diversas regiones del planeta. Y ahora que el virus nos ha llevado a parar la maquina energética de combustibles fósiles y el productivismo y consumismo desbocado, ni siquiera podemos imaginar lo qué ocurrirá en nuestro actual y agotado modo de vida. ¡Qué tensión y desacoplamiento estructural entre la “maquina socio-económica mundo” y la biosfera! He ahí la mayor evidencia, pos virus, que asistimos a una contradicción entre el desorbitado crecimiento del ya antiguo modo de producción moderno (el sistema-mundo del que nos hablara Immanuel Wallerstein) y la imposibilidad del bio-sistema planetario de soportar el daño que aquél progresivamente le infiere.

Realicemos el ejercicio de complementar la descripción de esta vital tensión, trayendo al presente una de las más sugerentes tesis de Karl Marx: determinadas relaciones de producción de una época antigua se pueden convertir en una traba para la expansión de nuevas fuerzas productivas y nuevas relaciones de producción (un nuevo modo de organizar el vivir económico-social y cultural).

Si observamos las relaciones de producción en tres dominios. Uno, las relaciones de apropiación y distribución de la riqueza. Dos, los motivos y valores que mueven a los seres humanos en la producción de bienes y servicios. Y tres, las relaciones entre los sujetos (y clases) en los mercados y en cualquier interacción económica, resulta inequívoco que las antiguas relaciones productivas de la época moderna están trabando las nuevas relaciones de producción y el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas ecológicas que la humanidad ya tiene a mano para superar la crisis de sustentabilidad.

Hoy están operando nuevas fuerzas productivas eco-tecno-eficaces, un núcleo duro o matriz de una potencial nueva economía postmoderna. Por ejemplo, hoy existe el conocimiento y la capacidad para multiplicar y descentralizar la generación limpia de energía. Hoy disponemos de la tecnología para avanzar hacia la desmaterialización de la economía, mediante el reciclaje y la reorganización de la materia prima ya transformada que circula en el mundo. Por ejemplo, he ahí el nuevo ánimo en las empresas B, que al menos problematizan el lucro y orientan su operar con foco en lo social y ambiental.

Sin embargo, esta emergente capacidad de producción eco-tecno-eficaz se ve frenada por relaciones de producción propias de una época ya antigua; relaciones todavía basadas en principios y dogmas como la apropiación y la acumulación, la sobreproducción y el consumismo, la maximización del lucro (que no es lo mismo que obtener beneficios), el des-criterio mayor del costo-oportunidad en el corto plazo, la no redistribución y la unilateral competencia.

El principal desafío pos corona virus, tanto en la gestión política y en lo personal, será potenciar pragmáticamente la emergente expansión-creatividad de las nuevas fuerzas eco-productivas. Será poner en el centro a las emergentes relaciones de producción, por ejemplo, la revalorización de la colaboración, la profundización de la práctica de la redistribución y la equidad, los beneficios razonables –que no destruyen ni al otro ni al entorno–  y la emoción del respeto y el vivir en una simplicidad voluntaria. Si así lo hacemos, tal como lo sugieren una diversidad de actores/agencias de la idea-fuerza sustentabilidad, entonces podríamos profundizar en un potencial de transformación capaz de conservar una nueva relación entre cultura y biósfera, que permita un mejor vivir.

Hasta el virus, aún eran hegemónicas las antiguas-modernas relaciones de producción que, en el mismo acto de frenar a las emergentes relaciones y fuerzas productivas de la sustentabilidad, ponían en cuestión la continuidad intergeneracional. Sin embargo, pos virus, reitero, tenemos una oportunidad para co-construir un nuevo camino cultural, lo que obviamente ocurrirá con enormes tensiones. En cómo resolvamos esta vital encrucijada histórica se juega la manera en que accederán al futuro nuestros hijos.

En las últimas décadas, ante la evidencia expansiva de los peores augurios del cambio climático y de la pérdida de biodiversidad, movimientos sociales contraculturales se han multiplicado en todo el mundo, así como algunos gobiernos y algunas empresas, a su manera, han intentado enfrentar la eco-crisis. En el ámbito europeo, el Movimiento Zeitgeist (espíritu de la época) se ha venido masificando con su postulado de transitar desde una economía del lucro a una economía de los recursos. En América Latina, redes de académicos y activistas de distintas culturas han propuesto el nuevo paradigma pos-colonial y del post-desarrollo, coincidiendo con la mirada del Zeitgeist del norte, en torno a la necesidad de un Buen Vivir basado en una economía colaborativa y de la sustentabilidad de los recursos. En India y China también asistimos a un activismo de la alteración cultural que cuestiona el proceso de modernización impulsado por sus gobiernos, producto de las dramáticas secuelas de daños ambientales y sociales.

He usado una y otra vez la expresión una “tensión extraordinariamente compleja” con el objetivo de relevar que el desafío de la sustentabilidad requiere de innovadoras miradas, de colaboración en el inevitable conflicto, de radicalidad y mesura. En tal desafío no existen los “puros” y los “impuros”, tan solo hay prácticas sustentables y no sustentables. Tampoco existen los atajos ni son efectivos los grandilocuentes llamados maximalistas a cambios económicos y sociales inmediatos. No. En esto es imprescindible una gestión política que en un proceso sostenido avance en pos de un cambio cultural hacia la sustentabilidad en todos los asuntos de la Polis, cuyo resultado serán las ineludibles y paulatinas transformaciones económicas, sociales y emocionales.

En un contexto tan desafiante, todos estamos llamados a facilitar la sinergia entre las inteligencias individuales y la inteligencia colectiva de las organizaciones para su contribución innovadora en pos de la sustentabilidad. Ese es el crucial desafío de época. Desplegar esa voluntad, emoción e inteligencia es una acción y responsabilidad compartida entre todos los sujetos nobles que participan en gobiernos, partidos políticos, empresas y organizaciones ciudadanas. Así lo exige el hecho de vivir en un mundo interdependiente, donde ni solos ni separados podemos resolver estas tensiones.

Para mejor comprender esto, permítanme una breve digresión sobre qué es la Historia. Somos los sujetos, en acción y conocimiento situado, quienes hacemos la Historia, animados por nuestras necesidades, sueños, emociones, deseos y sufrimientos, y por poderosas voluntades, ya sean altruistas o egoístas. El resultado escapa a nuestras manos, aunque estamos incluidos en el resultado. Queramos o no, hacemos la Historia. Y somos siempre responsables, por acción u omisión, de la Historia que vamos haciendo. Por eso, la Historia es libertad: la co-construimos, la enactuamos, haciéndola emerger.

El presente como Historia es una red de actividades y conversaciones, en colaboración y conflicto, entre quienes vivimos entrelazados en un «momento – proceso» dinámico en el tiempo y en el espacio, siempre herederos de una memoria y desnudos ante el futuro. Tan histórico es el presente, que el devenir de cada sujeto y de la humanidad es solo una sucesión de presentes efímeros. Existimos en el presente, pues pasado y futuro están implicados en el presente. Los presentes efímeros se nutren de las intensas huellas dejadas por la memoria de un pasado que antes fue presente, mientras en simultáneo desplegamos las prácticas, emociones, razones y deseos con que inevitablemente vamos construyendo un futuro que tal vez llegará a ser nuestro presente. En ese sentido, la distinción temporal entre pasado-presente-futuro es solo operativa, pues, pasado-presente-futuro están unidos, en-red-dados en un continuo.

Volvamos ahora a la oportunidad abierta por el virus de co-construir un nuevo modo de vivir sustentable, pos la locura expansiva, de separatividad, con un ego existencialmente alienado de la red de la vida, mirada tan propia de una modernidad occidental que en pocos siglos se expandió al mundo con su secuela de creación y destrucción.

Quienes han reflexionado sobre el devenir de la Historia coinciden en afirmar que en un cambio de época sincrónicamente acaecen tendencias que apuntan a transformaciones interrelacionadas.  Una, en la organización y en la manera de entender la política y al otro. Dos, en la manera de organizar y vivir la economía y la técnica. Tres, en la manera de organizarnos socialmente. Y cuatro, en la emergencia de un cambio radical en la concepción del mundo, en nuestro velo emocional al actuar en el mundo. Y si bien esos procesos de cambio acaecen sincrónicamente, la pauta o el ánimo transversal es la mutación de la mirada humana. Y la mirada de una comunidad cambia cuando la antigua mirada se hace insostenible. Así ha devenido siempre la historia humana. Al respecto, la evidencia actual es abrumadora. La antigua mirada moderna, ajena, disociada de la biosfera, nos tiene viviendo sucesivas crisis ecológicas y conflictos socio-ambientales, amén de virus incluidos (virus por lo demás no ajenos a la crisis ambiental, tal como algunos científicos lo han reiterado en estos días). Dicho de otra manera, la antigua mirada cambia cuando se muestra incapaz de lidiar con una nueva crisis y sus consecuentes desafíos; que hoy son las cuestiones asociada a la sustentabilidad intergeneracional.

En los años 60 del siglo XX la antigua mirada empezó a ser sacudida desde sus cimientos por nuevas sensibilidades. Ahí se dio el vamos al actual cambio de época histórica y de transición paradigmática (suelo usar la metáfora de un neo-renacimiento para referirme a la década prodigiosa).

Ante la evidencia inequívoca de la destrucción ambiental, esos años emergen las sensibilidades y acciones ecologistas que re-conectan, en una suerte de neo panteísmo y neo misticismo, con una vibración de respeto amoroso a la naturaleza que también somos. El antiautoritario grito “Prohibido prohibir” expresó la demanda en pos del respeto en una diversidad de espacios relacionales cotidianos. El gesto anti-patriarcal de las mujeres, en rebeldía socio-existencial, ya no iba sólo tras el sufragio, sino en busca de su validación, luego, de un respeto integral. Los variopintos colores de los rostros y en las diferentes culturas reivindicaban el respeto a sus específicas y ricas miradas, tras soportar siglos de etnocidios. Era también respeto lo exigido por los hombres y mujeres homosexuales, tras siglos de ser condenados con desprecio y castigados a la vergüenza y a una intensa exclusión emocional. Esas sensibilidades dieron vida a movimientos contraculturales, que si bien primero en las orillas del sistema social, en pocas décadas han ido seduciendo a más y más sujetos, hasta hoy cuando afortunadamente están ya instaladas en las nuevas generaciones.

Desde esa década en las humanidades y ciencias sociales se ha usado una y otra vez el prefijo pos para hablar de sociedad pos moderna, sociedad pos biológica, sociedad pos industrial, y así. Aunque distintos autores nominan de diferentes formas el actual cambio de mirada, coinciden en una similar pauta de sentido: desde un antropocentrismo mentalmente representacional, alienado e instrumental, transitaríamos a una nueva mirada integradora, que hace participar a lo humano en la red de la vida y del universo. Un solo ejemplo, Francisco Varela nos habló de un giro ontológico: “de un estar en el mundo pasamos a comprender que constituimos el mundo”. O lo mismo: “no estamos en el mundo, somos el mundo”. Vivimos en red con toda la material-bio-socio diversidad del mundo. La red de la vida.

En fin, estos días extraños han abierto una oportunidad para hacernos responsables, una vez más, de nuestras conductas y emociones con su inevitable impacto en otras y otros, humanos y no humanos. Una oportunidad, en suma, para transitar íntimamente desde el Ego-ismo a Eco, que incluye nuestra presencia.

Lo que vendrá no será fácil. Si estos han sido días extraños, los años que vendrán serán aún más duros. Las más interpeladas serán las nuevas generaciones, a quienes lamentablemente les entregamos un mundo ya agotado, que a veces incluso pareciera sin futuro. En mis ojos es inevitable la tristeza cuando observo a nuestros jóvenes hijos, entre desorientados, animosos a veces, otras enojados. Con todo, solo nos queda revitalizar la esperanza. Una fría y serena renuncia a la antigua normalidad es la esperanza de una cálida y apasionada apertura a sentir, pensar y actuar las nuevas emociones, acciones, deseos y sueños de sustentabilidad. Tal vez, entusiasmados por una nueva mirada, en esa esperanza radica la última opción de co-crear otro mundo posible.

 

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