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Margot Loyola: los sonidos nacen en la naturaleza

Margot Loyola ha viajado hacia el misterio. Con ella mantuvimos una amena plática, a mediados de los noventa, para el libro “Bolero de Almas: conversaciones de Fin de Siglo con Viejos Sabios”*. Este es un extracto de aquella. Aquí nos habla de su vida, de su relación con Violeta y de la música y cosmovisión de los pueblos originarios. Margot amaba el folclor, ya sea el docto o el de la calle, y en sus recuerdos moraba una adolescencia de gitanos. Tal vez de ahí venían sus ganas de Chile.

– ¿Por qué ese nomadismo?

– No sé. Tal vez de mi padre que trabajó y buscó en muchos campos.

– ¿Qué hacía él?

– Mi madre decía simpáticamente que mi papá siempre había curado al hombre: primero tuvo una botica -con mi mamá, que era farmacéutica- y después se instaló con una botillería. Además, tuvo otros oficios. Y mi madre trabajaba siempre a parejitas con él.

– ¿De quién proviene su amor por las raíces?

– De mi padre, que era chinganero. Mi madre me dio las inquietudes artísticas. Ella quería que fuese pianista. A los ocho años me puso un profesor que iba a Linares desde Talca. Después estudié hasta séptimo año de piano en Santiago, con Flora Guerra.

– ¿Y cuál es la importante influencia chinganera de su padre?

– Ah, es que él lo pasó muy bien. Conocía las casas de canto de casi todo Chile. Nunca he olvidado que una vez, cuando niña, me llevó a una casa de canto en Santiago, en la calle Bustamante, donde había una pieza enorme, un piano y mesitas, y de repente aparecen 2 mujeres, con arpa y guitarra. Eran mujeres gordas, muy chinescas, que me fascinaron. Y esa misma es la palabra que ahora me dicen a mí las cantoras por los campos: «que chinesca es usted».

– ¿Qué es el folclor?

– Es vida.

– ¿En su vida, qué cambios le ha tocado ver en el folclor musical?

– En los campos antes había mayor número de cantoras. Las arpas de los campos han ido desapareciendo. Antes, en cada esquina y camino había una mujer con su arpa. Ahora es difícil encontrarla. Ahí hay una pérdida.

– ¿A qué la atribuye?

– Las personas dicen: “es que tuve que vender mi arpa o mi guitarra porque tenía que comprar harina”. Eso me lo han dicho varias mujeres. También hay una importante influencia religiosa. Mucha gente católica se ha cambiado a sectas protestantes que les prohíben el canto y el baile, porque es pecado. Entonces, simplemente tienen sus guitarras pero no las vuelven a tocar. Fíjese usted en Chiloé: las mingas se han hecho durante tantos años con animales, ahora se están haciendo con tractores. Asistí a una minga el año pasado y no hubo fiesta, porque la gente que fue a trasladar una casa pidió dinero. Ya no es el trabajo colectivo y luego la fiesta por tener una casa. La minga nunca ha sido un trabajo remunerado.

– Tal vez de aquí en adelante el folclor se va a expresar con énfasis en lo urbano.

– Sí. Hay una cueca que es urbana, que nace en Santiago o en Valparaíso y es la cueca más vibrante que tenemos en Chile. Es de los bajos fondos.

– Pero no reconoce algo más masivo. Si el folclor es algo dinámico y sincrético, que el pueblo mezcla y se apropia, ¿qué más folclórico que lo que ocurre en las poblaciones donde surgen tantos grupos rockeros-folk que incorporan mucho tono tradicional chileno?

– Ahí vamos muy bien. La cosa es que nosotros le pongamos nuestro sello. Algo interesante pasa también con la juventud en el norte que se está expresando a través de los grupos de plata y de bailes nuevos con ritmos negros, como la tuntuna y los zambos, por ejemplo.

– ¿Por qué han sido casi siempre mujeres las cantoras?

– Fíjese usted que entre los mapuches la machi también es mujer, cuando en otras culturas los chamanes son casi siempre hombres. Acá en Chile se perfiló desde el comienzo el canto femenino, la cantora, para el acompañamiento de las danzas. Mientras que el hombre, especialmente en la zona central, es quien canta a lo divino y a lo humano.

– Las cantoras en sus inicios eran hermanas: las hermanas Loyola, las hermanas Parra, las hermanas Acuña. ¿Por qué eran hermanas?

– Por la familia: canta la abuela, canta la madre y cantan las hijas. Por ahí iba la tradición.

– Para estar en la chingana había que ser bastante galla. ¿Hasta qué año hubo chinganas?

– La chingana derivó en las casas de canto. La última casa de canto en Santiago fue en 1946. Las chinganas y las casas de canto se enraizaron y se relacionaron mucho con lo que han sido las quintas de recreo y las casas de cena.

– Usted y Violeta Parra participaban de búsquedas artísticas parecidas. ¿Cómo fue la relación?

– Mire, en Chile tenemos el defecto que siempre que surge un nuevo valor hay que matar al que está antes. No sé por qué razón. Entonces, siempre hablaron que había disconformidad entre las dos. Pero yo sé que las dos nacimos de la tierra y éramos amigas. Claro que a mí siempre me gustó la academia, en cambio a Violeta Parra nunca le gustó. Ahí había ya una cosa diferente.

– Usted intentaba articular lo docto de la academia con lo profundo, con lo espontáneo, con lo popular. En cambio, Violeta era fundamentalmente lo profundo, lo popular, pero autodidacta.

– Sí. Ella pintó y esculpió sin tener escuela. Ella fue un genio y yo no era genial, pero quise hacer bien las cosas y tal vez por eso necesité de la academia, yo de la universidad iba a la fonda popular y viceversa.

– ¿Cómo recuerda a Violeta Parra?

– Era una mujer muy atormentada.

– ¿Cuáles eran sus tormentos?

– Era existencial. A Violeta le preocupaba mucho el hombre, el devenir, de dónde venimos, a dónde vamos. Cuando nosotras conversábamos nos encerrábamos.

– ¿Cómo se encerraban?

– No queríamos que nadie nos hablara: ¡No nos hablen! Le dábamos vuelta a esas cosas. Le decía: «Violeta, tengo tanta angustia, ¿cómo se me puede pasar?» Y ella me echaba agua en los brazos. “¡Pásame el brazo! -me consolaba-. Con esto se te va a pasar”. Nos conocimos nuestros tormentos. Ahora, ella como genio era muy extraña.

– ¿Por qué extraña?

– Un día me amaba y al otro día no me quería nada. Por ejemplo, un día me decía: «Tú haces puras huevás». Y otro día: «Margot, me convenciste, eres una gran intérprete de Chile».

– Problemas de amores tuvo Violeta también.

– Muchos. Tal vez por eso se le esfumaron todos. En ese terreno éramos bastante diferentes. A Violeta en los últimos años la veía muy sola. Por eso ahora me da rabia. Porque mucha gente que la lloró, antes decía: No la ayuden.

– ¿Por qué tanta animadversión?

– Violeta era una persona que no tenía pelos en la lengua, con decirte que una vez a un folclorista le colocó una guitarra de cuello. Pescó la guitarra y se la plantó encima. Se la rompió en la cabeza.

– ¿Cuál era la diferencia en lo amoroso entre usted y ella?

– Violeta era más impulsiva. Yo era más permanente. Ella, es paradójico, tuvo muchos amores y al final se quedó muy sola. Porque cuando hay muchos, no hay ninguno.

– Hábleme de los mapuches.

– No sé por qué nunca se ha escrito sobre el mapuche músico, el mapuche artista. Siempre se habla del mapuche guerrero. Y ellos no se sienten guerreros. Ellos sienten que se defendieron porque los quisieron echar de sus casas, quitar sus pertenencias y sus tierras, entonces tuvieron que defenderse. Pero la música mapuche ha sido muy admirada por los grandes estudiosos de música aborigen del mundo.

– No se aprecia influencia de música mapuche en la música chilena.

– Ninguna. Porque es otro mundo. Nosotros estamos con las escalas europeas y acá hay una escala aborigen, que no está en nuestros oídos. En ellos existe, por ejemplo, el microtono que nos cuesta tanto cantar.

– Es curioso porque Chile es una sociedad mestiza.

– Sí, indudablemente. Pero en lo musical no se nota el mestizaje. Sí se aprecia en nuestra habla, que está llena de palabras mapuches.

– ¿Por ejemplo?

– Mi marido siempre dice: vamos a hacer pichí. Viene de pichí, de chico. De ahí viene también el «vamos a echar la corta». Cuando niña a la ceniza nunca le llamé ceniza, sino pulchén. Y el sonido «trre», que lo tenemos toditos.

– ¿Qué lugares de Chile son los que más la seducen?

– Todos. Cada comunidad tiene su encanto. Ahora último estoy en la Patagonia, ¡ay, qué hombres más fantásticos, qué mujeres más extraordinarias! La Patagonia es una sola, la chilena y la argentina.

– Las últimas obras de Margot Loyola tratan de la destrucción de la cultura chilota, de lo pascuense, etcétera. La globalización del mundo es la globalización de la cultura por la influencia del intercambio y la televisión. ¿Ese proceso va a terminar por homogeneizar culturalmente al mundo o habrá nuevas mezclas y fusiones y seguirá existiendo la diversidad?

– Todo va transformándose. De ahí van naciendo nuevas cosas, nuevas ramitas diferentes. Es la dinámica del folclor, nada puede permanecer igual.

– ¿No lo ve como amenaza?

– La verdad es que me habría gustado ser un árbol en vez de ser Margot Loyola. Pues, ese árbol puede vivir 500 años y yo no voy a vivir ni 100. Tengo una tendencia a la permanencia, por lo mismo, me gustaría que todo quedara más o menos igual, pero ya me conformé.

– Triste.

– Si. Porque amo con lo que nací. Y esta cosa nueva que nos quiere arrancar de la tierra. El hombre, la máquina, ¡Dios mío, señor! A mí me aterra un poco: ¡si todo lo va a hacer la máquina! No sé lo que va a pasar con tanta técnica. Es exagerado.

– Los aborígenes iban hacia lo cósmico, pero a partir de un vínculo de amor a la tierra, tal vez eso es lo que habría que recuperar.

– Exactamente. Respetando la naturaleza, amándola con los pies bien puestos sobre la tierra.

– Así iban ellos hacía lo cósmico.

– Y mucho más que nosotros. Nuestra mente está como en un cajón, en cambio la mente de ellos vuela hacia lo cósmico. Ellos no dejan su tierra, porque ellos están en el centro de lo cósmico. Es fantástica la filosofía de los pueblos originarios.

* Libro publicado en 1996, Lom Ediciones.

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