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Ecología política: la ética y la pragmática de la sustentabilidad

Aquí hablamos de ecología política (EP) en su sentido de re-evolución. Por su incidencia evolutiva en el devenir humano, la EP es simplemente la implicación entre el cuidado de nuestra “Casa Grande” (el Oikos matricial) y la Política asumida como la acción responsable y transformadora en los asuntos de la Polis. Por eso, en nuestro presente como Historia, la EP es la única manera ética e integral de hacer política.

Esa implicación, en clave de desafío cultural, es la sustentabilidad. Si en la Polis (comunidad humana), hoy, en lo mínimo, asistimos a una ineludible ruptura de nuestro destructivo modo de vida o, en lo máximo, al eventual colapso de nuestra continuidad como especie; entonces necesariamente hubo de emerger el desafío de la sustentabilidad como atractor ético y político.

En este breve ensayo haremos la genealogía del concepto sustentable o sostenible. En pocas décadas (y digamos que a la luz de historia larga, 4 o 5 décadas no son nada), la sustentabilidad, con sus ecos en diversos ámbitos humanos, se ha constituido en la expresión central y transversal del cambio de época histórica y del nuevo paradigma social.

El eje del actual cambio paradigmático, tras el cual subyace la EP y la sustentabilidad, opera como el tránsito desde la mirada del Ego hacia la mirada del Eco.

La mirada del Ego: la moderna y ya antigua concepción antropocéntrica del mundo, mecanicista, representacional, en cuya cúspide domina el individuo patriarcal, solo y separado, volcado al control y la explotación, entre otros, de los ecosistemas; en las últimas décadas ha venido siendo subvertida por la mirada del Eco: la históricamente emergente concepción ecológica, sistémica, que integra horizontalmente al hombre y la mujer en la red de la vida.

La sustentabilidad es la continuidad humana

¿Qué nos dice de sustentable y sostenible la RAE? De sustentable, que se puede sustentar, y de sustentar, el acto de conservar algo en su ser o estado. Mientras que de sostenible, un proceso que puede mantenerse a sí mismo.

De ambas definiciones quedémonos con lo que denota la palabra conservar, por un lado, y el proceso auto-reproducible, por otro. Pues precisamente esas son las profundas ideas que están en el corazón de la comprensión contemporánea de la sustentabilidad y sostenibilidad.

Es fundamental, entonces, asimilar la potencia en la articulación del sentido de ambas palabras (sostenible-sustentable): para que un proceso-sistema se auto-reproduzca, este debe conservar algo (lo que es propio de todo sistema autopoiético o sociopoiético). (1)

En esto radica la clave del por qué en el presente como Historia hacemos un uso político y cotidiano del concepto sustentabilidad o sostenibilidad (en ese sentido pueden usarse indistintamente). Es hoy cuando vivimos conscientemente el enorme desafío cultural de la auto-reproducción del sistema social, pues, estamos ad portas de negarla dramáticamente producto del desacoplamiento entre nuestro modo de vida y la biósfera (ya volveremos sobre esto). Es hoy cuando adquiere todo su sentido el hecho que la condición para un acoplamiento estructural congruente entre cultura humana y biosfera supone conservar una relación no destructiva entre lo humano y los ecosistemas y la biodiversidad.

En los germinales y revolucionarios años 60, la humanidad empezó a tomar conciencia de la pérdida de biodiversidad y conocía las primeras y lapidarias proyecciones del cambio climático causado por presiones antrópicas. En ese marco, a inicios de los años 70, el ecologista norteamericano Lester Brown definió a una sociedad sustentable como aquella capaz de satisfacer sus necesidades sin disminuir las oportunidades de las generaciones futuras. Hay que recordarlo, la idea-fuerza sustentabilidad emergió en los movimientos ecologistas contraculturales como una respuesta a lo que veníamos haciendo como sociedad moderna, cuando, ensimismados en el afán del crecimiento económico y demográfico ilimitado, más una fe dogmática en el “progreso” material y tecnológico, habíamos arribado a un punto en que potencialmente podríamos clausurar las oportunidades de las generaciones venideras, amén de auto dañarnos en el presente.

¿Por qué como humanidad habíamos arribado a ese punto? Porque durante la modernidad no conservamos lo que debíamos conservar para la auto-reproducción del sistema. Ese es el desafío de la sustentabilidad: hacer coherentes nuestras actividades económicas con los ecosistemas, tras el objetivo de sustentar-conservar las condiciones de una relación que permita la auto-reproducción del vivir y la continuidad intergeneracional. Esto es, no perturbar de manera destructiva el acoplamiento estructural entre ecosistemas-humanizados y una cultura que también es naturaleza (2), con la eventualidad incluso de acabar con la organización-sistema cultura. Por ello, tras esa toma de conciencia, los más nobles esfuerzos humanos han apuntado a hacernos cargo de tamaño desafío.

Si aceptamos el supuesto que los cambios de época histórica ocurren cuando la humanidad se ve enfrentada a una crisis de sufrimiento y eventual autodestrucción, podríamos afirmar que las primeras señales colectivas de ecocidio, en los años sesenta, activaron el proceso de cambio cultural hacia la sustentabilidad.

Esto, que aquí afirmamos en clave sistémica, desde hace algunos años se escucha en las Naciones Unidas: la conservación de los ecosistemas es imprescindible para la generación y preservación de la vida y requiere acciones urgentes en virtud de la escala actual del daño ambiental y su impacto en el ser humano (Informe sobre desarrollo humano, 2011).

O bien, este 2015, la estremecedora Encíclica Laudato Si nos interpela al cuidado de nuestra casa mayor, en un tono que evoca las palabras que hace muchos años pronunciara el teólogo cristiano Thomas Berry: “la comunidad humana y el mundo natural llegarán al futuro como una sola comunidad sagrada o ambos perecerán en el desierto”.

La genealogía de la sustentabilidad

La historia de la contaminación moderna es una con el proceso de industrialización iniciado en el siglo XVII en occidente. Sin embargo, pese a ser grave ya en el siglo XIX, acotada a las urbes industriales aún no era un problema a tener en cuenta.

Es más, hasta avanzada la segunda mitad del siglo XX (e incluso hoy entre los fanáticos con fe de carbonero en la modernidad), la contaminación era unánimemente considerada un símbolo del progreso: tecnología en acción, generadora de empleo y crecimiento material, sin hacer objeciones serias a sus externalidades negativas.

Será recién durante la primera ola de los Estados de Bienestar en Europa y Estados Unidos, en los años 50, 60 y 70, con la intensa y extendida contaminación, cuando se generan las condiciones para la emergencia de una conciencia crítica. Solo enumeremos algunos hitos en los años sesenta para dar cuenta de la expansión social de la Ecología Política.

En 1962, Rachel Carson, en su obra La Primavera Silenciosa, develó los impactos en los ecosistemas y en la salud humana de la industria agroquímica. En 1966, Barry Commoner, biólogo norteamericano, en Science and Survival, calificó de orientación biocida el horizonte de la civilización industrial. Ese mismo año, el economista Kenneth E. Boulding, en The economics for the Coming Spaceship Earth, cuestionó el dogma moderno del crecimiento económico. En 1968, Paul Ehrlich nos interpeló profundamente con La bomba demográfica. Todos estos libros vieron la luz en sincronía con la creciente evidencia de la contaminación de la biosfera por causas antrópicas.

En 1968 se reunieron en Roma 105 científicos de 30 países; nacía así el célebre Club de Roma, que encargó un estudio ambiental planetario al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Según el informe, la presión demográfica había alcanzado un nivel tan elevado y una distribución tan desigual, que solo este problema debía obligar a la humanidad a buscar el estado de equilibrio del planeta. El crecimiento de la población se acercaba al punto crítico, si es que no lo había alcanzado ya. Dado el acervo finito y declinante de los recursos no renovables y el espacio limitado del planeta, la humanidad debía aceptar que el creciente número de habitantes conduciría a un nivel de vida inferior y a una crisis cada vez más compleja.

También en 1968 la Asamblea General de Naciones Unidas recomendó realizar la primera conferencia sobre “los problemas del medio humano”. Ex post resulta muy decidor el concepto usado por el organismo internacional, “medio humano”, pues devela que aún subyacía incontrastable el paradigma social moderno antropocéntrico instrumental: el entorno/medio como propiedad del ser humano. Más allá del sentido de dominio y de control, sobre la base de esa resolución se convocó a lo que sería la conferencia de Estocolmo, en 1972, donde se reconoció que “las relaciones entre el hombre y su medio estaban experimentando profundas modificaciones como consecuencia de los progresos científicos y tecnológicos”. La conferencia de Estocolmo fue la primera de sucesivas reuniones para tratar de lidiar con la crisis ecológica, estipulándose allí la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

En paralelo, en la sociedad civil nacían los primeros movimientos ecologistas. En 1971, Greenpeace, fue uno de los primeros entre una saga de actores sociales emergentes que, en lo local y planetario, empezarían a hacer Historia en el proceso de transformación de lo humano inspirados en los principios emergentes de la EP. No en vano en 1969 el pequeño paso en la luna de Neil Armstrong había impactado a una humanidad asombrada al ver por primera vez suspendida en la inmensidad del Cosmos la azul y frágil belleza de nuestro hogar. Esa revelación, emitida en vivo y en directo por la TV, co-ayudó en el cambio de nuestras conciencias.

En 1982 en las Naciones Unidas fue aprobada la Carta Mundial de la Naturaleza.

En 1987, en la Comisión Mundial del Medio Ambiente, como ya escribimos, se formalizó el “Desarrollo Sustentable” en el documento “Nuestro Futuro Común” (más conocido como el Informe Brundtland, en homenaje al apellido de la ex Primera Ministra de Noruega que encabezó la Comisión, Gro Harlem Brundtland).

En 1992, la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro, fue histórica por varios motivos. Participaron 172 gobiernos, casi 20.000 líderes ciudadanos en el Foro de Organismos No Gubernamentales (ONG), más el recién constituido “Consejo Empresarial para el Desarrollo Sostenible”. Por primera vez arribaron a una conferencia tres actores sociales claves: empresas, gobiernos y la sociedad civil, iniciándose el relevante Diálogo Social tripartito. Ahí se acordó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que de inmediato llevaría al Convenio sobre Biodiversidad (1992) y más tarde al Protocolo de Kioto (1998), ambos fundamentales para la sustentabilidad humana.

Tras la primera Cumbre de Río, Maurice Strong, secretario general de la misma, y Mijail Gorbachov, ex líder de la desaparecida Unión Soviética y presidente de Green Cross International, asumieron la elaboración de una Carta de la Tierra, recomendada en Río en el Foro de la Sociedad Civil.

Entre 1994 y 1999, líderes ciudadanos de diversas nacionalidades redactaron la Carta de la Tierra: El Camino hacia Adelante, cuya versión final fue aprobada el año 2000. Su idea fuerza es que “todos somos uno”, que la protección del medio ambiente, los derechos humanos y el desarrollo equitativo entre los pueblos son fenómenos interdependientes e indivisibles. “El proceso en pos de la sustentabilidad requerirá un cambio de mentalidad y de corazón, para así cuidar la comunidad de la vida, formada por todos los seres vivos, hasta los más pequeños”.

En la Carta de la Tierra se concluyó que vivimos el colapso de los irreflexivos principios que han orientado al ser humano en los últimos siglos: individualismo, unilateral competitividad, afán de control y dominio, búsqueda del lucro y ganancias a cualquier precio, con su inevitable secuela de crisis socio-ambiental. A la fecha, la Carta, traducida a 30 lenguas, es el documento internacional que mejor sintetiza el discurso de la sostenibilidad.

El 2002, en la segunda cumbre de la Tierra, la Sudáfrica de Mandela quiso asumir la Carta como guía; pero la oposición de Estados Unidos y otros países lo impidieron. Diciendo esto queremos destacar que en las cumbres ecológicas suelen confrontarse distintas tesituras respecto a la profundidad de la crisis que vivimos. Por un lado, quienes piensan que asistimos a un cambio de época y se necesita urgentemente una nueva mirada que ponga el foco en respuestas sostenibles, y, por otro, quienes piensan que vivimos una época de cambios, como ha sido siempre durante la modernidad, y que la tecnología podrá resolver nuestros problemas. En palabras de Paul Raskin (et al, 2006), en la actual gran transición de época histórica coexisten la perspectiva del Mundo [moderno] Convencional y la perspectiva del Mundo (posmoderno) de la Sostenibilidad (los paréntesis son nuestros).

Estas dos sensibilidades son transversales a nivel planetario, a nivel de países, de sociedad civil, de empresarios, de partidos políticos, de organizaciones y empresas, en suma, de todos los actores que actúan en el presente como Historia. En esto no hay bloques rígidos. Ante el desafío de la sustentabilidad no todos los empresarios están allá y todos los ciudadanos acá, o todos los habitantes de ese país son pro sostenibilidad y viceversa, o los gobiernos de oriente versus los de occidente o el norte versus el sur. En todos los casos ocurren dinámicas móviles entre estas dos grandes sensibilidades: la del mundo convencional y la del mundo de la sustentabilidad, y el factor de corte, obviamente, no es lo que se diga en los discursos, sino la coherencia entre hechos y discursos.

Finalmente, recordemos que en la Conferencia de Río + 20, el año 2012, la conducta oficial de los gobiernos fue aún menos maciza que en 1992. Allí disminuyó la participación de los mandatarios y, si nos atenemos a la magnitud, evidencia y urgencia de la crisis ecológica, se suscribió un documento insuficiente: El Futuro que queremos. Una vez más sería en la Cumbre de los Pueblos y en la reunión paralela de los empresarios donde hubo avances sustantivos en nuevas acciones en pos de la sustentabilidad. Entre los empresarios asistentes, aún minoritarios, incluso por primera vez se fue críticamente al fondo del problema, a la tensión insalvable entre lucro y sustentabilidad.

Con esta enumeración de hitos, hemos querido destacar que en pocos años, desde su origen contracultural, la sustentabilidad terminó por instalarse en las conversaciones y en la agenda planetaria, aún sin la profundidad necesaria, pero claramente es el único sueño y deseo que nos queda en la actual dramática encrucijada en el devenir humano.

 Ecos de la sustentabilidad

Desde que la EP y el nuevo paradigma social entraron en la Historia, a través de la idea-práctica sustentabilidad no ha dejado de incidir en nuestra percepción de aspectos claves del vivir. Sus ecos abarcan prácticamente todos los ámbitos humanos.

En lo económico, ha inspirado la crítica a la lógica del crecimiento ilimitado (productivismo y consumismo), animando los primeros pasos de una neo-economía con criterios ecológicos.

En lo energético, ha puesto urgencia a la ineludible necesidad de una reconversión hacia fuentes renovables con mínimo impacto en los ecosistemas.

En lo social y en la política, ha activado movimientos ciudadanos y políticos críticos a los daños socio-ambientales y, en tanto el desafío de la sustentabilidad requiere el concurso de todos, ha incentivado nuevas formas de gobernanza y diálogo social.

En los hábitos cotidianos, ha activado expansivamente el reciclaje y nuevas prácticas de consumo responsable.

En la arquitectura y el diseño urbano e industrial, ha subvertido antiguas prácticas y convicciones.

En el arte y el cine, autores y obras mayores nos han estremecido ya sea con el sufrimiento que implica el eventual ecocidio o bien con el respeto y la escucha activa de todos los seres vivos como el único antídoto.

Esa misma emoción empática u aspiración al respeto ha inducido emergentes valores y conductas revolucionarias en las relaciones interpersonales, en las relaciones interculturales, en las relaciones etarias, de géneros y sexos, activando nuevos movimientos socio-culturales y nuevos derechos.

Y en los gobiernos y en las empresas, ha conllevado nuevas regulaciones y estándares socio-ambientales en sus gestiones, así como una incipiente problematización del “Dios” lucro. (3)

En síntesis, se trata de un emergente cultural que ha tendido a encarnarse en los seres humanos.

Son tan vastos sus ecos, que aquí solo podremos esbozar unos de esos procesos: la re-significación de lo que ha sido la economía históricamente moderna y la consecuente crítica a la lógica del progreso y del crecimiento económico ilimitado.

 Una nueva economía eco-sostenible

La idea-fuerza sustentabilidad ha iniciado un cuestionamiento radical a la racionalidad última de la economía moderna, que históricamente se expresó como capitalismo o socialismo.

Ambos subsistemas –implícitos en el sistema cultural o modo de vida moderno- han sido animados por el paradigma del crecimiento ilimitado, del progreso, del productivismo y del consumismo material, amén de otras coincidencias culturales. En rigor, su diferencia radicaba en el modelo de administración política (distintos conceptos de democracia y del rol del individuo y del Estado) y en sus respectivas ideas matrices respecto a la distribución social de la riqueza (el mercado con sus niveles de regulación y planificación por el Estado).

Con posterioridad a 1989, y ya despejada la bipolaridad de los subsistemas “hermanos y rivales” de la época moderna, advino el tiempo infame y desbocado de la modernidad realmente existente. Aunque, hay que decirlo, estos tiempos que se querían monocromos, han traído también una impronta de apertura a la posibilidad de expansión de las nuevas miradas posmodernas; pos en el sentido de superación de la ya añosa época histórica moderna.

En las últimas décadas se ha ido acumulando la literatura en teoría económica que muestra la tensión entre la lógica del crecimiento económico y la sostenibilidad ecológica.

La mayor contradicción de nuestro tiempo radica en el desorbitado crecimiento del antiguo modo de producción moderno (el sistema-mundo del que nos hablara Immanuel Wallerstein) y la imposibilidad de la biosfera de soportar el daño que aquel le infiere.

La tensión más acuciante del actual modo de vida es que si seguimos creciendo económicamente, movidos por el afan de lucro, profundizamos nuestro desacoplamiento de los ecosistemas, luego, con resultados catastróficos para la civilización y los seres humanos (insustentabilidad socio-ambiental).

A contrario sensu, en caso de una brusca ruptura del crecimiento económico, tal como lo sugiere la razón analítica, podrían advenir efectos dramáticos en la reproducción de la cultura material (insustentabilidad socio-laboral).

¡Qué tensión y desacoplamiento estructural entre la “maquina socio-económica mundo” y la biosfera!

Una encrucijada vital de la que saldremos solo con una dolorosa re-evolución mayor y con innovaciones en diversos dominios, vía un necesario despliegue de inteligencia y sensibilidad individual y colectiva nunca antes visto.

Si bien la crítica al crecimiento económico ilimitado aún no produce un profundo efecto transformativo en la economía, algunos autores han logrado introducir en la agenda cultural la economía del estado estacionario (Herman Dely) o la Retirada Sostenible (James Lovelock). En los últimos años, esta mirada ha tomado impulso vía un movimiento planetario en torno al Decrecimiento (Trainer, 2011).

Debido a la magnitud de esta tensión y contradicción, el proceso histórico de transformación económica será de largo aliento. Durante la modernidad, el leit motiv de la actividad económica fue la búsqueda del progreso material, la maximización de la producción y del consumo y la búsqueda del lucro por sobre cualquier otra consideración. En suma, una irreflexiva fe en el crecimiento económico; una fe ajena a los límites de la biosfera.

“El marco reduccionista de la economía convencional ha producido una orientación fundamentalmente errónea de las políticas económicas. Lo esencial ha sido la consecución del crecimiento económico, entendido como incremento del producto nacional bruto, es decir, desde el punto de vista exclusivamente cuantitativo de llevar al máximo la producción. Se ha aceptado así que todo crecimiento es bueno y que más crecimiento es siempre mejor. Uno se pregunta, al oír tales cosas, si los economistas modernos han oído hablar alguna vez del cáncer” (Capra, 1991).

En el espacio planetario podemos distinguir un sistema socio-económico mundial que mantiene relaciones implicadas con el ecosistema (biosfera). Las relaciones entre ambos sistemas son interacciones (perturbaciones) antrópico-naturales.

La biosfera es la fuente de todos los recursos que utiliza el sistema económico en sus actividades de producción y consumo. Y también es el sumidero de todos sus desechos, aunque la economía clásica, en su contabilidad, absurdamente le considera como un valor económico residual. Pero, el ecosistema planetario es una fuente finita de recursos ambientales no renovables y posee una capacidad limitada de regeneración de recursos ambientales renovables, así como una capacidad igualmente limitada de absorción de residuos. Con la expansión global del modo de vida del productivismo y consumismo (modernización social y económica, le llaman sus adalides), hemos puesto en una prueba crítica a las limitadas capacidades del ecosistema mundial y, como consecuencia, adviene una merma en la calidad de vida de los seres humanos (Hidalgo Capitán, 2007).

De hecho, el sistema económico ya ha activado cambios críticos en los ecosistemas (y viceversa). El cambio climático, la pérdida de la biodiversidad, la contaminación y escasez del agua, la contaminación de los océanos, por mencionar las más urgentes. De esas crisis están emergiendo catástrofes socio-ambientales de origen antrópico, todas con efecto severo en nuestro modo de vida: vertidos de productos químicos, sequías, inundaciones, olas de frío o calor, incendios, la extinción, mutación, aparición y proliferación de virus, bacterias, insectos y algas.

La prestigiosa World Wildlife Foundation (WWF), a finales del siglo XX ya informaba que consumíamos alrededor de un 25% más de los recursos que éramos capaces de reponer. Una década más tarde, en el informe Planeta Vivo (2010), el diagnóstico indicaba un empeoramiento de la salud de la Tierra. Las demandas de la humanidad sobre los recursos naturales aumentan a una velocidad desmesurada, hasta un 50% más de lo que el ecosistema puede proveer, mientras la biodiversidad de especies, especialmente en los trópicos, decrece a un ritmo alarmante. Al 2030 la proyección es que necesitaremos dos planetas para satisfacer nuestras necesidades. Eso es insostenible.

Es que el capitalismo y el socialismo modernos han ido a contracorriente de la sostenibilidad. Sus valores inhibieron que la actividad económica co-derivara coherentemente con la biósfera. Desde la sustentabilidad, la crítica es que los economistas modernos han ignorado que la economía es simplemente un subsistema de un sistema ecológico y social mayor; luego, la han descrito con modelos simples, ajenos a la complejidad y lo sistémico. Ese marco reduccionista ha conducido a la economía a un callejón sin salida.

Afortunadamente, en los últimos años, la visión sistémica ha ido ganando terreno. Solo algunos ejemplos.

Asistimos a la emergencia de nuevas fuerzas eco-tecno-productivas y de un nuevo sector de la economía que busca la concordancia con los ecosistemas. Las empresas han empezado a problematizar el afán unilateral de lucro y la lógica del costo-oportunidad en el corto plazo: las empresas B y las empresas sociales, más las empresas tradicionales capaces de asimilar con sinceridad el modelo de gestión de Responsabilidad Social; la industria de energías limpias, del reciclaje y de diseños productivos eco-sostenibles.

En la academia y en actores reguladores aumentan los convencidos de la necesidad de ir más allá del tradicional Producto Interno Bruto (PIB), que acostumbraba medir solo la variable productiva y monetaria, y poco a poco, empresas y países empiezan a incorporar parámetros para la sostenibilidad, dando origen a las cuentas verdes o PIB verde.

La regulación ambiental en los Estados y la autorregulación ambiental de diversos actores, ha llegado para quedarse. Hoy prácticamente todos los países poseen leyes ambientales y algunas empresas, aún pocas, pero ya sea por decisión propia y/o tensionadas por la fiscalización legal y ciudadana, intentan asumir con mayor o menor coherencia y consistencia nuevos modelos de gestión (grandes empresas y, sin duda, las interesantes empresas B).

Emergen nuevos patrones y valores en las relaciones de producción; por ejemplo, el comercio justo, el consumo responsable, la re-emergencia del cooperativismo, todos signos que se expanden en el vivir económico.

Otra crítica clave, desde la mirada de la sustentabilidad, ha sido a la fe en el progreso ilimitado, ayer considerado un valor central en la modernidad. Según Raskin (et al 2006), la compulsión por un consumo material cada vez mayor es la esencia del paradigma de crecimiento de los mundos convencionales; en cambio, el nuevo paradigma supone un mundo pos escasez, en el cual se distribuyan los recursos de otra manera. La adquisición como un fin en sí puede ser un sustituto de la satisfacción, un hambre que no conoce alimento. Hoy sabemos que pasado un cierto punto (lo suficiente), el mayor consumo deja de acrecentar la autorrealización. En el nuevo paradigma de la sostenibilidad, el desarrollo humano pasa a ser un tema central, que se expresa en el deseo de una mejor calidad de vida, en fuertes lazos entre las personas y en un contacto en resonancia con la naturaleza.

En línea con este giro paradigmático, que apunta al centro del actual modo de vida, hoy se extiende la mirada que asigna relevancia a nuevos medidores y satisfactores no solo del bien-estar, sino también del bien-ser. Crucial en este proceso, profundamente subversivo, podría ser la expansión del movimiento de consumidores responsables, cuyo ánimo es vivir en la simplicidad voluntaria (en austeridad y sencillez) o en el minimalismo.

Para Adela Cortina (2002) consumir productos del mercado se ha convertido en una acción tan obvia en nuestras sociedades que resulta difícil imaginar cómo sería un mundo sin consumo. Desde que a comienzos de la modernidad ocurrió lo que Karl Polanyi, inspirado en Marx, llamó la Gran Transformación (cuando el lugar de consumo de los productos se separó del lugar de producción), fueron sentadas las bases para una inédita forma de vida con el consumo como aspecto clave, en lo económico y en lo cultural.

Sin embargo, en las últimas décadas ha empezado a emerger una ética del consumo; una ética y saber que argumenta la necesidad de una existencia de formas de consumir sustentables, en ese sentido, un consumo ético.

Desde mediados del siglo XX, una oleada de críticos del modo de vida moderno empezaron a cuestionar las formas de consumo de las sociedades industriales por privar a los individuos de libertad. Herbert Marcuse distinguió entre dos tipos de necesidades, verdaderas y falsas, que los individuos intentan satisfacer al consumir. Las primeras son necesidades vitales como alimentación, vestido o vivienda; las falsas son de sobre consumo e innecesarias, que los individuos tal vez se sientan felices al “satisfacerlas”, pero ignoran que les han sido impuestas por fuerzas sociales (inmensos sujetos elípticos) con el único fin de aumentar la producción y el consumo, y así continuar con esa cadena de esclavitud fraguada por el afán de acumulación. De esa manera las personas jamás podrán ser autónomas, porque el consumo es un apéndice de la producción.

Por ello no fue extraño que en los muros de mayo del 68 aparecieran por primera vez consignas del tono El consumo es el opio del pueblo y El consumo nos consume. Según André Gorz, en la transformación cultural hacia un consumo responsable o ético estriba la más radical de las transformaciones pendientes. La misma re-evolución que este 2015, en Laudato Si, ha reiterado el Papa Francisco. Es que en ese cambio profundo en los hábitos cotidianos de consumo y en una justa distribución social de los bienes y servicios se juega gran parte de la continuidad intergeneracional.

El consumo responsable (o ético) posee al menos cuatro dimensiones interrelacionadas, que juntas son condición para constituirse en un nuevo modo de vida: 1) practicar la austeridad, el minimalismo o la simplicidad voluntaria; 2) reciclar todo lo que sea posible con el objeto de minimizar la tasa de extracción material y de recursos (desmaterialización de la economía); 3) optar por la autoproducción y/o el consumo de bienes que provengan de entornos económicos cercanos; y 4) decidir las compras en función de la trazabilidad social y ambiental de los bienes y servicios, esto es, una producción sin daño social y ambiental. La articulación de estas cuatro prácticas es lo sustentable (esto importa, ya que el simple neo-consumismo de productos “verdes”, puede ser tan vacío como el consumismo precedente).

Pese a estos inequívocos avances en pos de la sustentabilidad, digamos que los cuestionamientos y límites regulatorios al modelo de crecimiento ilimitado del capitalismo/socialismo, así como las nuevas iniciativas económicas y de consumo responsable, por el simple hecho de estar ahí no se traducen en que estos valores ocurran hegemónicamente en el actual vivir económico. Afirmar algo así iría contra toda evidencia. Aquí solo decimos que en un proceso histórico, la mirada de la sostenibilidad como tendencia ha erosionado la antigua certidumbre moderna del crecimiento económico ilimitado; añeja creencia que como humanidad nos llevó a ignorar los límites estructurales en la biósfera.

El paradigma social de la sostenibilidad, sin duda, desde su emergencia en los años sesenta ha ganado terreno con sus nuevas ideas y valores; sin embargo, en simultáneo, la modernidad realmente existente ha tendido a extremar los efectos sociales y ambientales disruptivos causados por el pensamiento reduccionista (que separa y no observa las redes), por la lógica del lucro, por el productivismo, el consumismo y la acumulación ilimitada, ahora tecno-globalizada.

De ahí que para la mirada sistémica de la sustentabilidad, que observa los ciclos largos y las redes interdependientes, es irreflexivo continuar pensando sobre la base de esa ignorancia y descriterios.

En distintos lugares del mundo, movimientos ciudadanos iniciaron la tarea de demolición de la lógica del crecimiento económico ilimitado. En el habla ya se han instalado tres conceptos que apuntan a lo mismo: el crecimiento estacionario, el decrecimiento y la retirada sostenible. Los promotores de esas ideas postulan un sí empático y rotundo a la imprescindible expansión de las nuevas fuerzas productivas eco-eficaces, posmodernas, para así garantizar una producción y una sociedad sustentable. (4)

 

Notas

 

1) A quienes se interesen por estos conceptos aplicados a la EP (autopoiesis, sociopoiesis y acoplamiento estructural), sugiero la lectura de mi libro “¿Ser o Perecer?: Comunicación y sustentabilidad en las organizaciones”, Editorial Planeta Sostenible, 2013. De hecho, este breve ensayo es una actualización del capítulo 3 del mencionado libro.

2) “Naturaleza humanizada/humanidad naturalizada”, fue la notable intuición inaugurada por la filosofía clásica alemana, a la que el pensador Carlos Marx dedicó páginas notables en sus “Manuscritos económico -filosóficos”. Esta intuición inició la superación de la lógica de la separatividad entre cultura y naturaleza, en tanto abrió en occidente la mirada que hoy asume la radical implicación entre Naturaleza y Cultura. En ese marco reflexivo suenan vacías las sentencias hoy comunes en algunos círculos académicos que hablan del “Fin de la Naturaleza”, como si tal cosa fuera posible sin ir necesariamente acompañada del “Fin de la Cultura, del Fin de lo Humano y del Fin de la Historia”. En estricto sentido, hoy asistimos a una re-significación de la Naturaleza, si se quiere a un Renacimiento de la misma, pues vuelve a ser escuchada y animada como lo hacían los antiguos, pero ahora en clave consciente.

3 -4) Para los interesados en profundizar en la interpelación de la sustentabilidad a la economía y las empresas, sugiero el artículo A POLITIZAR EL DESAFIO DE LA SUSTENTABILIDAD en esta mismo sitio.

 

Bibliografía

 

– Capra, F. (1991). El nuevo paradigma ecológico. En: revista Nueva Conciencia, Nº 22. Barcelona. Ediciones Integral.

– Cortina, A. (2002). Por una ética del consumo. España. Taurus.

– Hidalgo Capitán, A. L. (2007). El sistema económico mundial y la gobernanza global. Una teoría de la autorregulación de la economía mundial. En: http://www.eumed.net/libros/2007b/280/

– Raskin, P.; Banuri, T.; Gallopín, G.; Gutman, P.; Kates, R.; Swart, R. et al. (2006) La gran transición: la promesa y la atracción del futuro. Santiago de Chile. Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Naciones Unidas.

– Rifkin, J. (2010). La civilización empática. Madrid. Editorial Paidós.

– Prats i Català, J. (2001). Gobernabilidad democrática para el desarrollo humano. Marco conceptual y analítico. En: Revista Instituciones y Desarrollo Nº 10. Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya, Barcelona, España.

– Trainer, Ted (2011). ¿Entienden bien sus defensores las implicaciones políticas radicales de una economía de crecimiento cero? En: revista Sin Permiso, 6 de septiembre http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/decre.pdf

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