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Los revolucionarios conservadores

Los revolucionarios conservadores: Un “giro copernicano” en el actual cambio de época histórica

En el actual cambio de época histórica uno de los signos de mayor ruptura es el que ocurre en nuestra sensibilidad más profunda: de la valoración acrítica y unilateral del cambio por el cambio transitamos a una emocionalidad que empieza a valorar la búsqueda del necesario equilibrio entre expansión y conservación, entre memoria y futuro, entre tradición y cambio.

Durante la ya antigua época moderna -más de tres siglos- la conducta humana hegemónica ha sido aspirar unilateralmente al cambio por el cambio, a la novedad por la novedad. “La modernidad todo lo sólido lo desvanece en el aire”, fue la frase símbolo de esa época histórica (si la memoria no me falla, la metáfora es autoría de Marx en el Manifiesto Comunista, tal vez uno de los opúsculos moderno por excelencia, y más tarde parafraseada por muchos autores para hablar del espíritu de la modernidad).

Sin embargo, en el presente como historia estamos amenazados por el propio sino destructivo implícito en esa lógica o en ese espíritu: vivimos con el riesgo inminente de una insustentabilidad causada por el eventual desvanecimiento de la solidez de nuestro propio aire (he ahí, entre muchas otras, sólo la amenaza destructiva del cambio climático causado por presiones antrópicas asociadas en última instancia a esa misma lógica). De hecho, a finales de la modernidad, ya globalizada, en una suerte de tardo modernidad o modernidad líquida, esta ya tradicional inercia hacia el cambio, en lo material se expresa en la infame cultura del consumismo y del desecho, mientras que en la sensibilidad, en la cultura de la futilidad de la memoria y en el desprecio hacia el fino hilo de la continuidad.

Esa lógica del cambio por el cambio (ya dicho: el signo rebelde por excelencia de la época moderna), en el presente ha dejado de tener el sentido original y revolucionario que evocaba cuando se hacia en nombre del cambio histórico, deviniendo en una suerte de inercia que solo expresa lo que hoy es la propia tradición conservadora de la modernidad.

En rigor, si queremos ser precisos y atenernos al sentido original, ilustrado y revolucionario del cambio histórico, este es hoy otra cosa. Pues, entre quienes participamos hoy de la urgente necesidad de un cambio histórico y cultural, en un sentido profundo nos oponemos a esa tradición moderna de la unilateralización del cambio por el cambio en la vida económica, cultural y cotidiana. El emergente y nuevo paradigma social posmoderno históricamente constructivista aspira a la serenidad capaz de integrar el cambio creativo y la continuidad, y concibe a la innovación como la sabiduría capaz de integrar dos aspectos constitutivos de lo vivo: la expansión y la conservación, ambas dimensiones presentes en la memoria natural y en la memoria cultural.

En el presente como historia, participar acríticamente de la inercia y tradición moderna del cambio por el cambio no es lo mismo que participar críticamente en la realización del cambio histórico como superación de la modernidad y apertura hacia una posmodernidad históricamente constructivista. Comprender y vivir esta diferencia entre el cambio cotidiano como simple expansión de la tradición moderna y el cambio histórico como ruptura y continuidad con la tradición moderna, es entonces políticamente de la mayor relevancia.

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