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Oscar para Cate Blanchett, ¿desaire para Woody Allen?

Bien merecido el Oscar a mejor actriz para Cate Blanchett. Aunque soberbia la actuación de Judy Dench en el delicado film que es Philomena, la artista australiana (en Blue Jasmine) lisa y llanamente nos ha deleitado con una actuación de esas que antes de sentir ni siquiera imaginamos.

En los gestos y emociones de la notable Cate Blanchett (Jasmine) se apoya gran parte del atractivo del último film del prolífico Woody Allen (Allan Stewart Königsberg). Ella nos deslumbra en el rol de la triste, astuta y frívola Jasmine. A veces tranquila, casi siempre al borde de un ataque de nervios, ya sea eufórica o taciturna. Pobre Jasmine, tan lejos de la empatía y tan cerca de la demencia, gracias a la inmisericordia del genio neoyorquino.

Pos premiación de los Oscar (en paréntesis, qué buenas películas y artistas los nominados este 2014), comentario obligado en los corrillos de los cinéfilos ha sido el supuesto desaire en la postergación de Allen en el premio a mejor guión original por Blue Jasmine. Un despropósito el comentario, pues soslaya que el guión de esa obra de arte original y mayor que es el film HER, hizo de Spike Jonze un justo ganador del Oscar en comento. Los cotilleos aquellos no forman parte del análisis cinematográfico, sino que parecen conectar más con la “oportuna” reiteración del juicio público por pederastia que sacudió a Woody –supuestos abusos a su hija-, apenas semanas antes de la ceremonia más llamativa en la industria del séptimo arte.

Sin entrar a calificar la mala exposición de Allen, ni tampoco opinar acerca de la incidencia o no de la misma en el supuesto “desaire”, en el terreno del cine hay sólidos argumentos para decir que la Blanchett merecidamente fue la mejor, que la originalidad del guión de HER ha sido reconocido por jonzianos y allenianos, y que el inmisericorde Woody Allen, digámoslo, hace rato se repite con guiones magníficos, por supuesto, aunque suelen estar tocados por el unilateral signo de “tanta maldad en el mundo”, careciendo así de complejidad y originalidad en su mirada.

Luego de ver Blue Jasmine le comente a mi hija: “es tan bueno, pero no me gusta”. Confieso que Allen siempre me ha inquietado. Sonrisas, desasosiego, molestia incluso, suelen ser mis emociones ante sus puntuales películas, año tras año. Antes escribí genio con algo de turbación, de desconcierto, pues si bien él no se encuentra entre mis autores predilectos, sería banal negar el enorme talento en sus guiones, el ritmo ágil en su cine y la lúcida, aunque unilateral, fijación en lo ruin y frívolo en el ser humano.

Aclaro de inmediato que obviamente no pido a los autores que sean santos observadores del mundo, ni compasivos con sus personajes. El punto es otro. Una cosa es desnudar la banalidad del mal en la “vida de los ricos” (la cursi expresión entre comillas es de Héctor Soto, el crítico seducido por esa vida y por Allen) o las fatuas relaciones entre pomposos liberales educados en la tardo modernidad; pero otra bien distinta es el sesgo y el abuso al mostrar una sola cara de lo humano, algo muy reiterado en los guiones del cineasta y aficionado al jazz. Tanto, que termina siendo un meloso del mal, es decir, un opuesto que se comporta igual a aquellos autores que insisten en observar solo gestos nobles en lo humano, léase, los melosos del bien.

Su vocación como una suerte de cronista de la sombra de la humanidad, la maldad, viene de larga data. Ya en Hanna y sus Hermanas (1986) asistimos a un diálogo revelador: ante la pregunta: “¿cómo puede haber tanta maldad en el mundo?”, la respuesta es de una ironía desoladora: “conociendo a la humanidad lo que me asombra es que no haya más”.

Blue Jasmine comparte mucho con esa otra gran obra de su autoría, Match Point (2005). Si ayer Allen ingresaba a un hogar aristocrático, con Jasmine lo hace a la casa de un especulador inmobiliario. En ambas películas late el arribismo, la frivolidad y la ambición desmesurada. En ambas moran personajes a quienes el director expone sin misericordia. El mal vivir todo lo inunda. Jasmine habita en la nada, aunque lo hace con astucia, elegancia e histerismo, desesperada. Solo a lo lejos escuchamos –o imaginamos- que la pobre mujer es portadora de una memoria triste.

En uno y otro film Woody anima a sus amorales protagonistas de banalidad, ruindad, frivolidad, maldad, competencia descarnada, estupidez y vacío. Ese es el unilateral tono. En Blue Jasmine, algunos personajes secundarios, por ejemplo, la hermana de Jasmine y sus hombres, dotan de una pizca de la otra cara de la humanidad al film: uno que otro acto generoso, risas y sinceridad. Pero no es tal, a poco andar el inmisericorde director se apresura a decirnos –con su genio para la caracterización- que esos gestos son así porque ellos son estúpidos, torpes, vulgares. En Match Point esa misma cara la asumían los hijos de una aristocracia cansada y ciega, igual de estúpida y torpe, aunque refinada.

En el imaginario de Allen, al menos en Blue Jasmine y Match Point, no hay cabida para la colaboración y el entusiasmo, ni menos para la belleza de los gestos nobles. Lo suyo es sin matices. El amor y el desamor, implicados, las sombras y las luces, también implicadas, no existirían en el mundo observado por los ojos del autor.

En su cine asistimos a una cotidianidad de conductas que solo ocurren, casi indeliberadamente. Es que en un mundo de banales y ruines no hay responsables, pues ellos son animados por una suerte de conducta sin mácula, no deliberada, que pasa en un vivir social que simplemente es así. En Blue Jasmine el único inocente es el hijastro de Jasmine, tal vez por ello solo él se redime gracias a una resiliencia que los espectadores tratamos de intuir.

No hay responsables porque este cine de Woody es unilateral, meloso del mal. Es un cine amoral, aunque del bueno, por eso se le admira. Afortunadamente el vivir es más complejo, ambiguo, ocurre el devenir con sus luces y sombras, el bien y el mal. La unilateral evocación de Allen al lado oscuro es un asunto de estilo. Y tal como en el siglo XVIII lo intuyera el Conde de Buffon (el francés Georges Louis Leclerc), simplemente “el estilo es el hombre”.

 

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