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¿Cuál es la brújula de la izquierda?

Esta breve ensayo fue re-escrito en 1998 a partir de un texto original publicado en la Revista Canelo en 1996. Por su vigencia lo recuperamos este 2013. 

¿Qué pregunta la del título? ¿Será necesaria una brújula para un concepto tan intenso en la época moderna y hoy una palabra ideológica y afectivamente vapuleada?

El concepto político izquierda tuvo su origen histórico y se constituyó en la época moderna, a partir del siglo 18, ya lo explicaremos. Ahora bien, sí esa época hoy asiste a su fin -según reflexionan los más lúcidos analistas del presente como Historia-, es obvio que también el concepto empiece a mostrar signos de caducidad, pues ya no nomina, ya no evoca pertenencia como ayer evocaba. En la actualidad no es extraño escuchar a gente decir que no se siente interpretada por la izquierda, que esta es una sensibilidad del pasado que ahora no entusiasma ni habla de nada. Antes -agregan- ser de izquierda era convocante y seducía con su mirada y su acción. Por ejemplo, la ecologista chilena, Sara Larraín, en el panel “Qué es hoy ser de izquierda”(1) confesaba que no se sentía interpelada por la palabra, que bajo la nominación de izquierdas y derechas se escondía lo mismo: un consenso en torno a iguales concepciones culturales. Estas críticas se repiten entre muchos jóvenes partícipes de los nuevos movimientos culturales. Es más, no son en vano, pues resultan de la anomia de sentido en la que cayó la izquierda luego que, como hija prodiga y constituyente de la modernidad, no sabe qué hacer cuando, parafraseando a Marx, los ayer sólidos valores centrales de su época hoy también se desvanecen en el aire.

Estamos frente a una paradoja e intentar superarla exige una alta dosis de imaginación y rigor reflexivo. ¿Cuál es la paradoja? Que la anomia de sentido de la izquierda ocurre cuando nuestro presente necesita más que nunca de un elan convocante a la acción transformadora, tal como lo hizo la conciencia crítica y activa de la izquierda en la realización de la época moderna. En rigor, fue la izquierda histórica, en su versión liberal del siglo 18 y 19 o en su versión socialista del siglo 20, la que construyó la modernidad en oposición al pensamiento conservador (que no es lo mismo que conservacionista).

Pos caída del muro de Berlín (símbolo mayor de tantos otros muros), una invencible y totalizante campaña de marketing, ya sin la presencia fantasmal del comunismo, logró cambiar de nombre al capitalismo y rebautizarlo como “la” modernidad (realmente existente, agregamos nosotros). Sin embargo, hoy, ante la soberbia hegemonía del “coro electrónico” de la modernidad definitivamente globalizada, se requiere más que nunca del gesto personal y colectivo propio de esa tradición de conciencia crítica de la izquierda en su rebeldía por cambiar la vida. Se requiere del gesto, aunque también de un auto-dotarse de nuevos valores, maneras y contenidos, a la luz de un presente como Historia cuyo signo es un profundo cambio de época. Ocurre que la Izquierda es cuestionada porque se quedó sin alma. Pero es también la vida del presente la que necesita recuperar el alma. Es urgente entonces llenar de nuevos sentidos el concepto izquierda. A falta de otro nombre y por la inevitable inercia histórica aún aparece como el único capaz de nominar a la diversidad de actores y sensibilidades que honestamente quieren cambios, ya sea desde la política institucional y desde la política ciudadana.

La ausencia de debate, la ausencia de imaginación para pensar y soñar, la ausencia de una intención de unificar criterios políticos y culturales transformadores, sin duda, conspiran contra las inequívocas urgencias y desafíos actuales de la humanidad. Sobre todo conspiran contra la re-identificación de aquellos hombres y mujeres que hoy quieren rescatar el gesto rebelde del pasado para imaginar el futuro, vía una acción y reflexión en pos de cambiar el presente. Contribuir a superar esa triste paradoja (“una izquierda que ya no nomina ni seduce, pero que hoy es más que nunca necesaria con su conciencia crítica”) es nuestro objetivo en esta reflexión.

De brújulas e identidades

A propósito de uno de los primeros conflictos ambientales en el país (en 1995-1996), el sociólogo Eugenio Tironi escribió que la izquierda con su conducta de apoyo a los ecologistas se traicionaba a sí misma: “culturalmente, la izquierda parece estar perdiendo la brújula”. Se refería al conflicto entre la empresa Gas Andes, a la que asesoraba, versus la comunidad de San Alfonso, que veía amenazada su calidad de vida cotidiana ante un eventual progreso material para Santiago. La posición que supuestamente ahí habría tenido la izquierda (mencionaba a ecologistas e intelectuales y a algunas personalidades de la izquierda de la Concertación que habrían asumido, en palabras de Tironi, una suerte de “fetichismo de la naturaleza”), llevó al sociólogo a ironizar sobre la supuesta brújula perdida.

En el artículo el asesor se preguntaba: “¿qué se entiende ordinariamente por izquierda?” Y respondía que ésta se ha fundado sobre la base de cuatro principios: “Primero, la confianza en la capacidad de la razón y el trabajo humano para dominar a la naturaleza en su beneficio; segundo, la fe en el desarrollo económico productivo como factor de progreso para la humanidad; tercero, que el interés general debe imponerse sobre los intereses particulares toda vez que éstos se contrapongan; y cuarto, el compromiso con una mayoría desposeída, pobre y silenciosa, que de ordinario debe enfrentarse a una minoría que aplica la astucia o la fuerza para mantener sus privilegios”.

Con un dejo de nostalgia, finalizaba diciendo que “estos principios que daban su identidad a la izquierda, de pronto parecen estarse esfumando.”

Más allá de la contingencia del conflicto ambiental, las palabras del sociólogo activan preguntas muy profundas: ¿Es verdad que esos principios que daban identidad a la izquierda de la época moderna hoy se esfuman? ¿Es que acaso eso es coincidente con un cambio de época histórico que impone nuevos desafíos a la izquierda? ¿No será que ahora es antigua la brújula que orientó a la izquierda en la época moderna, ¿Hacia dónde nos orienta la brújula cultural e histórica del próximo siglo? ¿Qué debe ser la izquierda hoy?

La izquierda en la modernidad

La nominación espacial para expresar lo que siempre han sido distintas actitudes vitales ante la Historia surgió en el inicio político de la modernidad, en la Revolución Francesa. Fue ahí cuando el azar sentó en los asientos de la izquierda de la Asamblea de los Estados Generales a quienes querían cambiar el mundo. En ese entonces cambiar el mundo era instaurar la democracia política, el progreso económico, la libertad, la igualdad jurídica y algunos ya incluso la igualdad social. A la derecha lo hicieron los conservadores de lo establecido. En ese entonces se trataba de conservar las monarquías absolutas, los privilegios sociales y la libertad para unos y la no libertad para muchos como un estado “natural” y realmente existente. La izquierda surgió con un gesto de rebeldía. La derecha con un gesto de mantención del status quo.

El teórico político italiano, Nicolás Bobbio, al reflexionar sobre lo constitutivo de la izquierda en la modernidad -siglos 18, 19 y parte del 20- ha dicho que fue la idea de igualdad. Aunque ni él ni otros desconocen la idea de libertad como factor identitario. Ambos énfasis, libertad e igualdad, efectivamente dan cuenta de la voluntad de una izquierda que en el siglo 19 se nutrió de preferencia del liberalismo político y en el 20 del socialismo/comunismo.

En Chile, sin ir más lejos, grandes liberales del siglo 19, léase Andrés Bello y José Victorino Lastarria, fueron la izquierda de su época. Así como en el 20, radicales, comunistas y socialistas, léase Pedro Aguirre Cerda, Luis Emilio Recabarren y Salvador Allende, han sido símbolos de la izquierda más cercana. Obviamente, en estas adscripciones al socialismo y al liberalismo hay matices y énfasis hacia la igualdad y la libertad en uno u otro partido político y personalidad en cada momento histórico.

Tras la caída de los socialismos reales mucha literatura ha mostrado como el liberalismo y socialismo fueron los primos hermanos rivales de la modernidad. Ambas ideologías nacieron y se constituyeron en hegemónicas durante la época moderna y, en tanto tales, compartieron el paradigma o concepción de mundo fundamental de esa época.

En ese sentido, aunque anacrónico, tiene razón Tironi cuando nostalgia los 4 principios que habrían orientado a la izquierda. Estos sí fueron orientadores de la izquierda; pero de una izquierda de la modernidad cuyo paradigma fue la antropocéntrica racionalidad instrumental. Voltaire, Smith y Marx, en sus diferencias, compartieron el mismo espíritu: la certeza de una razón ilustrada que podía ordenar la Historia a su imagen y semejanza tras la persecución de la igualdad o de la libertad; la fe en el progreso económico y productivo, prácticamente sin límites; la confianza en una humanidad dotada de una racionalidad instrumental, alienada/disociada de su primigenia condición natural; y que la ciencia instrumental, el trabajo y la técnica, más el capital, podrían dominar y controlar a la naturaleza en su beneficio.

A otra “Brújula” 

Esos valores y principios en las últimas décadas han venido siendo radicalmente cuestionados. El sustrato paradigmatico profundo de esos principio ha sido objeto de la crítica –y con muchas razones- por su responsabilidad mayor en la actual e irracional desigualdad social, en la locura de la explosión demográfica y por encontrarnos ad portas de un eventual ecocidio. Por primera vez en la Historia estamos ante la amenaza de la ruptura de la continuidad intergeneracional. Eso explica, y esta es la buena noticia, la expansiva potencia histórica y cultural de la idea-fuerza sustentabilidad que, en muy poco tiempo, ha venido a colmar nuestra agenda como el principal desafío de época.

Ante tamaña crisis –y solo una de las puntas del iceberg fue la caída de los socialismos reales- la izquierda y la humanidad hoy vive desorientada. La verdad es que la izquierda como actitud vital se quedó sin brújula, pese a la añeja brújula de la izquierda moderna que tanto añoran algunos.

Hoy incluso esa vieja brújula ha sido asumida acríticamente por los “conservadores” del ayer. En efecto, los modernos del presente –de izquierda y derecha- que ahora defienden con fe interesada a una época ya antigua, equivalen, si se me permite el símil histórico, a los conservadores que en el siglo XIX defendían los privilegios ante la izquierda revolucionaria que instauró los principios de la modernidad. No olvidemos que esa brújula, o al menos algunos de sus principios fundamentales, hoy son un lugar común re-apropiado por el actual pensamiento neo-liberal y neo-conservador. Este, en una espectacular voltereta valórica, ahora los adora tanto o más que el cuestionamiento e incluso no pocas veces el aniquilamiento que los ayer conservadores hicieron a los hombres y mujeres que los enarbolaban. Fueron tantas las persecuciones y los ostracismos, tras causar en su época el enojo de la derecha conservador, que vivieron políticos, científicos y pensadores que contribuyeron a diseñar el paradigma moderno del progreso, la secularización y la racionalidad instrumental. La Historia, lo intuyó Marx, una vez se vive como drama y otra como comedia.

Lo cierto es que todos, al menos como humanidad occidental, nos quedamos sin brújula, pese a las transitorias apariencias sólidas y triunfales del fundamentalismo económico neoliberal y del fundamentalismo moral conservador, cuyas raíces subyacen en los peores excesos de la modernidad: la injusticia de una mano invisible no regulada y el totalitarismo y autoritarismo valórico tan característico del etnocentrismo del hombre moderno occidental. Con todo, en las últimas décadas de este siglo han ocurrido cambios culturales que empiezan a insinuarse como “marginalidades dinámicas”: movimientos sociales y culturales que surgen en los márgenes del sistema social, pero que tienden a expandirse hasta convertirse en nuevos modos de vida.

En los años sesenta nacen sensibilidades culturales expansivas como el ecologismo y la conciencia planetaria; los movimientos pro diversidad cultural, étnica y sexual; el movimiento pacifista; la emergencia del feminismo cultural y social; la revaloración y la creciente influencia en Occidente de las milenarias culturas del Oriente y de los pueblos originarios de América; un cambio de paradigma en la ciencia a partir de la sistematización de nuevas teorías en una diversidad de ciencias; la emergencia de las primeras críticas a la lógica del crecimiento económico y nuevas formas de asociacionismo económico que permiten la gestión de neo-empresas sin fines de lucro. Cambios culturales de tal envergadura cualitativa y paradigmática sugieren que vivimos en la vorágine inicial de una transición época de dimensiones aún insospechadas y cuyo proceso será de muy larga duración.

La crítica a los viejos valores modernos

Con el objeto de situar críticamente a los antiguos principios que ayer dieron identidad a la izquierda moderna –reseñados por Tironi-, a manera de ejemplo brevemente resumamos algunos valores y miradas emergentes.

La crisis ecológica de sustentabilidad de la vida humana en la biosfera ha puesto en radical tela de juicio a “la capacidad de la razón y el trabajo humano para dominar a la naturaleza en su beneficio”. En el presente como Historia ninguna persona con sentido de responsabilidad se mira a si mismo en oposición a la naturaleza ni menos considera a esta como objeto de nuestro soberbio y unilateral beneficio. Ya no es así. Hoy por fin empezamos a reasumir nuestra interdependencia vital en tanto seres que somos un organismo vivo más que co-deriva naturalmente en esa red que es la biosfera.

El “progreso económico productivo” ilimitado hoy cada vez más aparece como una locura colectiva que sólo nos podrá generar destrucción y desesperanza como especie. Nuestra lógica económica basada en el lucro, el productivismo y el sobreconsumo (ahí esta la irracionalidad mayor de la obsolescencia programa), animados por una tecno estructura eficiente y depredadora, se nos han vuelto una real amenaza y, tal cual si fuéramos aprendices de brujo, “el progreso” nos tiene al borde del despeñadero. Hoy sabemos que la biosfera es un sistema cerrado que no tolera el accionar al infinito de un sistema abierto como lo es la economía humana.

La racionalidad totalitaria del Estado o del mercado, inspirada siempre en el supuesto interés general, se desacreditó como consecuencia de su mano intolerante y de tantos crímenes físicos y morales cometidos en su nombre: ahí están los colonialismos, los fascismos, los comunismos, nuestras criollas dictaduras neoliberales y las “democracias protegidas” para recordarlo.

Desde la biología del conocimiento y la física sabemos que no hay verdades objetivas descubiertas por la razón omnipotente del sujeto (un adentro) que observa a la Realidad (que esta afuera), sino que existe una interacción compleja entre sujeto y objeto. Que el acto de conocer y hacer es una circularidad propia de la sinapsis “cibernética” (un vinculo físico y en red) entre individuo y medio. De esa manera arriban a una asombrosa y serena conciencia en red: la naturaleza no esta ahí para dominarla en nuestro beneficio, pues nosotros también somos naturaleza y al querer dominarla, soberbia y ciegamente, a la vez nos desacoplamos y nos autodestruimos.

De esa manera, se sientan las bases más potentes para la emergencia de una nueva concepción de mundo: una concepción biocéntrica -o antropocentrismo radical- que supera a un antropocentrismo simple e instrumental. O, dicho en palabras de Francisco Varela, asistimos a un fundamental giro ontológico como especie: de un “estar en el mundo” pasamos a comprender que “constituimos el mundo”. No estamos en el mundo, somos el mundo. Vivimos enredados en el mundo.

La planetarización, que no es lo mismo que la globalización (2), supone un salto de conciencia de la especie: del nacional-etno-etnocentrismo al mundicentrismo. La planetarización será una nueva realidad histórica hija de la fusión cultural y de la diversidad, si es que somos capaces de frenar a las actualmente hegemónicas fuerzas sociales destructivas y homogenizantes de la globalización.

En la Historia poco a poco van siendo hombres y mujeres de carne y hueso quienes comienzan a asumir estos nuevos valores culturales. Ahí tenemos a los movimientos ecologistas, de mujeres, de indígenas, de minorías sexuales, a intelectuales, a movimientos juveniles, a movimientos de nuevas espiritualidades, a sectores de partidos políticos institucionales y a líderes de todo tipo de asociaciones de la sociedad civil (desde la salud y terapéuticas hasta económicas), quienes empiezan a compartir estas nuevas sensibilidades y participan de una crítica vital a los principios que fundaron y aún sustentan a la modernidad.

El desmoronamiento de esa brújula moderna, nos ha impuesto el inevitable desafío cultural e histórico de imaginar y desear una nueva brújula, acorde a las nuevas realidades y paradigmas culturales emergentes.

La brújula del siglo 21

En este contexto se desdibujan las izquierdas y derechas entendidas a la manera moderna y tradicional. El desafío cultural actual es más complejo. Eso es lo que no es capaz de distinguir Tironi, de ahí su mala ironía, que es resultado de un desconcierto.

Tal vez, las nuevas izquierdas y derechas del siglo 21 se están constituyendo a partir de polaridades o matices que asumen las personas en relación a los nuevos -y viejos- temas culturales. Por ahora sólo enumeremos, como interrogantes abiertas, algunos ejemplos:

– Primero: ¿en la actitud que se tome ante la crisis ecológica o la contradicción y desafío central de época: la sustentabilidad? Oponiéndose (la izquierda) o no (la derecha) a un crecimiento económico ilimitado y a un progreso material irresponsable e irreflexivo. Incentivando nuevas fuentes de energía (sustentables) y nuevos modos distributivos (redes multipunto), transformando así la matriz energética basada en los combustibles fósiles (la izquierda) o permanecer pasiva ante esta urgencia (la derecha).

– Segundo: En la aceptación (la izquierda) o no (la derecha) de la diversidad cultural, étnica y sexual.

– Tercero: ¿En la actitud ante la biotecnología? Poniendo límites en pos de la sobrevivencia de la biodiversidad (la izquierda) o no (la derecha) al irresponsable juego demiúrgico con la biotecnología que vienen efectuando las empresas transnacionales de la salud y de la alimentación con sus científicos-tecnócratas.

– Cuarto: ¿en el curso que deberá seguir el proceso de redes mundiales: promoviendo la unidad de la especie en su diversidad cultural (la izquierda), o bien aceptando acríticamente la “macdonalización” cultural del mundo (la derecha)?

– Quinto: ¿en la actitud que asumamos ante la pobreza y las migraciones de los pobres? Ya sea promoviendo el valor de la solidaridad, la redistribución y la justicia social (la izquierda), o bien cerrando los ojos o incentivando el unilateral crecimiento económico (la derecha).

– Sexto: ¿dejándonos seducir por el nuevo rol de la mujer y de la nueva masculinidad (la izquierda), o bien mirándolos de soslayo y con sospecha (la derecha)?

– Séptimo: ¿imaginando y aplicando medidas para el control de la sobrepoblación (la izquierda), o bien sin opinión ante una eventual saturación biológica por la presencia inmanejable de la plaga más depredadora de la biosfera (la derecha)?

– Octavo: ¿en la valoración e incentivo social del cambio personal, de las terapias y las nuevas espiritualidades para reencantar a la vida cotidiana (la izquierda), o bien condenándolas a todas bajo la burda descalificación y la sospecha (la derecha)?

– Noveno: ¿en la promoción de la democracia participativa con una ciudadanía con derechos e informada, más la descentralización y la entrega de responsabilidades democráticas a las localidades (la izquierda); o bien imponiendo límites a la autorregulación de las mayorías bajo el pretexto de la supuesta preeminencia de la “democracia natural” del mercado (la derecha)?

– Décimo: ¿en la incorporación creativa, crítica y extensiva -en pos de una nueva “alfabetización”- de las nuevas tecnologías de la comunicación que hoy a todos nos permiten generar sentidos, ya no sólo con la palabra y el gesto interpersonal (la izquierda), o bien coartando y censurando hasta la más íntima y humana posibilidad de decir (la derecha)?

– Undécimo: ¿en la defensa de los derechos de los consumidores, de los niños y de otros grupos etáreos (la izquierda), y en sus limitaciones, omisión o despreocupación (la derecha)?

– Duodécimo: ¿incentivando un nuevo rol de la empresa privada (sustentable), la rediscusión del rol entre mercado y Estado regulador, la valoración de las empresas sociales, el Tercer Sector productivo y asociativo, solidario y sin fines de lucro, que surge en la sociedad civil (la izquierda), o bien fetichizando al todopoderoso “mercado” que hoy más parece un “neo Estado orwelliano” que protege el reino del consumo pre-programado por unas pocas empresas transnacionales?

– Décimo tercero: ¿reflexionando y viviendo una nueva ética de la coherencia entre el decir y el hacer (la izquierda) o bien auto-mintiéndose día a día con una moral esquizofrénica que separa lo público y lo privado, el decir y el hacer (la derecha)?

En fin, son tantos y tan complejos los nuevos temas y desafíos que surgen ante los ojos sorprendidos y confundidos de hombres y mujeres que asistimos a esta encrucijada que es el cambio época. De ahí que muchas veces las actitudes antes estos temas varíen incluso aún contradictoriamente en una misma persona. En este cambio de época, igual que ayer en la transición desde la Edad Media a la Modernidad, “todo lo sólido se desvanece en el aire” -otra vez según la feliz expresión del viejo Carlos Marx-. Sin embargo, cuando lo sólido se desvanece, lo hace gestando otro aire. Y tal vez el secreto -o el simple nexo con la Historia- consiste en tener los ojos y los oídos bien abiertos para descubrir y construir las nuevas brújulas que nos orienten en el aire nuevo.

El deseo de cambiar el mundo

Antes escribí, “tal vez” las izquierdas y derechas del futuro se constituirán en polaridades o matices en relación a los nuevos temas culturales. Sí, tal vez, porque nadie puede hoy profetizar si mañana habrá izquierdas y derechas con el peso de identidad política que han tenido en los siglos que se van. Otra cosa, sin embargo, es intentar recuperar el elan constitutivo de la izquierda. Ese espíritu presente en la humanidad desde antes incluso que los revolucionarios franceses se sentaran a la izquierda de ese salón parisino.

Un paréntesis: la izquierda nunca ha sido portadora de contenidos absolutos. Sus contenidos se han caracterizado por la historicidad: cambian en función de cada presente como Historia. Lo mismo ha ocurrido en la derecha. Ya lo dijimos, en la época moderna la izquierda en sus distintas variantes y en diferente coyunturas enarboló la libertad, la igualdad, la convivencia basada en los derechos humanos, al menos en su expresión de 1ª generación –los derechos políticos e individuales-. Todos ellos han sido los ejes de sentido de su accionar. Y hoy esos valores son una feliz herencia de la época moderna que, sin duda, hay que sustentar y resignificar a la luz de los actuales desafíos históricos. Son logros históricos de la humanidad; pero, reitero, es ineludible actualizarlos a los nuevos sentidos y, en especial, abrirse a los emergente desafíos culturales antes reseñados.

Era necesario el paréntesis antes de formular la pregunta crucial: ¿más allá de la borrasca de contenidos, cuál es entonces, en el actual cambio de época, el signo identitario que debemos recuperar de la izquierda? ¿Cuál su ánimo constitutivo? En nuestra opinión, ese ánimo ha sido la emoción y conciencia crítica que enarbola el deseo de cambiar la vida, como lo sugirió el moderno Rimbaud y tantos otros poetas en la Historia, o el deseo de cambiar el mundo, como lo querían los modernos Voltaire, Rousseau, Marx y tantos otros pensadores.

Así de simple. Aspirar no al cambio por el cambio ni a la novedad por la novedad, sino a vivir inspirados por el bello gesto de rebeldía ante lo existente cuando nuestra conciencia y coherencia vital lo considera injusto, inviable e invivible. Ese gesto es una actitud ética que asumió la especie desde sus orígenes. Ese gesto y esa voluntad histórica es la única que, a las puertas del simbólico siglo 21 y en el fin de una época que se inició hace ya medio milenio, podrá recuperar lo mejor de la modernidad y de la racionalidad ilustrada: la confianza en el ser humano y el sueño de la libertad, igualdad y fraternidad, junto a los nuevos valores culturales (que se resumen en asumir vitalmente la nueva idea-práctica sustentabilidad) y la nueva racionalidad comunicativa, según gusta decir Habermas, basada en la emoción del respeto al otro.

Es que el siglo 21 será ecológico, será masculino y femenino, será plural y diverso, será globalmente fraterno, será socialmente justo, será económicamente sustentable, o no será. Y que pueda llegar a serlo, si hemos de hacer caso a la experiencia histórica, pasa necesariamente por la recuperación del poético y creativo gesto de cambiar la vida.

 

Notas:

1) Revista “Plaza Pública” número 3, noviembre de 1997.

2) Con posterioridad a la publicación de este breve ensayo en los noventa, en los libros: Epitafio a la Modernidad (2004) y ¿Ser o Perecer?: sustentabilidad y comunicaciones (2013) he desarrollado esta relevante distinción.

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