top

Enamorándonos en el altiplano: Vigilia, Sueño y Atención

Nietszche: “Continuar soñando, sabiendo que estoy soñando”. (Gaya Ciencia)

Vigilia

Esa mañana era una vigilia. Poco a poco subíamos por un sendero de montañas alhajadas de colores. El auto avanzaba, seducido por la intensidad que aplicabamos en el acelerador.

Las laderas de los cerros se revelaban como terrosas texturas, diversas y arrugadas, y sus verticales piedras parecían sinuosidades azules que ligaban con el cielo, todo en un horizonte amarillo e inmenso de montañas cuyos bordes eran blancos.

A veces conversábamos inmersos en un silencio melancólico en el cual reíamos.  Cada leve energía aplicada sobre el acelerador nos hacia danzar tal cual dioses cuyo éxtasis fuera una potente penetración del cielo. Su voz horadaba las profundidades de un silencio extraño y mi grito se consumía en cada piedra. Y más allá la montaña bailaba desnuda en el lago Chungará.

 

Atención

Con singular atención desde antes la venía observando en su moverse coqueto e inconcluso. Mi ánimo se movía hacia ella. Ambos lo sabíamos. Lo nuestro era una mirada mutua, mientras jugábamos a no saber.

La había conocido en un misterioso azar. Para mí su nombre era sorpresa e inquietud. Al mirarla su porte era de bella.

¿Habrá sido por eso que aquel jueves cuando viajaríamos juntos al norte de nuestro mundo los dos intuíamos lo desconocido? Andábamos gestionando un documental espejo de no sé qué. Nuestro vínculo era un hacer atento y sin norte. Yo reincidía en mis románticas acciones. Ella caminaba enamorada del amor.

La mujer curiosa asombraba los ojos de un hombre curioso.

La bella hembra se posaba en las rodillas de un hombre que desde su apasionada lectura de Rimbaud imaginaba sentar a la belleza en sus rodillas. El hombre, cansado de su soledad, aspiraba a la belleza. La mujer, inmersa en la soledad de sus ojos, irradiaba belleza. El hombre quería ir allende la soledad y penetrar la belleza. La mujer quería ser bella y abrazar la soledad.

La mujer y el hombre se empezaban a mirar. Su mutua curiosidad vestía de palabras a cualquier silencio: aquella mañana hablaban de cine, de música y de los rostros de los otros. Ambos llevaban varios días en un inconcluso dialogo que levemente imprimía sus huellas.

Unos pocos días antes de viajar al norte, el hombre y la mujer habían reído comiendo mariscos y planificando en el Mercado de Santiago cómo grabar mejor las intensas e inconmensurables imágenes en las alturas de la vigilia y el sueño.

 

Sueño

Una mañana desperté inspirado por la memoria de un sueño.

La magia en el dormir había sido una montaña alta, gris, metálica y de piedra. La montaña vivía al lado de Santiago, ahí, camino a Farellones.

En el sueño veía a una mujer aymará tan bella e inasible como el tiempo.

El soñador soñaba arrobado ante tanta belleza en una aymará. ¿Cómo una aymará vagaba en una montaña santiaguina? ¡Qué aymara tan loca!, reía el soñador.

La mujer caminaba su camino con su continuidad a cuestas, muy acurrucada a su espalda, y el soñador a ambas las seguía.

La curiosidad del soñador era infinita. ¿Qué hacia una aymará en esos parajes tan lejos de su norte? ¿Adónde iba? ¿Era posible tanta belleza en una mujer?

La aymará era una morena de ojos azules, grácil y felina como ninguna.

El lugar más hermoso de aquel sueño era la casa: una pieza chiquita, como los solares del norte del mundo, blanca, muy blanca y matizada con el azul intenso de la noche que irradiaba una extraña serenidad a los ojos de la aymará.

El soñador se enamoró de tanta belleza.

En la pared de la pieza, unas estrellas azules parecían dibujos de niños pintados en una tela.

 

Vigilia

Mientras subíamos por esa ruta al infinito, fue un golpe a la vigilia divisar a la vera del camino a una mujer aymará subiéndose el calzón.

Había una niña a su lado.

La aymará, descubierta, no quería ser mirada después de orinar en esas soledades tan suyas; inmensas soledades nunca antes tocadas por nuestros flamencos mecánicos.

Fue repentino, entonces, mirar a mi lado a esa mujer rubia, delgada y hermosa, que en vital letargo conversaba conmigo.

Imagine luego lo antes nunca imaginado; ahí yo y ella, quien permanecía casi ajena sentada en el asiento a la derecha de ese auto. Ajena y cercana.

Cercanos sus ojos. Lejano su silencio del intenso recuerdo de mi sueño.

La mujer aymará desapareció sin dejar rastros ni olores, mientras la montaña en mis ojos crecía ahora mirándola a ella.

¿Podrás alguna vez intuir mis sueños?, pense al mirar el rostro de aquella mujer que recién empezaba a acompañar mis malos y buenos humores.

Y continuamos subiendo hasta los cinco mil metros de altura, ambos asombrados ante la revelación de lagos y lagunas vestidas con todos los matices del azul, donde se alimentan flamencos que se mueven como si jugaran a bailar una danza molecular en una azul sopa originaria.

Un poco más arriba detuvimos el auto, nos bajamos y permanecimos un rato mirando las montañas y una sugerente red de lagunas azules. “Cotacotani es su nombre en la lengua aymará”, me dijo ella. Luego, muy animada, esa belleza rubia habló para contarme que en esos años ella vivía en un tiempo azul, que antes era el rojo su color y ahora era el azul. Yo sólo reí, recordando a la mujer aymará de mi sueño azul.

Fue entonces, también muy animado, cuando le dije: “cada vez que te sacas los lentes, tú cambias. “Tu rostro parece el de dos mujeres: una seria y bella, con lentes, otra, curiosa y extraña, sin lentes…  alguna vez me gustaría amarte dos veces, una vez con y otra sin lentes…” Ella rió, risueña y cercana.

 

Atención

Es mi estilo dejarme seducir. Mi Atención había ido a ella una noche en que mientras hablábamos por teléfono, a modo de despedida, me acaricio con un leve “duerme bien”. “¿Cómo quieres que duerma bien, sin ti?”, pense más tarde como única respuesta.

De ahí en más, empece a saludarla con un cálido beso en su rostro.

Un sábado la invite a comer para planificar nuestro inminente viaje de trabajo. Parecía intensa y seria mi invitación, pero no lo era. Sólo era una excusa para verla mejor, para sentirla mejor.

Ahí estaba aquel día, sentada, esperándome mientras leía en la escalinata de un centro cultural frente al Mercado de Santiago. La distinguí tan hermosa desde mi auto. La sorprendí y la bese en su rostro.

Estaba nerviosa, yo también. Cruzamos hasta el mercado y comimos. Hablamos poco, cualquier cosa. Luego nos fuimos a reunirnos a la oficina. En dos minutos, antes siquiera que se calentara el café, la coordinación de quehaceres estaba terminada. Nos miramos, bebimos el café y rápidamente nos fuimos. Al despedirnos le di un beso y ella camino muy lentamente sin mirar atrás. Al otro día, desde el mar tuve tanta nostalgia de sus ojos que me invente llamarla para decirle que había comenzado a leer sus astros. Ella rió, y sólo me dijo, después me cuentas.

 

Sueño

Permanecí muchas horas soñando en el recuerdo de mi Sueño. Soñé con esa pieza azul donde la aymará dormía plácida; plácidamente, igual como duerme el océano cuando sueña que entra y sale con ese silencio ruidoso al posarse en sus costas.

Ahí estaban entrelazados el sueño, la vigilia y la atención.

¿Qué hacia una aymará rubia en esos rincones del sur del mundo? ¿Cuáles eran los ojos que en silencio estaban cuando los mismos ojos hablaban? ¿Acaso, Clio, nuestra hija, y Noah, nuestro hijo, danzaban en el haz de luz azul, mientras su futura madre y su futuro padre creían que dormían e imaginaban su viaje en el uro aruma, el día aymara?

 

 

 

Comments

top