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Evocando a The Matrix

Recuerdo que fui con mi hijo Yethro al cine cuando estrenaron el primer film de la trilogía The Matrix. Ambos, Yethro de 9 años y yo de 39, sentimos amor a primera vista por la maravillosa creación de los hermanos Larry y Andy Wachowski (hoy Larry es Lana).

Más tarde, cuando apareció el segundo film de la saga, a poco andar escribí una crónica en la que partía diciendo “Voy a nadar contra La Matriz…”  Digamos de inmediato que entonces no quería nadar contra The Matrix, sino contra la marea de los muchos “críticos” que denostaron la segunda entrega. La Matriz contra la que nadaba era el coro de esos “críticos”, los mismos que antes, por simple inercia o moda, habían aceptado el primer film de la trilogía sin apenas esbozar la hondura de un par de hermanos que con los años nos seguirían asombrando (he ahí Vendetta o la última y genial Atlas de las Nubes).

Escribía entonces: “me niego a aceptar la crítica, ya convertida en lugar común, que ha calificado a The Matrix Recargado de pura entretención. Bienvenida la entretención, en eso, esta segunda parte no desmerece en nada a la primera. Afirmar que la originalidad y la potencia del discurso ontológico del Morfeo original, brilla hoy por su ausencia, es lisa y llanamente una corta mirada”.

Hoy sigo afirmando apasionadamente que la trilogía inauguró una nueva forma de hacer cine de acción y a la fecha ha sido uno de los más elocuentes textos en la era de Internet y del budismo en occidente. En ese marco, The Matrix Recargado, el segundo film, dotó de nuevos bríos reflexivos a su contenido.

Recuerdo que tras verla -nuevamente con mi hijo-, salí de la sala de cine con una serena sensación. Que buena onda – le dije- que una parte de tu generación, más allá del virtuosismo audiovisual y acrobático, conecte o pueda conectar con estas reflexiones.  Entusiasmado me dije a mí mismo que esas sagas fílmicas, en el actual cambio de época histórica, equivalían a las grandes novelas de antaño: miradas arrebatadas y desgarradas, como las de todo cambio de época, capaces de evocar el latir de un mundo en transición.

Más entusiasmado aún, reafirmé mi concepción de que, pese a la cara gris del coro electrónico de los mass media, la cara amable y sabia de la humanidad planetaria también animaba a ese mismo coro. Me inundó, en fin, una similar emoción a mi gozo ante El Señor de los Anillos y la Guerra de las Galaxias: una parte de las nuevas generaciones era receptiva a escultores que esculpían sus sentidos con nuevos bríos y misterio, con una mirada ecológica y religiosa (neo) panteísta, reflexivos ante el apego y desapego emocional y con pericia ante la tecnología. Con los años, viendo hoy a mi hijo, ya en sus veinte y tanto, y a muchos jóvenes de esa generación, he reafirmado esa intuición primera.

Fueron dos las interpelaciones que me hizo  The Matrix Recargado.

Primero, el desgarro del ser humano ante la tecnología. Hay un diálogo sencillamente notable y profundo de Neo con el Anciano Consejero de Sión, el lugar donde los humanos se han retirado ante el creciente dominio de las maquinas. Ese diálogo, con ecos Heideggerianos, nos invitaba al desasimiento humano de la técnica y nos revelaba la implicación de la técnica y el ser en la cultura. Además, y esto es de toda The Matrix,  juega con la paradoja que los más sofisticados usuarios de la tecnología, a la vez, son los rebeldes que luchan contra las maquinas. No olvidemos que Neo, Trinity y Morfeo, por ejemplo, son hackers.

Segundo, el film es una potente y compleja reflexión sobre el destino, lo predestinado y la libertad. Ni más ni menos, explora en las preguntas existenciales que están en la matriz de todos los Re – Ligare entre el ser humano y el mundo (léase religiones): qué es el ego, por qué estamos extrañados…  Atención a un diálogo denso y enigmático entre Neo y el Gran Arquitecto.

Y hay más, mucho más en el film: reflexiones sobre el poder, claves esotéricas y humoradas muy en serio sobre el deseo y el amor…

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