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40 años después, aún el ánimo herido

¡Qué grito el golpe! ¡Qué ruptura! Tan fuerte el dolor y tan intensa la separación: ¿acaso el golpe hirió en forma tan sutil y profunda el ánimo y el cuerpo de Chile que sus ecos serán muy difíciles de sanar? 

 

Primer acto: el grito

Esa mañana del martes 11, el rasante vuelo de los aviones de guerra se hizo sentir en el primaveral cielo santiaguino. El púber que yo era me apoyaba con indolencia en el frontis de la casa de un amigo, mientras sus padres iniciaban una preventiva quema de libros. Por su elegante tapa dura y el papel biblia, me llamó la atención un ejemplar de Los Manuscritos Económico – Filosóficos, escritos por un joven Carlos Marx. Lo rescaté. Su acuciosa lectura un par de años más tarde daría el tono a mi asombro y conciencia histórica. En la tarde, hubo silencio y erráticos disparos. Los próximos días el aire empezaría a sofocarnos con el miedo. Con los años he olvidado la letanía de las noticias. Ni siquiera evoco el desconcierto de mis padres. Hoy solo recuerdo la desolación que desde aquel día empezamos a ver en los ojos de la muerte.

Cuando ya en Santiago circulaban de boca en boca las historias con cadáveres a la deriva por el río, en la Avenida Macul empezaron a aparecer hombres y mujeres, fríos y ejecutados. Los muertos eran transportados en camiones y en las noches obedientes soldados los depositaban en las esquinas del largo trayecto que va desde Avenida Quilín hasta Departamental. En las mañanas era el horror y el miedo en las veredas. Recuerdo a una vecina asustada en nuestra puerta preguntando si estaba nuestro padre, pues uno de los cuerpos yacentes era igual a él. Así, en ese fatídico septiembre, empezaba a desplegarse la lógica del terror antes planificada en los salones del miedo y la avaricia.

Algunas tardes se escuchaban tiroteos en el cordón industrial aledaño a textil Sumar. Y el Estadio Nacional, donde meses antes mis ojos de niño habían sido deslumbrados por el fútbol galano del gran Mario Galindo, era mancillado con la triste función de campo de detención. Del Estadio Nacional traían a las decenas de hombres que en las noches eran fusilados en sitios baldíos.

Durante una semana se repitió una escena más o menos así: a medianoche un in crescendo de bocinas de vehículos, gritos de hombres desesperados, ráfagas, un largo silencio, y al alba el ruido de las camionetas que se iban. En las mañanas, junto a amigos partíamos raudos al sitio del suceso. Allí, asépticos, observábamos los cuerpos inertes de por lo menos una decena de hombres jóvenes, algunos en cuclillas, otros en posiciones desvalidas, con huellas de balas que al salir horadan la piel como si fueran trépanos explosivos. Al rato llegaban los carabineros, las ambulancias y los familiares de la víctimas, gente sencilla, resignada y llorosa. En esos días nada entendía, solo veía la brutalidad de la muerte; aún incapaz de explicar cómo la rabia y el odio incubado en un conflicto de miradas polares y excluyentes llegaría tan lejos.

 

Segundo acto: la ruptura

A poco andar en mis estudios de Historia en la Universidad de Chile, en 1977, cuando de política poco o nada se hablaba, unos y otros, todos muy mozos, nos fuimos encontrando por normales simpatías y antipatías, algo común a cualquier grupo. Morábamos en el afecto. Hasta que un día, luego de un paseo de curso, en jolgorio y de copas, algunos nos pusimos a entonar canciones que evocaban el pueblo unido y el dolor.

Tras la emergencia insoslayable de diferentes miradas ante la tristeza y el conflicto de esos años, entre nosotros se rompió la inocencia y el respeto. Nuestra promoción se escindió para siempre. Quienes hasta esa fecha habíamos sido amigos por humana empatía, de ahí en adelante nos miraríamos con violenta indiferencia. Nunca más el diálogo. Arreció el desprecio. Esas fueron nuestras literales emociones. Allá los otros, partidarios de la dictadura por acción u omisión; acá nosotros, quienes resistiríamos a sus excesos. Ambos separados por un ancho muro de desconfianza. Ese fue uno de los rostros del tono relacional de la generación universitaria de los ochenta. Su otro rostro fue la generosidad y colaboración, en las calles y en la asamblea, entre aquellos que participábamos activamente contra la dictadura y en la recuperación democrática.

 

Tercer acto: ¿acaso el golpe hirió para siempre nuestro ánimo?

Hoy, a la luz del arraigo entre no pocos de nuestros coterráneos de las emociones de la desconfianza, la soberbia, el resentimiento, el abuso y el miedo, nos preguntamos si ese mal ánimo no es aún el intenso eco de aquel doloroso grito y ruptura. Pareciera que el golpe y la dictadura cívico-militar habría mortificado en forma tan sutil y profunda el ánimo y el cuerpo de Chile que aún le sentimos como una herida abierta, difícil de sanar.

En 1990, en una crónica periodística, el sociólogo José Auth usaba una feble imagen para referirse a esa escisión nacional: “todos (los chilenos) somos hijos de una familia divorciada que quiere que los papas estén en la cama los domingos para meterse a comer galletas con ellos” (APSI, enero 1990). Escribo que la suya era una feble metáfora, pues con una memoria situada en la violencia emocional de los dos actos antes narrados, ya en ese entonces era iluso evocarla apenas como un “normal divorcio”. Y más aún hoy cuesta imaginar que puedan emerger otras emociones, si durante cuatro décadas hemos vivido en ausencia de gestos inspirados e integradores.

Por el contrario, en el país ha persistido la inequidad social. El individualismo desatado del “sálvese quién pueda” es hoy nuestro sino. Todo se compra y vende. Los más quieren lucrar. El sentido de pertenencia a una comunidad solo aparece en situaciones de crisis, aunque suele encontrarse en la nobleza solidaria de algunos jóvenes y en los micro-climas emocionales que unos y otros co-construimos para un mejor vivir. La soberbia, tan mala consejera, se inicia ramplonamente con los mega-carros en los hipermercados de los poderosos y termina en la violencia descalificadora, cuyo clímax ha sido la evasiva renuencia a pedir perdón.

Con la excepción de algunos dirigentes históricos de la DC y la UP (Aylwin y Altamirano, por ejemplo, que en sus estilos han pedido perdón ante el país por la ruptura), en 24 años de democracia ninguno de los responsables civiles y políticos en la dictadura han hecho un gesto de esa grandeza. Recién en agosto del 2013, ante la fuerza de la memoria, Hernán Larraín, dirigente de la UDI, ha invitado a sus pares co-responsables de la dictadura a pedir perdón. Y pedir perdón y perdonar, tesituras implicadas, son gestos que ayudan a sanar o al menos a inhibir el resentimiento, otra emoción que es mala consejera. Así como también ayudan a inhibir el miedo, emoción que paraliza. Resentimiento y miedo, emociones que hoy, al ritmo de la polarización social, otra vez empiezan a campear en nuestras calles y en el ánimo de tantos de variopintos colores.

Cuarenta años después podríamos seguir cuestionando la actual insuficiencia democrática en diversos sentidos, así como otras condiciones que, digámoslo, nos han sido impuestas por el mismo desgarro en al grito y la violencia en nuestra ruptura. Un grito y ruptura, históricamente signados por el miedo al dolor social entre los de abajo y el miedo al despojo entre los de arriba. Sin embargo, poco avanzaremos si soslayamos las heridas en el ánimo aún abiertas.

No ignoramos la pertinencia de la pregunta: ¿si acaso ese grito y esa ruptura solo vinieron a profundizar rasgos emocionales presentes en nuestro ADN identitario desde la conformación primera del país? De hecho, una tradición de autores en las ciencias sociales han visto en procesos económico-sociales fundantes como la Hacienda o en tipos como el huacho-mestizo, el patrón y el inquilino, la génesis de rasgos emocionales del estilo de la desconfianza, la soberbia y el resentimiento. Si bien aceptando esa suerte de histórica continuidad emocional, que en parte incluso explica algunos signos de la dictadura cívico-militar, consideramos que el grito y la ruptura iniciada en septiembre del 73 habría venido a profundizar dramáticamente ese mal ánimo.

Resuena entonces la enorme pregunta: ¿cómo sanar tamaña herida? En otros escritos (“El dolor de Chile” y “Política y sustentabilidad emocional”) hemos sugerido que, además de la necesidad imperiosa de acortar las brechas en inequidad social y de limitar los abusos entre nosotros y al entorno, en nuestro amado país es igual de urgente y necesario un activismo político re-evolucionario de tipo emocional.

En esa tecla, el actual clamor ciudadano bien ha enfocado la importancia de una reforma educacional y de una nueva constitución. Sin embargo, la primera no puede agotarse en el financiamiento, la propiedad y el acceso, ni la segunda en meros tecnicismos.

En ambas transformaciones es indispensable agregar la dimensión cualitativa implícita en la sustentabilidad emocional. Esto es la participación amplia e inclusiva, el co-educarnos en el respeto al otro, en la aceptación y valoración de la diversidad, en la empatía, en la convicción que el ejercicio de la democracia es sinónimo de aceptar las diferencias, buscar acuerdos y construir confianzas. Esas materias son tan relevantes como matemáticas, ciencias, quórum y otras yerbas. Pues esos gestos emocionales son los únicos capaces de dar una base para la resolución sostenible a los tan humanos conflictos. Sanar nuestra larga herida emocional es una tarea pendiente.

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