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La empatía en el acto de volver a mirar

Entrevistado por una amiga doctoranda en ciencia política fui sorprendido con la siguiente pregunta: ¿observas coincidencias en la diversidad de movimientos ciudadanos que han salido a las calles en los últimas décadas? Claramente ella me interpelaba a reflexionar sobre la existencia de algún patrón común entre los movimientos sociales que defienden un ecosistema; las mujeres organizadas en pos de sus derechos; las comunidades indignadas ante atropellos de algunas empresas; los pueblos originarios y los movimientos gays animados por su dignidad, ambos con su propia discriminación; usuarios y pacientes por una salud integral; e incluso en las reivindicaciones de niños y ancianos. Todos ellos, entre otros, colectivos sociales, de género y etáreos, que, junto al histórico sindicalismo y otros movimientos (los estudiantes, por ejemplo), no han cesado de estar ahí, con sus avances y retrocesos. Era una buena pregunta, sin duda, pues unos y otros de estos actores están cambiando nuestras conversaciones.

En una respuesta desde la razón y el corazón argumenté que sí, que había un patrón común y que era simplemente la necesidad humana de vivir en el respeto. Una y otra vez la demanda de respeto ha animado transversalmente a los movimientos contraculturales, de hoy y siempre.

A los ecologistas cuando subvierten el modo de vida moderno con su gesto de una nueva y respetuosa relación implicada entre cultura y biosfera, cuyos ecos son tan revolucionarios como diversos. A las mujeres cuando (a los machos que llevamos dentro) nos exigen tan solo respeto en lo que ha sido una masiva revolución de género en la larga deriva histórica patriarcal. A la gente cuando quiere respeto y por eso pone límites ambientales y relacionales, en aras de la calidad de vida, a las “externalidades” destructivas del operar de empresas unilateralmente orientadas por el lucro. A los pueblos originarios que, luego de su lamento de siglos, hoy piden respeto a su cultura y autonomía. A los gays y lesbianas pidiendo respeto a su manera de vivir la sexualidad, después de siglos y siglos de ocultamiento y de portar una “mochila” de vergüenzas y dolores. A los usuarios del sistema de salud en busca de relaciones respetuosa entre médico y pacientes o tantas personas que acuden a medicinas alternativas precisamente en busca de salud y respeto. Y los derechos de niños y ancianos que han llegado para promover el respeto en la relación de los adultos con la gente sabia y menuda.

El mismo día de la entrevista con mi amiga, en una Conversación de Verano en la comunidad de SitioCero, reiteré estas reflexiones sobre el respeto. Y a la semana, en una nota con lo medular de nuestra conversación, un lacónico comentario en tono poco amistoso decía algo más o menos así: “que fuerte que las ideologías se reduzcan simplemente a no ser pasados a llevar, a no perder (yo), en vez de buscar un mundo mejor (todos)”.

Tal comentario primero me desconcertó. ¿Por qué esa lectura de lo dicho en nuestra conversación?, me pregunté, si estos colectivos son contraculturales y desde su especificidad precisamente contribuyen con sus reivindicaciones en la co-construcción de un mundo mejor. Después, tratando de comprender desde que emoción y razón hablaba el comentarista en comento, valga la redundancia, pensé que tal vez lo hacía desde la nostalgia de una vanguardia política capaz de articular homogénea y disciplinadamente a esta diversidad de actores, o, lo que es parecido, tal vez lo hacia desde la lógica del poder excluyente, que aspira a imponer el “mundo mejor” que ha sido racionalizado totalitariamente por quienes se harían de ese poder. Sin embargo, pos siglo XX sabemos que en la Historia tales experiencias de poder excluyente se han mostrado destructivas y muy poco inspiradas en el respeto hacia el otro que actúa o piensa diferente y hacia la biodiversidad en los ecosistemas.

Más allá de si acaso mis interpretaciones eran pertinentes o no, concluí en la necesidad de reiterar y profundizar en nuestra comprensión del respeto, en la mirada de la legitimidad del otro, en la conciencia empática, todos conceptos inspiradores y que aluden a la misma tesitura valórica.

Con ese objeto viene bien explorar en la etimología de la palabra respeto. En latín, respectus es una palabra compuesta por el prefijo re (de nuevo, nuevamente) y spectus (del verbo specio: la acción de ver, mirar), es decir, literalmente sería algo así como volver a mirar. Como leemos, se trata de un bello y sugerente sentido que porta algunas luces: pues, al volver a mirar, de una nueva mirada más profunda surgirían las emociones de la consideración y la empatía. O, en otra clave, cuando observamos tras la “mascara” de lo que es difícil de ver y/o del prejuicio, ahí, en la nueva mirada, anidaría como posibilidad el respeto (o la distancia).

Al inicio decía que una y otra vez la demanda de respeto ha animado transversalmente a los movimientos contraculturales, de hoy y siempre; y he escrito siempre porque considero que ayer los esclavos, los campesinos, el sindicalismo, sea quién sea, cuando vivía su anhelo de emancipación lo hacía para ser considerado como un sujeto de respeto, un legitimo otro, que quería ser mirado con los ojos de la empatía. Esto lo fundamenta con excelencia el autor norteamericano Jeremy Rifkin en su última obra, La Civilización Empática, cuando intuye que uno de los más nobles rostros en la evolución humana ha sido la expansión social y sistemática de esa conciencia.

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