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Del Venceremos al Ven – Seremos

Hace casi una década escribí una crónica para el libro “La Vida de Todos: Relatos testimoniales de juventud: 1945-2005” (1). Hoy he querido re-editarla porque, si bien ayer testimoniaba una tecla muy personal, latían en ella algunos de los nuevos signos y valores que están en el corazón del proceso de cambio de mirada.  Los actuales signos sociales, económicos y ambientales podrían tender a concentrar energías hacia el cambio cultural (o hacia más destrucción), como antaño lo fueron otros hitos en el calendario de otras transiciones de época histórica. A inicios del 2000, cuando escribí este relato, mi ánimo era la Saudade (no hay en español una palabra así de hermosa para evocar en serena y melancólica nostalgia); hoy, mi ánimo es la esperanza. Por eso, en tres actos, aquí la comparto.

“A los pocos días de la temprana muerte de Roberto Bolaño (julio del 2003), leí estas palabras pronunciadas en su discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos: “Todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud…”

Quede absorto. Nunca nadie antes había evocado de esa manera el recuerdo de aquellos años, cuando cada uno de nosotros –los jóvenes militantes- vivíamos tan intensamente.

I ACTO: mi década de los veinte: intensa y leve, audaz y tímida, alegre y seria, ingenua y sabia, todo en un coloquial juego clandestino

Aunque casi me caí de los años cincuenta -nací en 1959-, empatizo con el estado de ánimo de Bolaño cuando evoca a quienes “escogimos en un momento dado el ejercicio de la militancia y entregamos nuestra juventud a una causa que creíamos la más generosa de las causas del mundo, y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era”.

Entre los 19 y los 30 años, militando en el MIR, fui uno más entre quienes “luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, y cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos Trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio…”

Yo, como tantos otros, había llegado al MIR transitando mi propia deriva e inspirado, como todos, por una compleja historia. Si alguno de nuestra generación, que ahora lee estas páginas, coincide con alguna de mis huellas, una vez más, me sentiré con él o ella conectado.

– Llegué al MIR animado por el sueño de la igualdad y, hay que decirlo, enarbolando el dolor social y la rabia. Sueño y rabia que nos impulsó hacia una frontal lucha política, en el sentido de querer ir rápida y a veces ciegamente hasta las raíces para realizar nuestro sueño y así aminorar el dolor.

– También lo hice de la mano de apasionadas lecturas y conversaciones. Deslumbrante fue la experiencia a los 12 años en un Campamento de Verano organizado por la Unidad Popular en la playa de Papudo. Ahí fui entusiasmado por las revelaciones acerca de la naturaleza que nos hizo un joven tupamaro uruguayo; que había venido a Chile para participar del sueño de un pueblo Allendista y cristiano Tomicista. Nunca he olvidado cuando nos seducía enseñándonos la geológica formación de las rocas y de la arena por el incesante movimiento de las olas. Ese aprendizaje, literalmente, fue una revelación para mi conciencia de niño. Aún no termino de comprender lo que ha significado en mi deriva el conectar por primera vez con el decurso del tiempo y con el devenir de la red de las cosas.

Después, entre los 15 y los 17, durante mis viajes en micro, de la casa al liceo y del liceo a la casa, literalmente devoré Los Manuscritos Económicos Filosóficos de Carlos Marx. Sus palabras fueron otra revelación: los humanos éramos seres históricos, pues deveníamos extrañados y enajenados de la naturaleza.

Más tarde, en el Pedagógico de la Universidad de Chile, entre 1977 y 1981, casi todos éramos alegres jóvenes vestidos de negro. Pese al Toque de Queda, despertábamos al amor y a la fiesta en el café Pushkin, en el bar Los Cisnes o en cualquier boliche de la Plaza Italia, donde muchos también  iniciábamos con decisión la militancia anti-dictadura. Una militancia que en esos duros años, junto a ser una activa denuncia ética y social, era sinónimo de diálogo, preparación y crecimiento.

Lo nuestro era lectura y cine. Leíamos, por atracción y rigor ideológico (pues todo esto era muy serio), a Marx, Engel y Trotsky, por supuesto. A Lenin, a Rosa Luxemburgo, a Hegel, a Kant, a Gramsci, al Marqués de Sade, a Fourier, a Locke, a Descartes, a Nietzsche, a Heidegger, a Benedetti, a Vargas Llosa, a Galeano, a Brecht, a Rimbaud, a Baudelaire, a Kafka, a Chjov, a Joyce, a Borges, a García Márquez, y a tantos otros.

Y al cine-arte, a finales de los setenta, íbamos a emocionarnos a un sótano en la calle Moneda -al Toesca- y, ya en los ochenta, al Normandie de Plaza Italia. Lo hacíamos atraídos por el futuro a lo Blade Runner, por Herzog, por Fassbinder, por Polanski (uf, el film El Inquilino me hizo sufrir como nada lo ha hecho hasta ahora). O bien en algún cine de barrio santiaguino nos dolía la vida al ver Hotel Kleinhof o Buscando a Mr. Goodbar. Como a los ignorantes censores de la época los títulos de estas películas nada decían, ellas estaban ahí para ser vistas por nuestros ojos ávidos de belleza y drama.

Fui especialmente atraído por la asertiva invitación del MIR hacia la acción histórica. Tal vez lo más intenso desde que soy consciente ha sido mi profundo vínculo con la Historia y también con la historiografía.

Con la Historia, porque si ésta era la auto-creación de lo humano en el tiempo a través de la praxis creadora de cultura, entonces qué ganas y qué oportunidad teníamos de cambiar la Historia y mi historia. Hombre y mujeres nos sentíamos convocados a cambiar el mundo a través de una práctica revolucionaria. Esa fue, sin duda, la nutriente e insuperada revelación marxiana.

Y con la Historiografía, porque si ésta era lo que los humanos reflexionábamos, interpretábamos o distinguíamos acerca de la Historia (que, repito, es simplemente el devenir de lo humano en el tiempo y en el espacio), entonces qué ganas y qué necesidad de conocer cada texto escrito acerca de ése devenir. En esos años, ambas pasiones, la acción histórica y el saber historiográfico, iban de la mano, al menos entre los jóvenes espíritus rebeldes.

– Y finalmente llegué al MIR para vivir lo que sería el necesario aprendizaje de un ego dispuesto a participar de una ineludible, heroica, romántica y, hay que decirlo, a veces irresponsable clandestinidad. Todo eso en una vital ambigüedad.

Muy a tono con la clandestinidad, el irreflexivo ánimo de los jóvenes armados: léase aquel intento de un jaque mate al sistema social, que creíamos era la milicia y la militancia.

Tantos sueños y mucha entrega. Tanto derroche de vida: éramos tan jóvenes. Reíamos y caminábamos cuadras y cuadras después de una fiesta y en pleno toque de queda. Nos animábamos al ritmo del vino al escuchar en una peña cualquier tema de Manns, Paco Ibáñez, Silvio o Viglietti.

La prosa de Marx y la poesía de Rimbaud nos seducían. Con la razón del viejo de barbas blancas queríamos cambiar el mundo y con el corazón del vate joven y eterno queríamos cambiar la vida y sentar a la belleza en las rodillas.

II ACTO: el desencanto y re-encantamiento en una atmósfera histórica singular

Nuestra generación nació a la vida consciente con el cercano recuerdo de la derrota del sueño allendista en Chile. Luego, ya en plena juventud, nos tocó impresionarnos, incrédulos, con la caída de la URSS, del muro y, en especial, con la derrota en las urnas del Sandinismo en una Nicaragua “tan violentamente dulce”, como gustaba decir Cortazar.

Una sola anécdota muy personal para dimensionar lo que significó el impacto de esa caída: como dirigente de la juventud del MIR tuve la oportunidad de ir a algunos países de Europa del Este. Si bien éramos muy críticos del socialismo real, mal que mal era nuestra opción como camino de modernización de nuestros países. En un viaje me regalaron una bella colección de afiches con la épica del realismo soviético desde 1917 hasta inicios de los ochenta. Pues bien, tanta era mi desolación al ver que ese mundo socialista se derruía, que en un arrebato decidí quemar todos esos afiches. Hoy, evocar ese gesto, me causa pena y disgusto.

El año 89 ó 90 algunos que proveníamos del mundo universitario y habíamos liderado las expresiones más jóvenes del MIR, nos fuimos al Partido Socialista. En mi caso, sin embargo, ese tránsito político solo fue un gesto formal, pues desde antes venía intuyendo que una profunda nueva mirada habitaba en el emergente paradigma sistémico y ecológico o, dicho en clave historicista, en el proceso emergente de una posmodernidad históricamente constructivista.

En esa nueva morada y mirada, en las últimas décadas post sesenta del siglo XX, empezamos a habitar quienes conectamos y/o hemos ido construyendo las nuevas y diversas sensibilidades críticas y contraculturales. Todo lo que he escrito y he realizado audiovisualmente desde mis treinta, ya sea en autoría o en co-autoría, ha sido una crítica a las ideas – fuerzas y valores dominantes en la cosmovisión moderna y una y otra pregunta que contribuya a la construcción de la nueva morada o nuevo modo de vida.

Hoy puedo decirlo: hemos sido una generación existencialmente desgarrada. Fuimos los últimos partícipes de una de las variantes para construir y administrar la modernidad, la socialista (la otra lo ha sido la capitalista). En vital paradoja crecimos inmersos en el ocaso de los valores e ideología –la mirada y el modo de vida- de una época histórica: la moderna occidental, que había sido portadora de tantos sueños, y en simultáneo hemos crecido en la emergencia de una nueva mirada.

De la mano de nuestros sueños, nuestras sombras.

Los miristas –acordes al patrón entre los hombres y mujeres modernos- éramos jóvenes que en las interacciones personales y en nuestra auto-mirada carecíamos de inteligencia emocional. Éramos portadores de una fría racionalidad, amantes del todo o nada y del blanco y negro, sin matices, amigos de lo totalitario como mirada: yo soy poseedor de la verdad, que es absoluta, decíamos. Éramos adalides de lo social versus lo personal. Enfocados en lo social y en la macro historia, olvidamos nuestro mundo cercano, los afectos, e incluso, sin quererlo, mancillamos a nuestros seres más cercanos, dejando a hijos y amores en una triste indefensión (2).

Ilusamente queríamos transformar el mundo casi sin tocar nuestra mochila interior, incapaces siquiera de reconocer nuestra propia sombra, sin poder ver que el mundo sólo cambia con nosotros. Por eso, más tarde, y no sin crisis, toda mi deriva ha sido ir poco a poco, y con obvias tensiones e inconsistencias, tratando de superar en el vivir cotidiano esa singular mirada moderna.

En lo existencial, muchos de nuestra generación, sin Dios ni Dioses, sin emoción de re-ligare con el todo y con la naturaleza, llevamos a su máxima expresión tal vez la más profunda emoción de los hombres y mujeres de la modernidad occidental: la conciencia de separatividad, de enajenación de la naturaleza, que ha sido la causa última de todo el descalabro ecológico en que la modernidad azul y roja ha dejado el mundo.

Como corolario de esa emoción, también llevamos a su máxima expresión la tiranía del ego y, en consecuencia, vivíamos en el ego-istmo, mancillando así la convivencia. Y desde ahí, a un paso, venía la exacerbación del conflicto. Por eso, más tarde, y no sin crisis, también he ido tomando distancia de ésa tesitura existencial.

En el ámbito de la conciencia histórica, nuestra generación fue la última heredera del moderno sueño originario del progreso. Este a poco andar mutó a simple fe o una confianza ciega y acrítica en el crecimiento económico, en la tecnología y en una ciencia reduccionista enfocada solo en “ellos”, en lo exterior. Por eso, más tarde, y no sin crisis, he ido abandonando ésa conciencia histórica lineal y expansiva. Y desencantados de ése exceso antropocéntrico, tan egótico, la deriva posterior de muchos de nosotros ha sido empezar a asumir la necesidad del equilibrio entre la cultura-naturaleza y la naturaleza-cultura o un aprender a vivir en red con los otros seres vivos.

Fuimos también los últimos herederos de la destructiva ideología del Venceremos a un enemigo a aniquilar. “Ya van a ver, ya van a ver, cuando los obreros se tomen el poder”, gritábamos no pocos estudiantes en los momentos más duros de la dictadura. Convencidos que si nosotros nos apropiábamos del poder y la riqueza, podríamos llevar la Historia hacia nuevos derroteros y, por los siglos de los siglos, el ser humano transitaría por la justicia. Por eso, más tarde, muchos nos alejamos de ésa ingenua y brutal convicción y estado de ánimo.

Y ya muy cansados fuimos los últimos herederos de la dolorosa y milenaria lógica del dominio, del control y del desprecio. Dominados y dominadores, todos hemos sufrido con el dominio del hombre a otro hombre; del hombre a la mujer; a los homosexuales, a los discapacitados físicos y mentales; del occidental blanco y moderno a cualquier otro hombre o mujer diferente y originario de otros lugares del mundo; y de hombres y mujeres intentando el imposible control de la naturaleza. Por eso, con tensiones aunque muy sereno, como muchos he sido seducido por la emoción de la renuncia a una sensibilidad que, tal vez sin quererlo, niega el amor.

III ACTO: ruptura (Venceremos) y continuidad (Ven-Seremos)

Reitero: la modernidad occidental, la madre histórica de socialistas y liberales, en sus versiones más o menos fanáticas, y paradójicamente en su cenit expansivo de la globalización, ha empezado a vivir desde hace algunas décadas su ocaso histórico. En simultáneo, algo nuevo esta emergiendo en su propio seno. Lo nuevo es precisamente la Posmodernidad históricamente constructivista: un presente como Historia que se abre a nuevos sueños y deseos que nos han empezado a involucrar y que seguirá involucrando a las nuevas generaciones.

En esta deriva, he vivido una profunda ruptura -como la mencionada antes al desnudar mi desencanto-; pero también una profunda continuidad, que surge de un nuevo encantamiento sobre la base de la misma emoción desgarrada y asombrada que desea evolucionar. Una profunda ruptura con esa atmósfera emocional e intelectual de la cosmovisión moderna, tan encarnada en mí; pero también una profunda continuidad con mis sueños más caros y con una manera de ser.

Nunca me he alejado de los mejores sueños de nuestra juventud, que ya han pasado a ser los mejores logros evolutivos de las potentes luces modernidad: la democracia, la autonomía y la fraternidad, por ejemplo. No he renunciado a ningún sueño, sino tan solo a ideas que, como sabemos, siempre están acotadas a sus tiempos. Ni menos podría haber renunciado a mi conciencia desgarrada y asombrada, que es lo más honesto y profundo que ayer me llevó a una deriva mirista. En lo íntimo sigo impulsado por esa conciencia, pues, simplemente no puedo –ni podemos- ser de otra manera.

Por todo eso, no me arrepiento de nada. ¿Cómo podría arrepentirme de vivir animado simplemente por la intensa gracia del vivir? Los que se arrepienten son los que desde la mentira causan dolor. Sin duda, que cometí y cometimos errores (y esos, los he asumido y trato todos los días de no reiterarlos). Pero la mentira no es lo mismo que el error. La mentira es una con la conciencia de mentir; el error, en cambio, no es conciente, simplemente nace de la acción. De la mentira, claro que sí, debemos arrepentirnos; pero no de errores que suelen ser hijos de acciones casi siempre precipitadas.

Volviendo a Bolaño, tan intensa en el discurso en comento fue su franqueza como su exceso. Porque es un exceso afirmar que “luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería”. Eso es duro, y no lo comparto. Salvo excepciones, nuestros jefes y líderes no fueron corruptos ni cobardes. Sé que el uso de esos adjetivos eran parte del tono propio de Bolaño. Aunque, reconozcámoslo, la vocación por los excesos ha sido común a toda nuestra militante generación.

Claro que por sobre todo se agradece su franqueza al afirmar que “luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados”. Gracias por recordarnos que así, y con mucho terror y dolor, precisamente ocurrió en revoluciones modernas que solían devorar a sus propios hijos. Si hubiésemos vencido, más tarde o más temprano, podríamos haber sido nosotros las nuevas víctimas existenciales.

Bolaño nos recordaba que cuando generosamente militábamos nuestro ideal “hacía más de cincuenta años que estaba muerto”. Si, pero… Lo muerto, si se quiere visto hoy en perspectiva, era solo una ideología: la variante marxista intra-modernidad (y hoy, pese a lo que digan los reaccionarios tecnócratas de izquierda y derechas, esta por lo menos agónica o bien muerta en cuánto a proyectos la variante capitalista intramodernidad).

Pero, ni ayer lo estaban ni hoy están muertos nuestros sueños y deseos más generosos como seres humanos: el asombro como motor evolutivo y la compasiva empatía ante el dolor ajeno e íntimo. Eso no ha muerto ni morirá. Salvo que creamos que en el devenir de todos y cada uno de aquella generación, algo de cinismo haya inundado los ojos. Esos sueños y deseos desde siempre han nacido de una profunda bondad del ser humano. La nuestra, lo intuyo, era y sigue siendo la causa más generosa del mundo: evolucionar hacia un mejor vivir.

Lo que si ha muerto, y con todos sus ecos, es la consigna y convicción del Venceremos. Ese Vencer a rajatabla y pasando por encima de todos y cómo sea. Hoy no creo en eso. Esa es nuestra ruptura fundamental. Me liberé del deseo de dominio, del control, de la guerra, de la conciencia separada y del Vencer.

Ahora creo, y esta es mi continuidad, en la interacción humana sobre la base de la legitimidad de las diferentes miradas. En la co – deriva de seres que nos vamos haciendo y evolucionando en el día a día, mirándonos con respeto. En que la gran aventura evolutiva de cada uno es aprender a lidiar con el ego, a calmar a ese señor violento, inseguro y miedoso que quiere opacar nuestros mejores humores y amores.

Creo en la co-deriva en red de toda la vida y en que debemos tomar partido por conservar la biodiversidad y la diversidad cultural. En ese sentido, a mucha honra hoy me declaro “conservador” y anti las sombras de la modernidad. Pues en su luz la modernidad nos abrió por primera vez los ojos hacia una conciencia mundicentrica (eso fue la declaración universal de los derechos humanos); pero en su sombra la singular mirada moderna (en la evolución cultural es un hecho muy singular) también irradió urbi et orbi el más soberbio ensañamiento con los ecosistemas y con los matices no blancos del mundo, ya sean negros, cobrizos indígenas o amarillos asiáticos, amén de otros diferentes.

Aún participo de la intuición moderna que nos enseña que los hombres y mujeres hacemos la Historia; sin embargo ahora también sé que la vamos haciendo de la mano del misterio de la evolución del Universo y del misterio que, en el devenir del Universo, es nuestra conciencia.

Y por eso, al terminar estos recuerdos, no puedo dejar de compartir la profunda impresión que causó en mí el descubrimiento de una maravillosa y reveladora “nueva palabra”, que hace poco (el 2004) leí en el afiche de una lista al Centro de Alumnos de la Universidad de Chile. Con una iluminada lucidez, estos jóvenes del siglo XXI resumían su actual lema: VEN-SEREMOS. Una innovadora consigna que parafrasea la forma lingüística del ayer (Venceremos), pero abriendo otro continente de sentidos: Ven, acompáñame, que juntos, sin excluirnos ni dominarnos, Seremos.

En eso están hoy tantos jóvenes y no tan jóvenes. Y ese sueño es mi única y bella continuidad. En fin, simplemente he transitado desde un joven Venceremos del ayer a un joven Ven-Seremos del hoy”.

1) Este texto es la re-edición de extractos de una crónica publicada en el libro “La Vida de Todos: Relatos testimoniales de juventud, 1945-2005”.  Editor Eduardo Yentzen. Ediciones Universidad Bolivariana. 2006.

2) El notable documental El edificio de los Chilenos de Aguiló-Foxley evocó recientemente esas emociones con una belleza y sinceridad inusual en el país.

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