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“Fucking Chilean”

Our Idiot Brother (2011) es una deliciosa comedia y un notable drama familiar, al ritmo de la vida simplemente. Claro que, como chileno, he sentido vergüenza y también risa al ver en un cine europeo una de sus escenas claves, tal vez la más expresiva del tono ético del film.

El director norteamericano, Jesse Peretz, acierta con un guión inteligente y un grupo de actores con estilo: el comediante Paúl Rudd, la sensual Elizabeth Banks, la ondera Zooey Deschanel, la británica y clásica belleza de Emily Mortimer y el singular actor también británico, Steve Coogan. La película, independiente y todo, fue aplaudida en Sundance y distribuida por los infatigables hermanos Weinstein, grandes y serios valores de la industria. Se estrenó en agosto en Estados Unidas, al rato en Europa y estos días lo ha hecho en Australia (desconozco si llegó a Chile). Como se lee, el film circula y, digámoslo, una sola escena deja a la imagen-país, al menos en lo emocional, un tanto afectada.

Antes de ir a la escena de marras, un poco de contexto. Ned (Rudd), es un hermano nada de idiota, sino que entrañable. Lo de idiota del título es apenas un decir, tal vez por su confianza a veces ingenua en el ser humano, por su mezcla de “loco” lindo y hippie del siglo XXI, pues hace de agricultor orgánico, y por su sinceridad deslenguada. Ned dice y hace lo que piensa, y como se trata de una comedia lo vive con sus excesos. Al inicio del film, en una escena delirante, su buena vibra lo lleva a que en su tienda orgánica ofrezca marihuana a un policía, quién, vestido como tal, lo engatusa diciéndole que atraviesa por problemas emocionales. El pisa el palito y es detenido. Al salir de prisión, sin huerto y abandonado por su mujer, acude a vivir consecutivamente en los hogares de sus tres hermanas.

En eso consiste el film. En cómo el “loco lindo”, que habla siempre con la verdad y buena fe, altera las vidas a cada una de ellas, mientras rearma la propia. A Miranda (Banks), periodista de Vanity Fair, la desnuda en sus dificultades en el amor y le cuestiona los medios usados (citar a sus fuentes sin autorización) tras el logro de sus ambiciones profesionales. A Natalie (Deschanel), lesbiana a veces un poco confundida, la confronta con sus engaños a su fiel novia. Y a Liz (Mortimer), madre perfecta y esposa de un documentalista snob y fatuo (un genial Coogan), la obliga a  abrir los ojos ante la liviandad de su marido y de su vida.

Parafraseando a un crítico norteamericano (A. O. Scott, NY Time, 25 de agosto 2011), digamos que la autenticidad agraria del hermano pone de manifiesto la mala fe en que se basan la vida de sus tres hermanas. Contra sus posturas (ambición, la duplicidad y vacíos), en el buen Ned (por su coherencia y transparencia) campean los antídotos que son las virtudes sencillas de la confianza y fidelidad, la ética profesional y la crianza de los hijos en el amor. Quién a primera vista parecía ser un Lebowski menor y contenido para cuidar su jardín, resulta un paladín de otra manera de vivir.

Hasta ahí la trama. Ahora vamos a la escena en comento. Cuando Ned conversa cálidamente con una bella millonaria altruista, aunque dañada luego de una mala experiencia, él resume su filosofía de la existencia: vivir en la confianza y en la coherencia.  Entonces, fuerte y claro, malas palabras mediante, se evoca a un connacional cualquiera. Reproduzco el diálogo:

– Ned: Te diré algo, yo vivo la vida a mi manera. Me gusta pensar que si confías, si realmente le das a la gente el beneficio de la duda y ves sus mejores intenciones, ellos querrán dar con la talla. No siempre resulta, esta claro. Pero creo que si lo haces, la mayoría de las veces la gente estará a la altura de las circunstancias, lo creo realmente.

– Eres muy dulce, Ned.

– ¿Crees que soy tonto?, como a veces piensan los demás.

– No, por favor. No creo eso. Por el contrario, la tuya es una buena y sana manera de vivir la vida. Es decir, yo soy igual. Al menos lo era. Sí, lo era. Hasta que conocí al maldito chileno. ¡Uf!.

Así de brutal. Y eso que mi traducción es amable, ya que la palabrota usada es Fucking Chilean. Luego, en otros diálogos, se agregan más pistas: el chileno estafó con dinero a la bella chica y luego, en una puñalada en la espalda, subió imágenes íntimas a You Tube. Ahora, lo más probable es que esta referencia, tan dura, no nació de un estudio sociológico. Más bien, tiendo a pensar que alguna mala experiencia o un simple comentario denso sobre algún compatriota, hizo mella ya sea en el director, en el guionista o en la propia actriz, llevándolos a usarnos como un mal ejemplo. No sé.

Pero, más allá de eso, lo cierto es que la lamentable cita fílmica nos debe hacer reflexionar. Es que no sería sano cerrar los ojos ante lo que en los últimos años esta siendo reiterado en la experiencia cotidiana en el paisito. Así lo han comentado lúcidos analistas de nuestras maneras y lo reflejan las propias encuestas: la triste y dañina desconfianza o ausencia de confianza en el otro como un rasgo emocional distintivo del chileno(a).

Sin ánimo de entrar en mayor abundamiento de datos –ni en los ecos dañinos para el vivir social e incluso económico que esa desconfianza conlleva-, recordemos que según la reciente encuesta (2011) de calidad de vida entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), solamente el 13% de los chilenos dice confiar en sus coterráneos, cosa que se compara desfavorablemente con casi el 80% que alcanza la confianza en el otro en los países del norte que forman tan selecto club.

En ese sentido, tal vez, el “hermano idiota” del norte, sin quererlo, en el film nos desnuda globalmente en esta singular y tan nuestra carencia emocional.

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