top

Premio Natre al Proyecto Hidroaysen: Lo que no se debe hacer en RSE

Pese a que sabíamos que el 9 de mayo, en Coyhaique, se escribiría una página más en  la crónica anunciada de una decisión negociada en los pasillos de la avaricia y en los salones de palacios, igual nos ha dolido. La RAE define avaricia como avidez de riqueza, luego, no es mi ánimo ofender con esta fría palabra, tan solo intento usar con precisión el castellano.

Es que no podemos llamar de otra manera a una decisión económica de corto plazo -del costo y la oportunidad a lo Manolito-, como lo será construir megarepresas que alterarán el ecosistema en la Patagonia Reserva de Vida y, desde ahí, transportar  electricidad en un tendido áereo de más de dos mil km, con una pérdida energética mayor. Decisión, además, socialmente innecesaria, en tanto hay otras opciones socio-ambientales para satisfacer con mirada de futuro nuestras necesidades de energía.

La decisión ha ido contracorriente de la opinión de los expertos y académicos más informados en el tema energético (ver argumentos técnicos en http://verdeseo.cl/2011/05/08/resumen-siete-argumentos-por-una-patagonia-sin-represas/). La decisión da la espalda a la experiencia internacional, hoy volcada a dejar atrás el paradigma de la generación de energía monopólica y centralizada, que es ineficiente y ambientalmente destructiva, y transitar al modelo de la generación multipunto y distribuida. Precisamente lo más grave del proyecto Hidroaysen es que si acaso llega a materializarse inhibiría el desarrollo de las nuevas fuentes de energía y tecnología del futuro. Agreguemos, además, que durante el proceso fue omititida la participación ciudadana y se ha hecho caso omiso a la mayoría de los chilenos que no queremos el proyecto (así lo dicen las encuestas).

En el proceso se ha manipulado nuestra feble institucionalidad ambiental. Si no se consideró a la participación ciudadana, si se interpretaron y re-interpretaron informes críticos en oficinas burocráticas, si autoridades políticas nacionales instruían por los diarios a los directores de servicio regionales llamados a decidir, ¿acaso es una exageración hablar de manipulación?

En fin, mi ánimo no es abundar los ríos de tinta y de bits que se han escrito y se escribirán con argumentos que dan cuenta de la unilateral avaricia en la decisión.  Endesa hasta el 2007 poseía el 80% de los derechos de agua del país, luego seguir siendo monopólico es un asunto de su propia avidez de riqueza. Con todo, soy optimista. Pese a la aún parcial y coyuntural aprobación, el proyecto seguirá siendo impugnado nacional e internacionalmente. Su irracionalidad mayor, sus 2.300 km de tendido electrico, erizará los pelos de los compatriotas en las regiones donde deberán aprobarse nuevos estudios ambientales. Lo del 9 de mayo ha sido solo un paso. A la larga primará la cordura o será tanta la desmesura que el tinglado caerá.

Por su desmesura quiero postular al proyecto Hidroaysen al anti Premio Natre de Responsabilidad Social Empresarial o mejor dicho a denunciarle como una expresión de la Irresponsabilidad Social Empresarial en acción. Como lo escribo así de asertivo, debo explicar el por qué de mi mirada.

Pese a que sé de sus brechas en el país, soy de los que observan con optimismo y buenos ojos a la Responsabilidad Social Empresarial (RS). La observo en su devenir. Por eso considero que la RS es la manera histórica como el concepto de sustentabilidad se encuentra en un proceso de operativización en las empresas y organizaciones. La sustentabilidad es un emergente cultural e histórico fundamental en las últimas décadas; es expresión del nuevo paradigma social ecológico y del cambio de época histórica.

La RAE define lo sustentable como aquello que se puede sustentar y a sustentar como el acto de conservar algo en su ser o estado. Y define lo sostenible como un proceso que puede mantenerse a si mismo. De estas definiciones, quedémonos con dos ideas que están en la base de ambos conceptos: conservar algo en su ser o estado, por un lado, y el proceso autorreproducible, por otro. Es muy lúcida la potencia conceptual que conlleva la articulación del sentido de ambas palabras (sostenible-sustentable), pues lo que nos dicen es que para que un proceso-sistema se auto-reproduzca, este debe conservar algo.

Y en esto radica la clave del por qué históricamente hace pocas décadas ha emergido el concepto sustentabilidad o sostenibilidad: pues es hoy cuando hemos hecho consciente el desafío histórico de la autoreproducción del sistema social, lo que pasa por conservar el acoplamiento estructural congruente entre cultura humana y biosfera.

A inicios de los 80, Léster Brown, Premio de Naciones Unidas por su aporte ambiental y fundador del World Watch Institute, fue uno de los pioneros en acuñar el concepto desarrollo sostenible o sustentable. Él definió una sociedad sostenible como aquella capaz de satisfacer sus necesidades sin disminuir las oportunidades de las generaciones futuras. A poco andar, en 1987, la formalización definitiva del concepto vino de la mano del Informe Brundtland, en la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas: se trata de satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades.

El concepto, en suma, fue una respuesta a lo que veníamos haciendo como sociedad moderna, cuando enceguecidos por el crecimiento económico y demográfico ilimitado, más el “progreso” material y tecnológico, arribamos a un punto en que potencialmente podríamos clausurar las oportunidades de las generaciones venideras, además, de autodañarnos en el presente. Recién en la fundacional década de los sesenta habíamos empezado a tomar conciencia colectiva de la pérdida de biodiversidad, la destrucción de la capa de ozono y las primeras proyecciones del cambio climático.

¿Por qué habíamos arribado a ese punto? Precisamente, la respuesta se relaciona con el sentido más profundo de las palabras sustentable y sostenible: por no conservar lo que debíamos conservar para que el sistema se autoreprodujera. Ese sería el desafío de la sustentabilidad: hacer coherentes nuestras actividades economicas con la naturaleza, cosa de sustentar-conservar  las mismas, y así permitir la autoreproducción del sistema y la continuidad intergeneracional. Esto es, no pertubar de manera destructiva el acoplamiento estructural cultura-naturaleza, con la eventualidad incluso que se destruya la organización-sistema cultura. Por ello, de ahí en más, progresivamente todos los esfuerzos humanos han apuntado a hacernos cargo de tamaño desafío.

A poco andar, a mediados de los noventa, en la co-deriva entre sociedad y organizaciones, la sustentabilidad arribó a las empresas como una perturbación con nombre y apellido: Responsabilidad Social.

Sobre la base de ésa comprensión histórica, afirmo que la perturbación sustentabilidad lleva a las empresas a una respuesta adaptativa, auto-transformándose. En efecto, la RS, en un proceso, en el mundo ha sido incorporada como modelo de gestión que potencialmente conlleva nuevas ideas, nuevas prácticas y nuevas regulaciones y autorregulaciones en ámbitos sociales, operativos, laborales, ambientales. La RS cambia las conversaciones en las organizaciones. El modelo de gestión RS se basa en el nuevo equilibrio que promueve el Triple Bottom Line o Triangulo de la sustentabilidad: 1) la rentabilidad, 2) la responsabilidad ambiental y 3) la responsabilidad social con los actores internos y externos.

Reitero, aunque sé de las críticas a la inconsistencia y las brechas en la práctica de la RS entre algunos empresarios, miro el proceso como parte del complejo devenir histórico de nuestro mundo hacia la sustentabilidad. En ese sentido, el modelo de gestión de RS es un paso adelante que activa en las empresas un proceso de auto-transformación que importa observar e incentivar. El Global Compact (1999), la Carta de la Tierra (2000), el Libro Verde de la Unión Europeo (2001), hasta la norma recién consensuada por representantes de 99 países, Chile entre ellos, la ISO 26.000 en RS (2010), son todos documentos internacionales que reconocen lo interesante del proceso, más aún si es acompañado de un dialogo social tripartito: empresas, sociedad civil, gobiernos.

Es que es positivo que hoy las empresas, vía las regulaciones y la RS, deban activar una sensibilidad ambiental y social a priori en sus proyectos, so riesgo del fracaso de los mismos, lo que ayuda a minimizar, aunque sea un poco, las externalidades socio-ambientales y, además, la RS incide expansivamente en el cambio de conciencia entre los actores. De hecho, hay empresas en el propio Chile que presentan una conducta seria en la aplicación del modelo de gestión en RS.

¿Por qué entonces propongo el antipremio Natre en RSE al proyecto Hidroaysen? Porque en rigor este proyecto expresa todo aquello que la RS cuestiona como antiguo e insustentable en la gestión de las propias empresas. Y esto, lo de antiguo e insustentable, lo han dicho y escrito empresarios y destacados líderes políticos globales. Veamos.

En 1999, en el Foro Económico Mundial de Davos, Kofi Annan, entonces Secretario General de las Naciones Unidas, impulsó la creación del Global Compact, iniciativa internacional que proponía nueve principios orientadores para las empresas y su relación con la sociedad. Entre ellos, evoquemos solo 3: apoyar un criterio de precaución respecto de los problemas ambientales; promover una mayor responsabilidad ambiental; y fomentar el desarrollo y la difusión de tecnologías ecológicamente racionales. En palabras de Annan, cumplir con estos principios es sinónimo de “civismo empresarial responsable.”

Como hemos dicho, el proyecto Hidroaysen no actúa con cautela, pues no aplica el criterio de precaución ante el potencial daño ambiental de las megarepresas y un tendido electrico técnicamente irracional. Luego no es ambientalmente responsable. Y además ya esta inhibiendo y si se construye inhibirá aún más el desarrollo y difusión de otras tecnologías ecológicamente racionales.

En el libro Verde de la Unión Europea, por su parte, se explícita que la RS responde a las nuevas inquietudes y expectativas de los ciudadanos, consumidores, poderes públicos e inversores en el contexto de la globalización y de la crisis ambiental planetaria. Y entre algunos de sus rasgos principales como modelo de gestión dice que la RS es integradora, pues es un proceso abierto a todos los agentes de la sociedad que se ven afectados por la actividad de la empresa. Es participativa, pues para conocer las demandas de los grupos de interés se deben establecer procedimientos y mecanismos de diálogo constantes. Y es sostenible, pues la empresa debe generar valor social, económico y medio ambiental (el triple balance). Y esos principios orientadores suponen incluso ir más allá del principio general de legalidad: el respeto y cumplimiento de la legislación nacional y las normas de derecho internacional. Para el Libro Verde, en suma, la sostenibilidad es impensable sin una coherente aplicación de la RS en las empresas.

También el proyecto Hidroaysen ha negado estos principios: a la hora del Triple Balance solo ha considerado el tradicional y unilateral criterio de la rentabilidad en el corto plazo, sin considerar el valor social y ambiental en el largo plazo que las empresas hoy están llamadas por la sociedad y la continuidad intergeneracional a considerar.

Finalmente, tanto el Libro Verde como la ISO 26.000 en RS hacen un explícito llamado a la sociedad civil, a la ciudadanía, para ser actores en la fiscalización del cumplimiento de la RS. Una destacada líder de los consumidores y ciudadanos españoles, María Rodríguez, ya el 2005 lo dijo con claridad: “El siglo XXI ha comenzado su andadura en un momento difícil para el planeta y para los ciudadanos. La presión ambiental sobre los recursos es enorme… Este siglo también permitirá que surja un nuevo tipo de consumidor, más crítico, consciente, responsable y solidario. Un consumidor-ciudadano que exigirá de las empresas un modo de gestión más ético. Hoy todavía es una minoría la que incorpora estos valores, pero tiene una gran proyección y será una mayoría en el transcurso de un corto periodo de tiempo. Los consumidores por lo tanto, asumiremos un papel fundamental en el estímulo y en la exigencia de la RS”.

El empresario suizo Stephen Schmidheiny, actor pionero a nivel planetario de la RS, ha recordado en su autobiografía que cuando en 1990 le presentaron a Maurice Strong, secretario general de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (1992), “este  me pidió que me convirtiera en su consejero para el comercio y la industria. Strong, y yo también a esas alturas, estábamos convencidos que una conducta ambiental y social responsable era necesaria y compatible con el desempeño económico y financiero de una empresa”. El mismo Schmidheiny acuñó la frase que hoy gustan de repetir muchos empresarios que aspiran a ser sensibles ante los desafíos de la sustentabilidad: “no son posibles empresas exitosas en sociedades fracasadas”.

Y cuando la mayoría ciudadana de una sociedad no quiere un proyecto por considerarlo insustentable, que éste igual se apruebe, puede considerarse un fracaso de esa sociedad. En el mundo de hoy, la emergente triada comunicacional y de gestión en las empresas debería operar así: una comunicación-gestión en transparencia (coherencia entre el decir y el hacer), es condición de la sustentabilidad. Condición de sustentabilidad de todos y todas: de las empresas, organizaciones y los seres humanos.

Comments

top