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Del Centenario al Bicentenario: “Que cien años no es nada”

Nuestro “lindo país esquina con vista al mar” ayer celebró su Centenario con grandes fiestas y también con amenos y sesudos debates. Cien años después, en el Bicentenario, poco se han anunciado las fiestas –salvo algunas obras públicas que vienen de años asignadas al presupuesto de inversión corriente con el timbre y la estampilla de la conmemoración-, mientras que de debate ciudadano casi nada hemos sabido.

Para contribuir un poco al escaso diálogo, a casi un mes de la histórica efémeride, van aquí dos Actos. Primero, las palabras extraídas de diversos documentos (cartas, discursos, ensayos, cuya escritura he decidido mantener tal cual en el original) que dan cuenta de la intensidad del debate público en el Centenario y lo sugerentemente evocadores –en vicios y virtudes- que hoy nos resultan algunos párrafos de insignes polemistas del ayer: en este orden, un intelectual, un profesional, un dirigente social y un empresario. Y un segundo Acto, muy breve, que sólo busca agitar la actual y pertinente pregunta: ¿cuándo se jodieron las celebraciones del Bicentenario?

Primer acto: De crónicas centenarias

– Hasta hoy resuena polémico el discurso pronunciado por el intelectual y tribuno Enrique Mac-Iver en el Ateneo de Santiago, allá por 1900, cuando procedió a una larga enumeración de aspectos sociales, económicos, institucionales y culturales de lo que él llamó la crisis moral de la república al acercarse la primera centuria.

“Exúsenme la necesidad de señalar los vicios i los defectos sociales e institucionales, pues lo hago para ponerse en situación de correjirlos i enmendarlos; que sin eso, el mal continúa su obra destructora i los que creen verlo, por su inacción i silencio, responsables son del daño que ocasionan…

Voi a hablaros sobre algunos aspectos de la crisis moral que atravesamos; pues yo creo que ella existe, i en mayor grado y con caractéres más perniciosos para el progreso de Chile que la dura i prolongada crisis económica que todos palpan. Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas rejiones del país, sino de la jeneralidad de los que lo habitan… La energía para la lucha de la vida se ha trocado en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio i el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad…

No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, más soldados, más jueces, más guardianes, más oficinas, más empleados i más rentas públicas que en otros tiempos; pero ¿tendremos también mayor seguridad i tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida i del honor, ideas más exactas i costumbres más regulares, ideales más perfectos i aspiraciones más nobles, mejores servicios i mayor bienestar?…

Señalar el mal es hacer un llamamiento para estudiarlo i conocerlo, i el conocimiento de el es un comienzo de enmienda. Una sola fuerza puede estirparlo, es la de la opinión pública, la voluntad social encaminada a ese fin; i para formar esa opinión i convertirla en voluntad dispuesta a obrar, hai que poner de manifiesto la llaga que nos debilita ahora i nos amenaza para el futuro, i hay que hacer sentir los estímulos del deber i del patriotismo i aún los del interés por el propio bienestar… Tengo fe en los destinos de mi país, confío en que las virtudes públicas volverán a brillar con su antiguo esplendor…”

– Igual de seria, aunque más sabrosa –por su tono deslenguado- es la carta “El orijen de nuestra crisis moral” del Dr. J. Valdés Cange –quién en la misiva se autodefinía como un profesional en contacto directo con el pueblo-, enviada desde Quilpué, en septiembre de 1910, al presidente Ramón Barros Luco:

La crisis moral que hoi nos sacude tuvo su oríjen en un hecho económico (el papel moneda inconvertible) que favoreció al agricultor rico, al hacendado, al magnate… A su sombra se fueron creando nuevos intereses, cada vez mayores, de tal modo que cuando el Presidente Balmaceda pensó en hacer la conversión, los aristócratas no se resignaron a perder su situación privilejiada i, arrojando la máscara, se levantaron en armas i lo derribaron… En esta época aciaga concluyen los escrúpulos, se desencadenan la codicia i las ambiciones mas ruines, i el desenfreno, como una ola jigantesca, siempre creciendo, todo lo alcanza i lo malea…

El Centenario ha sido una esposición de todos nuestros oropeles i de todos nuestros trapos sucios… ¿Creéis señor que por mui copioso que haya sido el champagne de los banquetes habrá bastado para perturbar el cerebro de los invitados extranjeros hasta el punto que no se hayan dado cuenta de la podredumbre que nos ahoga? ¿Habrán ignorado que los 8 millones de pesos que el Congreso destinó a celebrar el centenario despertaron una sed de rapiña tan grande que cuando falleció el Excemo. señor don Pedro Montt i algunos espíritus pundorosos hablaron de las postergación de las fiestas, levantaron una verdadera tempestad los que ya contaban como propios buena parte de aquellos dineros, i emplearon toda clase de influjos hasta conseguir que se llevasen a efectos las festividades, casi sobre los cadáveres de los dos presidentes? Para vergüenza nuestra, señor, los delegados estranjeros han tenido que ver a nuestro magnates convertidos en mayordomos, en contratistas de banquetes que el Estado pagó a precios superfabulosos, han tenido que saber que esos Arcos ridículos que se construyeron en la Avenida de las Delicias fueron contratados por 90.000 pesos, i el negocio paso de mano en mano hasta llegar a las del que las hizo, el cual solo recibió 14.000 i todavía obtuvo una ganancia no despreciable; han debido imponerse de que muchas familias de las más aristocráticas se hicieron arreglar rejiamente sus palacios por cuenta del Estado, so pretesto de prepararlos para recibir alguna delegación estranjera; i de que muchas exijieron todavía, por las dos semanas que fueron ocupados, alquileres de treinta, cuarenta i cincuenta mil pesos, fuera de que hubo alguna de muchos pergaminos que luego que vio su estancia trasformada i embellecida por los dineros fiscales, se aprovechó de un pretesto fútil para no facilitarlo i se quedó con las mejoras…”

– En la vereda de la crítica social y política, Luis Emilio Recabarren quiso dejar constancia de la opinión comunista acerca del Centenario en una severa conferencia dictada en Rengo el 3 de septiembre:

“La verdad es que en cien años de vida republicana se constata el progreso paralelo de dos circunstancias: el progreso económico de la burguesía (y) el progreso de los crímenes y de los vicios en toda la sociedad… I si a los cien años de vida republicana, democrática y progresista, como se le quiere llamar, existen estos antros de degeneración, ¿cómo se pretende asociar al pueblo a los regocijos del primer centenario?…

Si hubiera habido progreso moral en la vida social, debió detener el aumento de los conventillos, como se debe detenerlo en lo sucesivo, pero esto ya no se operará por iniciativa especial de la burguesía sino por la acción proletaria que empuja la acción de la sociedad.

La clase media que se recluta entre los obreros más preparados y los empleados, ¿habrá hecho progresos? ¡Recorramos su condición y convenzámonos! Esta clase ha aumentado su número a expensas de los dos extremos sociales. A ella llegan los ricos que se empobrecen y los que logran superarse en la última clase. Esta clase ha ganado un poco en su aspecto social y es la que vive más esclavizada al qué dirán, a la vanidad y con fervientes aspiraciones a las grandezas superfluas y al brillo falso. Debido a estas circunstancias que le han servido de alimento, esta clase ha hecho progresos en sus comodidades y vestuario, ha mejorado sus hábitos sociales, pero a costa de mil sacrificios, en algunos casos; de hechos delictuosos en otros y poco delicados en la mayor parte de los casos…

Nuestro pueblo, religioso y fanático, no tiene hábitos virtuosos y morales. Posee una religión sin moral. El crimen ha sido muchas veces el epílogo doloroso de estos hechos del pueblo. Los pobladores de las cárceles son todos religiosos. Es un hecho entonces que nuestro pueblo posee una religión sin moral, y yo deduzco de aquí que la religión protegida por el Estado y la Sociedad con el fin de moralizar, no ha tenido la fuerza suficiente o la capacidad necesaria para moralizar y lo único que ha conseguido es hacer creyentes o fanáticos de una doctrina teórica, sin práctica moral…

(Por su parte) la acción de los comerciantes, en general, es la acción de la inmoralidad. El progreso rápido del comercio, que es lo que busca el comerciante, esta basado en el engaño, en el fraude, en la falsificación, en el robo, en la explotación más desenfrenada del pobrerío, que es la clientela más numerosa del comerciante inescrupuloso de los barrios pobres.

¿Y a esto. . . también llamaremos progreso? Esto que ha progresado tanto en el transcurso de los últimos cien años, es también digno de asociarle al entusiasmo de las festividades centenarias?…

Digamos la verdad: el bien inmenso que ha producido la República fue la creación y desarrollo de la Burocracia chilena y fue también la posesión de la administración de los intereses nacionales. La Burocracia que goza de esta situación, ella que tiene motivo de regocijo justificado si mira egoístamente su situación. ¡Nosotros no!”

– Finalmente, más ordenadas, aunque no menos interesantes, son las palabras del empresario Agustín Ross, refiriéndose en un ensayo a la situación país en 1910:

“En su base, el país está sano, y fácilmente podría recuperar su solidez financiera, porque produce capitales, si los poderes públicos supieran adoptar las medidas que se requieren. Afirmamos esto, á pesar de los grandes desastres que en los últimos años ha tenido que soportar este país. (Por ejemplo) …el titulado Resurgimiento (y) el terremoto de agosto de 1906…

El terremoto perjudicó al país en muchos millones de pesos, por las destrucciones que causó, pero, como esta tierra es buena y productiva, esos perjuicios van desapareciendo rápidamente. El titulado Resurgimiento de 1904 y 1905 fue mucho más dañino que el terremoto, y sus efectos comerciales fueron peores. Entre esos años se formaron más de 500 sociedades anónimas y compañías, con cerca de 600 millones de pesos de capital. Se fundaron innumerables sociedades sin ninguna base seria. Se crearon sociedades mineras, salitreras, ganaderas, agrícolas, etc., muchas de ellas de mala fe y sin base alguna, lo que indujo á mucha gente incauta á invertir capitales y á comprometerse en empresas ruinosas…”

Segundo acto: ¿Cuándo se jodió la fiesta del Bicentenario?

Y hago la pregunta a propósito del brío inicial con que empezó todo. A mediados de la primera década del siglo XXI el intelectual mejicano Carlos Fuentes escribió profusamente en la prensa internacional que a fines del 2004 conversó en Santiago con el presidente de Chile, Ricardo Lagos… (quién) “me puso al tanto de los preparativos para la celebración del Bicentenario de la Independencia de Chile en el 2010. El Bicentenario -me dijo el presidente chileno- es una tarea nacional, que incumbe al Estado, al sector privado y a las múltiples comunidades en las que se desarrolla nuestra vida… Si señalo estas particularidades del programa chileno, no olvido sus referencias mayores, porque nos conciernen a todos los hispanoamericanos. Se trata de aportar ideas para una discusión abierta y plural sobre la nación que queremos. Se trata de animar la participación ciudadana, crear redes de alianzas para el desarrollo, motivar iniciativas… se trata de reflexionar juntos sobre nuestra trayectoria histórica… se trata de aprovechar la ocasión para proponer un proyecto de nación incluyente y acordado”.

Era un bello sueño el de Fuentes, inspirado y/o compartido por Lagos… pero, ¿qué ocurrió en el camino? Acaso pequeñeces en la manera de entender el protagonismo en la política, acaso ausencia de conciencia histórica y de un sueño-país compartido, acaso miedo al debate, al diálogo y a la participación ciudadana, acaso la simple frivolidad de un pueblo cuya prioridad es pagar las deudas de las muchas tarjetas de crédito que financian las cadenas de su vivir, acaso el costo de un país que igual que su modelo del norte respira al ritmo del cronometro y no al ritmo más pausado del calendario. ¿O todas las anteriores?

Lo cierto es que ese ánimo inicial fue quedando en la vera del camino. (1) Por eso, a sólo un mes de la conmemoración, la fecha poco ha impactado en la conciencia popular, el Bicentenario raramente aparece en los Media (una vez pasada la moda de poner su sello en cualquier programa con aires históricos), y a estas alturas el inevitable carisma marketero de la efeméride con seguridad sólo podrá vestir con más brillo tricolor a una u otra fiesta bien curada que animará el próximo septiembre.

Invito y sugiero al lector, en una suerte de tercer Acto, a ingresar a www.hernandinamarca.cl a la sección Bicentenarias: los ancian@s hablan a la Tribú, en la que, como una manera de contrarestar la ausencia de diálogo, podrán leer o bajar en PDF las re-editadas conversaciones con relevantes chilen@s que sin duda algo nos dicen sobre la vida en el siglo que se va.

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