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Arte y el presente como Historia

La versión original de esta crónica es del año 2003 con ocasión de un seminario de estética en la Universidad de Magallanes.

Si el arte es el latido y la intuición acerca del devenir del mundo, obviamente que los afanes artísticos no pueden ser ajenos al ritmo y los tonos con que cambian las conversaciones, la sensibilidad y la mirada humana en un cambio de época histórica.

– Primero, inspirados en la nueva concepción ecológica o antropo-biocéntricadel mundo, las últimas generaciones de artistas, de una manera u otra, suelen hablar desde la sensibilidad ecológica. Los ejemplos artísticos aquí sobran, pues son visibles en todas las artes: audiovisuales, plástica, música, etcétera.

– Segundo, en el actual cambio de época histórica, como en toda transición, los seres humanos vivimos un complejo proceso emocional de pérdida y de encuentro, de desencantamiento y de reencantamiento. En nuestra intimidad, y eso lo expresa muy bien el arte actual, vivimos desgarrados por una pérdida de sentido y un vacío expresado en el desencantamiento con los ya antiguos y hasta ayer firmes valores modernos. En cambio, potencialmente empezamos a participar de un encantamiento con los nuevos valores postmodernos.

La comprensión precedente es fundamental, pues se suele entender al actual vacío y desencantamiento, que es muy real, como una simple moda equívocamente llamada postmoderna, ocultándose así una comprensión más profunda e histórica del sentido de esa emocionalidad desencantada. Digámoslo con total claridad, en rigor el desencantamiento es la emoción que hombres y mujeres del presente están empezando a sentir ante los más preciados valores de la modernidad: nos hemos desencantado de valores como el progreso material ilimitado; nos hemos desencantado de la utopía de la hiperproducción y del consumismo; del ansia ilimitada de dominio y control entre hombre y hombre, entre hombre y mujer, entre padre e hijo; de la idea de explotación de la naturaleza; del etnocentrismo blanco y occidental, etcétera, etcétera. Esa sensibilidad desencantada, al menos en su variante reflexiva, en la actual transición epocal, sería la emoción característica de una postmodernidad desconstructivista; esto es, de aquellos seres hiper-modernos que, hoy desencantados, han desconstruido los más preciados valores de la modernidad.

Pero simultáneamente otros seres, junto con participar de esa misma emocióndesencantada, también nos hemos empezado a encantar con nuevos valores postmodernos, en tanto ellos son radical e implícitamente críticos y a la vez desconstructores de la modernidad. Por ejemplo, nos reencanta y seduce la idea de que lo pequeño y las emociones son hermosas; la conciencia de pertenencia y equilibrio ecológico; el valor de la biodiversidad y de la sociodiversidad; la lógica de la sustentabilidad ambiental, demográfica, social y económica.

En el arte de nuestra época están presentes ambas sensibilidades postmodernas: la desencantada-nihilista y la desencantada de los valores modernos y en simultaneo encantada con los nuevos valores postmodernos.

La primera, por ejemplo, se expresa en la mayoría del actual cine de ciencia-ficción (que a diferencia del ayer moderno ya no nos muestra un futuro auspicioso al estilo Julio Verne, sino que un futuro “no future” y con lluvia ácida) o bien en un cine que lleva de la mano una desconfianza en lo humano y un vacío triste y descarnado como en Belleza Americana, La Celebración, Felicidad, y tantos otros de factura reciente.

La otra sensibilidad, la encantada y constructivista, por ejemplo, se expresa en joyas del cine contemporáneo como El Aroma de la Papaya Verde (cuya cámara se solaza con lo hermoso de lo pequeño, tanto en el mundo como en las emociones, incluidos el sufrimiento y la tristeza), en Atravesando el Universo y también en alguna literatura de ciencia-ficción (la saga Matrix, Star Wars) que exploran en los nuevos desafíos asociados a las innovaciones tecnológicas y las nuevas relaciones humanas en ellas involucradas.

– Tercero, de la uniformización, etnocentrismo y exclusión de la diferencia, tan propia de la modernidad, transitamos hacia una cultura postmoderna de la diversidad y respeto a la diferencia cultural, sexual y étarea. Cuesta asumirlo, pero es un hecho histórico que la modernidad se expandió hacia el mundo aniquilando toda diferencia cultural: el etnocentrismo blanco y occidental dejó una secuela de dolor, exclusión y destrucción cultural en África, Asia y América. Y en su propio seno, en los siglos XVII, XVIII, XIX y hasta bien avanzado el XX, sancionó a la diferencia sexual y a los locos, y excluyó de su derecho a ser persona a los niños, ancianos e incluso a las mujeres.

Precisamente, como vimos antes, la eclosión de los derechos humanos de tercera y cuarta generación (derecho a la diferencia cultural, derechos culturales de la mujer, derecho a la diversidad sexual, derechos del niño, etcétera) vienen revolucionando de manera radical la vida cotidiana y la intimidad de los seres humanos.

En el arte los ejemplos sobre esta transición abundan: el cine gay; el cine étnico; el cine de género; la música fusión de estilos occidentales, orientales, étnicos; el pastiche postmoderno, etcétera.

– Cuarto, a partir del siglo XX, la ciencia postmoderna (la física cuántica, la química y física no lineal, la astrofísica y la biología de sistemas, entre otras) ha empezado a comprender el mundo, en un proceso complejo y fecundo, sobre la base de la metáfora de la red.

En el cine, por ejemplo, el último clásico entre los clásicos en esta línea del pensamiento en red, es, sin duda, Matrix, con su mezcla de alta tecnología, ecos místicos y literalmente con la especie humana enredada en la red de la vida, virtual y real. Pero cada vez hay más, son los ojos de quienes miran quienes deben asombrarse ante sus ecos.

Y quinto, también como vimos recién, una transformación sustantiva acaece en lo que podríamos llamar el espíritu dinámico de la sensibilidad humana en una época histórica. La época moderna fue inspirada por el espíritu del cambio por el cambio, por un pasar a rajatabla sobre las tradiciones, en fin, por la unilateral lógica del progreso. Hoy, sin embargo, lo nuevo es la sabiduría que asume reflexivamente, en cada caso, que la más profunda innovación es un equilibrio entre memoria y cambio, entre tradición y expansión. De ahí el neo-encantamiento humano con la recuperación de la memoria y del misterio y con la defensa de la tradición de la biodiversidad y de algunas tradiciones humanas como la diversidad cultural y la proximidad entre prójimos –valga la redundancia.

Esta última sensibilidad cruza a múltiples expresiones artísticas. En el cine, por ejemplo, hay una tendencia a hacer cine sobre lo cotidiano, misterioso e intimista. Estoy pensando en películas occidentales tipo Magnolia, con su rescate de tradiciones afectivas cotidianas y de la proximidad humana, ya sea por presencia o ausencia; en films que sobrecogen con el misterio como los que hace en la meca de la industria del cine (en Hollywood) el director indo-americano M. Night Shyamalan, entre otros; en la neofilmografía china con títulos como La Ducha, Otoño, invierno, primavera, verano, que exploran críticamente en el impacto de la modernización occidental en el corazón de las tradiciones chinas y es lo que hacen en última instancia las grandes sagas de nuestro tiempo: El señor de los anillos, por ejemplo.

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