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De Sudafrica… De la amistad en las tribunas y de Maradona

Bendito mundial. Hasta hora poca fiesta en el fútbol, salvo algún encanto en ArgenMessi y en AlemaOzeil, el resto: aún escaso talento. Pero, confianza, ya vendrán tiempos mejores en el rectángulo destinado a celebrar a los magos del balón. Por ahora sólo comentar dos cosas que si me han impactado, la primera en las tribunas y segundo las inspiradas palabras del siempre Principe Francescoli. Vamos por parte.


Me he emocionado al ver en las tribunas de Sudafrica, cuando juega el equipo local, a hinchas blancos y de color codo a codo, eufóricos y alegres, gritando por su escuadra amarilla. Tal vez alguno ahora mismo se preguntará y por qué la emoción, si eso hacen los hinchas. Pero no pocos recordarán conmigo que hasta hace apenas 25 años, sino menos, el odio del Apharteid –la más violenta e institucional división racial- aún sacudía al país africano y avergonzaba al mundo democrático. El Apartheid tal vez fue el último horror del siglo XX, un siglo de horrores. Hay algunos filmes que han recuperado ese periodo con maestria inusual, recuerdo y recomiendo sólo dos, la trágica e iluminada Tsoti y la intensa y serena Atrapa el Fuego. Por eso no puedo dejar de emocionarme cuando veo a hinchas blancos y negros, juntos, muy juntos, animados por una emoción de mutua pertenencia cuando gritan por su aún novel selección de fútbol. De ahí que haya gritado por Sudafrica y me duela la posibilidad que sean tempranamente eliminados, incluso cuando ha sido mi querido Uruguay el autor de esa amenaza, luego de su triunfo merecido ante los ingenuos jugadores del sureño país de ese bello y profundo continente. En fin, me emociona lo que uno racionalmente sabe (el Apartheid ya no es), pero siempre es lindo verlo en vivo y en directo en la TV: me refiero a la reciente amistad civica en Sudafrica.

Lo de Francescoli es más simple, aunque profundo en el actual reino de los sobrevalorados entrenadores que creen saberlo todo (y aclaro para no ser mal entendido que no hablo de Bielsa, sino de los Queiroz de este mundo), que han adquirido un protagonismo tonto, obviamente azuzado por una pleyade de periodistas deportivas que en las últimas décadas han querido justificar su paso por la U pontificando sobre lo humano y divino y tratando de complejizar con tacticas y otras leseras un fútbol que, sabemos, es talento, pasión, diversión, plasticidad física y energía de once individuos contra once, animados por un sentido de equipo.

Los periodistas deportivos de antes, no de la U sino que de la escuela de la cancha y de la noche, eran nada de pretenciosos y si grandes plumas (en Chile el gran Jota Eme fue la última joya). A ellos añoro.

Y los entrenadores de antes eran más sencillos, si, menos Hugo Boss; pero eran más relevantes y grandes motivadores como maestros del corazón y la mente. Ellos sólo hacían equipos en los que simplemente jugaban los mejores. Recordemos que en el más dotado equipo de selección de la historia, Brasil 70, jugaron en cada uno de los puestos de su temida delantera, cinco astros que en sus respectivos equipos jugaban de armadores, de 8 ó 10, y nadie, pero nadie, en su momento dijo que eso no era táctico, que Jairziño, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelinho, del 7 al 11, no podían jugar juntos pues todos eran técnicos y centrocampistas ofensivos. Y en los análisis de terceros nadie se perdía: jugaban los jugadores. A esos entrenadores y esa verdad añoro.

Pues bien, eso fue lo que nos recordó lúcidamente Francescoli a propósito de la escuadra Argentina y de Maradona. Fastidiado dijo el Principe –cuyo apodo lo ganó por su garbo a la hora de jugar al fútbol- algo más o menos así: “Dejen de molestar, de hablar y exigir a Maradona. Si la única verdad absoluta en el fútbol es que este lo juegan los jugadores, y eso sin duda que lo sabe quién ha sido el más grande jugador de fútbol”. Fuerte y claro.

Los destinatarios de sus palabras eran los pedantes del periodismo deportivo y de la calle que le dan y dan a Maradona, le exigen táctica, hablan que no aporta nada, que no hace el equipo, que bla, bla, bla, mil tonteras. Olvidan que juegan los jugadores de la Argentina de hoy y que el Pibe de Oro sólo los arenga desde la emoción que a los atletas les produce estar riendo al lado del a la fecha más grande jugador de la historia. Por eso, sólo por eso, porque se han juntado un grupo de buenos jugadores –con dos troncos incluidos- y el más exquisito jugador del presente fútbol, Messi, y todos animados por la energía Maradoniana, es que gritaré por Argentina para campeón.

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