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El inocente beso que causó la ira de “Dios” en el Vaticano

El viernes 14 de mayo del 2010, junto a mi mujer e hijos nos tocó vivir una anécdota en plena Plaza San Pedro, en el Vaticano. La experiencia me ha inspirado a escribir estas breves reflexiones sobre la profundidad ética e histórica de la actual crisis de la Iglesia Católica.

En una Roma atiborrada de turistas, resignados, avanzábamos lentamente en una larga fila para ingresar a la imponente Catedral, que nos recuerda el poder terrenal que alguna vez tuvo la Iglesia. Ya sea por la telúrica belleza de la mañana primaveral o las perfectas formas arquitectónicas creadas por artistas ayer inmersos en la emoción mística del re-ligare, el hecho es que ante tanta magnificencia, historia y belleza, estábamos felices. Reían nuestros pequeños hijos y nosotros, muy a tono con la vivencia, en un cariñoso gesto de pareja simplemente nos dimos un delicado beso.

La sorpresa mayúscula fue que en el segundo mismo del efímero beso, un nativo europeo de unos 60 años irrumpió entre nosotros. Primero, con su mano erguida, corrió hacia atrás a Patricia y luego a mí me dio un leve golpe en el mentón, murmurando algo que en primera instancia no entendí. Plop. Como Condorito exigíamos una explicación. Todos: Patricia y yo, nuestros hijos y los turistas del entorno, consternados por la violencia fanática del gesto agresor.

A poca distancia el hombre permaneció mirándonos, alterado y nervioso. Fui entonces hacia él y lacónico lo interpelé: “por qué nos golpea”. Me respondió algo así como “rispeto, más rispeto”. “Por favor –le argumenté-, que iracundia la suya, acaso usted no sabe que el beso en una pareja es sólo una demostración de amor y respeto, precisamente los valores que hace ya largos años nos enseñara Cristo”.

Ese fue nuestro diálogo, si se puede llamar así a una suerte de monosílabo en italiano y a unas frases en español dichas al viento. El italiano se fue raudo, ensimismado, y yo volví a la fila para avanzar hacia el Templo, claro que ahora impactado por la emoción de la intolerancia y por la ceguera ante las sensaciones del cuerpo. Una y otra tesituras del agresor católico, las mismas que han estado en la base de tantos crímenes de la Iglesia en la deriva humana.

He narrado aquí esta anécdota muy personal, pues la considero una suerte de alegoría de la actual crisis de credibilidad y proyección que vive la Iglesia.

En efecto, la ira del italiano agresor ante un leve beso representa la ceguera de una Iglesia que se ha negado a asumir la energía y pasión de los cuerpos, queriendo siempre reprimir, castigar, negar o arrinconar las sensaciones de la carne. Sin éxito, obviamente, pues somos espíritu y naturaleza, somos mente, alma y cuerpo, somos una Naturaleza o un Kosmos,una unidad de materia y espíritu, de forma y vacuidad. Por esa ceguera, la Iglesia ha perseguido todo gesto que considera indigno entre los cuerpos. De ahí que el dulce y efímero beso a mi amada fuera un pecado a los autoritarios ojos del pacato católico. También por eso, en su propio seno, la Iglesia ha intentado prohibir la expresión de cualquier deseo carnal. De ahí la abstinencia sexual entre sacerdotes y monjas. El resultado esta a la vista: la Iglesia se desmorona en los televisores del mundo debido a la seguidilla de denuncias de conductas sexuales, ya sean heteros u homos, no pocas derechamente ilegales, entre tantos sacerdotes que ayer y siempre han caído rendidos ante la fuerza incontrolable de la carne. Más aún, cuando han sido debilitados por la letanía castradora del pecado.

La acción castigadora del católico italiano, además, representa la rigidez e intolerancia que ha sido siempre común a toda institución en crisis. Ese mismo día, luego de la anécdota, con mi mujer comentamos lo intenso de la alegoría. Un pacato, en pleno Vaticano, sale en defensa de la “moral” abstracta de la Iglesia, probablemente dolido ante la debacle ética de algunos  príncipes de su Iglesia, acusados de practicar la pasión prohibida de la carne. Con su gesto intolerante, él, desamparado, solo atinaba a castigar el corporal contacto de los labios que hicimos ante sus ojos y los de Dios. Es que suele ocurrir que en estas crisis agudas y/o terminales las instituciones asuman dos posibles reacciones. Por un lado, cerrar los ojos ante la vergüenza y/o, vía amenazas, no tolerar en los otros lo que ellos consideran el pecado. Por otro, abrir la institución a cambios radicales, dejando que por puertas y ventanas entren los vientos frescos de la renovación. O curiosos, y muchas veces ineficientes, híbridos entre ambas.

Ejemplos de una u otra de esas actitudes abundan en la Historia. Tal vez emulando la primera reacción de la propia Iglesia ante lo que antaño fue la crisis- amenaza del reformismo Protestante (1); hoy el italiano agresor y plebeyo, inspirado por el actual Papa y mucha de la jerarquía autoritaria y conservadora de la Iglesia, han optado por la ira intolerante, por una defensa ciega e irreflexiva del pasado, atrincherados en el celibato y en el machismo, en prácticas autoritarias.

En ese marco, que Benedicto XVI, el lunes 17 de mayo, dos días después de que el fanático católico nos agrediera por besarnos ante “los ojos” de San Pedro, haya recibido en el Vaticano al presidente de Bolivia, Evo Morales, quién mediante una carta le pidió la abolición del celibato, el acceso de la mujer al sacerdocio y la democratización de la estructura clerical, más allá de una actitud que retrata a Evo en toda su grandeza de cristiano de base, en rigor, debería tener poco o ningún impacto real.

Si bien, las palabras de Evo fueron muy asertivas: “queríamos proponer muy respetuosamente al Papa la necesidad de superar la crisis de la Iglesia, que está herida y en pecado… (pues la Iglesia) no tiene que negar una parte fundamental de nuestra naturaleza como seres humanos y debe abolir el celibato…”, en los hechos hay pocos indicios de que sus palabras sean escuchadas por la actual jerarquía, ya que ésta desde hace años no ha sido receptiva a lo que ya le han dicho una y otra vez los mejores en su propio seno.

Desde los años sesenta del siglo XX, notable intelectuales y sacerdotes cristianos, de todos los continentes, han venido exigiendo a su Iglesia una renovación. De hecho, el Concilio Vaticano II, que la remeció históricamente, sacó a los curas las sotanas, los llevó a las calles e impulsó a los teólogos a repensar los nuevos desafíos culturales de la postmodernidad (escribo pos en el sentido de ser desafíos que irían pautando una ruptura con lo que habían sido valores dominantes en la época moderna).

Un ejemplo de esta crítica y autocrítica radical fue la magnifica obra del teólogo uruguayo Luis Pérez Aguirre, quién en el libro “La Iglesia Increíble: materias pendientes para su Tercer Milenio”, sintetizó las interpelaciones que el mundo actual ha hecho a la Iglesia pos Concilio II.

Según Pérez Aguirre, la Iglesia para ser creíble debía asumir 4 nuevas interpelaciones culturales. Uno, la interpelación desde el cuerpo, afirmando que una espiritualidad integral significaba para la Iglesia integrar a la sexualidad y sensualidad en todas sus expresiones; dos, la interpelación desde los pobres, que era la interpelación de un vivir justo y comunitario; tres, la interpelación desde la mujer, superando su arcaica misoginia y tono patriarcal; y cuatro, la interpelación desde la naturaleza, asumiendo la ecología.

Sabemos que esas interpelaciones a la Iglesia no han sido muy escuchadas por el actual poder jerárquico. Sabemos que la reacción conservadora pos-concilio fue intensa y, pese a la expansión cultural de las interpelaciones, en las últimas décadas la tónica ha sido el silencio o bien respuestas tímidas.

Por esos signos de cerrazón en la jerarquía, por esa ceguera ante las interpelaciones del cuerpo, de la naturaleza y de la mujer, por la gravedad ética de la actual crisis y por la creciente distancia de la gente ante la institución, cada vez más parece más difícil que transite por un camino de recuperación de su influencia en el mundo. Si bien, la historia de la Iglesia, como la Historia, una vez más, está abierta, 

De continuar así las cosas, lo más probable es que, tal como en la alegoría de la anécdota narrada al principio de esta crónica, el destino de la Iglesia sea como la del católico agresor en el Vaticano: una suma de gestos torpes que la terminaran alejando cada vez más de la emoción integral de lo humano.

En nuestra vivencia: que justo en el corazón y cabeza de esta sacra y añosa institución, en San Pedro, nos hayamos ido a encontrar con un brutal exponente de la raíz más conservadora y violenta del catolicismo reaccionario, fue lisa y llanamente para evocarnos la ceguera de la actual jerarquía de la Iglesia, su autoritario malestar ante el real amor humano, la fanática intolerancia e incoherencia que algunos en su seno pueden llegar a asumir. En ese sentido, el único desafío para la Iglesia, en la alegoría aquí narrada, es precisamente aquel: conectarse con el mundo, superar su intolerancia.

Y si realmente quiere hacerlo deberá acudir al lado luminoso también presente en su propia historia. A la energía mística que aún hoy uno puede sentir en la tranquilidad y silencio de sus grandes templos. Al dolor y vergüenza sincera de la buena grey ante sus excesos. A los nobles intentos de curas abiertos y sabios (pienso en Leonardo Boff, por ejemplo),  que parecen condenados a la insignificancia de continuar la hegemonía de esta emoción castigadora, negadora y anacrónica.

NOTAS

1) Recordemos que solo varias décadas después del Cisma en el mundo cristiano, a inicios de la época moderna, causado por Lutero y Calvino, recién vino la Contra-reforma católica para incorporar tímidamente algunos cambios reivindicados por el protentastismo. en los primeros años y décadas, e igual que ahora, la actitud básica fue atrincherarse en la defensa de lo viejo.

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