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Hortensia Bussi: “Las flores de Salvador”

En 1994-1995, ya no recuerdo, tuve la buena idea de conversar con muchos viejos – sabios, entre ellos la señora Tencha, que ya se empinaba sobre los ochenta y tantos, aunque conservaba una lúcidez única. El proyecto que me animaba era dialogar con hombres y mujeres chilenos que habían vivido gran parte del siglo 20 e imaginaban el siglo 21. El resultado fue un libro muy querido: Bolero de Almas, conversaciones de fin de siglo con Viejos Sabios. Hoy, en homenaje a la dama anciana que recién ha viajado hacia el misterio, resproduzco esta entrevista.

 

Hortensia Bussi: “Las flores de Salvador”

Por Hernán Dinamarca

Sorprende su temple y su lucidez y sencillez, tras ese físico de mujer cuidada y pequeña. Ella ha vivido cosas nada fáciles y, pese a todo, contagia con su energía. Recuerda a Salvador Allende, su esposo, con particular afecto y tiene la más íntima certeza de que ha hecho sólo lo que tenía que hacer.

 

– Usted es profesora de Historia. ¿Por qué no ejerció la docencia?

– Hice 2 reemplazos. Después entré a trabajar como bibliotecaria del Instituto de Estadística.

– No habrá sido profesora de historia, pero, paradojalmente, ha sido una protagonista de la historia chilena de este siglo.

– ¿Protagonista? No me siento para nada protagonista.

– Bueno, se ha visto obligada a serlo.

– He hecho sólo lo que correspondía hacer.

– Lo que quiero decirle es que hasta 1973 Hortensia Bussi era la esposa del Presidente. Pero con la muerte de Allende asumió un protagonismo la mujer que comienza a ser portavoz y símbolo de una compleja situación chilena, tratando de dar una explicación al mundo. ¿Cómo vivió ese desafío?

– Me absorbió casi todo el tiempo con un gran descuido para mi familia. Eso siempre me ha pesado mucho. Viajaba demasiado: por lo menos 4 veces al año abandonaba México para ir a Europa, a Estados Unidos, a Canadá, a Asia, a África. Era un acontecimiento tras otro. Por ejemplo, recuerdo que estaba en Italia, en Pisa, promoviendo el retorno de la democracia en Chile, cuando mi hija me llama y me dice: ¿qué haces en Italia?, han asesinado a Letelier. De inmediato tomar sola un avión, desde Florencia a Roma, ahí correr al consulado de Estados Unidos a conseguir una visa, tomar otro avión a Washington para llegar al funeral y encontrarme en ese tremendo drama, sin entender nada. A uno no le cabía en la cabeza un asesinato que sabíamos era ordenado desde Chile. Eran muchas cosas. Siento no haber tenido más tiempo para dedicarme a los hijos y a los nietos. Cuando murió mi hija Taty -Beatriz- fue muy duro. Me lamentaba a mí misma: «si quizás le hubiera dedicado más tiempo, ella no se habría sentido tan sola».

– Ha sido duro.

– Bastante. Son momentos muy difíciles. Por eso rehúyo las entrevistas, no las doy fácilmente.

– Pese a los dolores que ha vivido, todos quienes la conocen admiran su gran fortaleza, dignidad y tino para llevar su importante rol. ¿Es un sentido de responsabilidad?

– Usted comprenderá que de la noche a la mañana, un 11 de septiembre, perdí a mi marido, el Presidente de Chile, al amigo, al padre de mis hijas, al esposo. Quedé viuda, no estaba acostumbrada a vivir sola, llegué a otro país, debía empezar todo de nuevo y asumir responsabilidades a las que no estaba acostumbrada. El mismo día que llegué a México, el 16 de septiembre, a la bajada del avión me esperaba el Presidente de México y su esposa, el gabinete ministerial, el poder judicial, el Congreso, todos vestidos de negro, y me dicen que hay inmediatamente una conferencia de prensa. Pero no estaba en condiciones de darla, había viajado toda la noche sin dormir, venía con un traje grueso de color, ya que había salido de Tomas Moro con lo puesto, entonces me daba vergüenza bajarme del avión, y Hugo Vigorena, nuestro ex embajador, me dijo: ¡tienes que bajarte, pues Tencha! Te están esperando, no te puedes quedar aquí en el avión. Ahí estaba la prensa de todo el mundo que querían saber del golpe. Fue terrible.

– En esos primeros días una de las grandes inquietudes de la prensa internacional era si Allende se había suicidado o no. ¿Cuál era su opinión?

– Al principio creía que lo habían asesinado, sólo después conocimos la verdad. Imagínese que el 12 de septiembre en sus funerales anónimos en el cementerio de Santa Inés, en Viña del Mar, ni siquiera había una lápida. No podía saber nada. 17 años después, en el impresionante y hermoso traslado de sus restos a Santiago, el 4 de septiembre de 1990, en el Gobierno de Aylwin, les dije a mis hijas: «necesito saber a quién estamos enterrando, quiero tener la certeza». Ahí varios médicos, que habían sido amigos de Salvador, se trasladaron a Viña y le hicieron una autopsia. Recién entonces quedé con la tranquilidad de que realmente los restos correspondían a los de él, porque hasta esa duda tenía.

– En lo personal, siendo tan cercana a Salvador Allende, ¿no intuía que él, en un momento tan clave en la vida de un político, se suicidaría?

– El lo había dicho en el Estadio Nacional. Bueno, no quiero hablar de eso.

– ¿Cuándo conoció a Salvador Allende?

– La noche del terremoto de Chillán, el 25 de enero de 1931.

– ¡La noche de un terremoto! Es romántico.

– Parece un cuento. Yo estaba en el cine Santa Lucía y vino ese remezón seco que duró mucho. Por supuesto que arrancamos del cine. A la salida había como una explanada, una vereda ancha, y venía un grupo avanzando por la Alameda, caminando rápido. Ahí Manuel Mandujano me presentó a Salvador. El venía arrancando del edificio de la masonería. Mire lo que es el destino. Me dijo que era un edificio viejo y había tenido temor de que se derrumbara. Salvador siempre le tuvo pánico a los temblores. De ahí nos fuimos a un café en la calle Tenderini, frente al Teatro Municipal. Ahí empezamos a conversar, a preguntarnos dónde habría sido el epicentro. No sé por qué, tal vez porque él venía de la masonería, le pregunté si era masón, y me respondió que sí. Entonces le dije escandalizada, riéndome, que cómo podía ser masón un hombre a mitad del siglo 20, que me parecía…

– Fuera de época.

– Claro. Le dije que yo entendía el rol que había jugado la masonería en la Independencia, que los grandes héroes, Bernardo O’Higgins, San Martín, Bolívar, todos, habían sido masones, pero que ahora no lo podía entender. El me explicó que su abuelo, por el cual tenía una gran admiración, don Ramón Allende Padín, había sido masón y por sobre todo un hombre muy generoso. Salvador tenía una deuda de gratitud con él. Entonces le dije: «bueno, nunca más voy a preguntarte por qué eres masón».

– ¿Qué edades tenían ustedes?

– El era Ministro de Salud de don Pedro Aguirre Cerda, tenía 30 o 31 años, una cosa así. Yo, 25.

– ¡Qué entretenido!, el primer encuentro fue con una discusión simpática. A él le debe haber interesado, porque fue un comentario muy inteligente y crítico el suyo. Además, es cierto, era extraño que Salvador Allende, un socialista, mantuviera esa relación de pertenencia a la masonería. Incluso era una de las explicaciones que muchas veces debía dar.

– El nunca aceptó que se lo cuestionara por eso. Siempre el Partido Socialista le respetó su decisión.

– No debe haber sido fácil vivir con una persona que tenía un compromiso tan intenso con la política.

– La política fue lo dominante en nuestra vida. Salvador siempre fue candidato. Fue 4 veces senador. Después, sus campañas presidenciales. Entonces, siempre vivíamos en campaña. Claro que fue muy buen papá, muy cariñoso y juguetón, le gustaba jugar a las escondidas con nuestras hijas. Pese a ser médico, se alarmaba mucho cuando se enfermaban. A ellas les inculcó la educación y las tres fueron profesionales. Antes la educación era gratuita, no se cometía el error de ahora que hay que pagarla. ¡Por favor! ¿Cuántos talentos se perderán por no acceder a una buena educación? No sé. Salvador siempre tuvo tiempo para conversar con ellas, llevarlas a los partidos de fútbol, pero la política y la vida intelectual fue el ambiente predominante en nuestra casa.

– ¿Era feliz como político?

– Plenamente. El sentía que estaba cumpliendo un rol: enseñar a la gente cuáles eran sus derechos. Había tantos atropellos. Por ejemplo, me acuerdo de un viaje que hicimos a Sewell, junto a Elías Lafertte, en un trencito de trocha angosta que partía de Rancagua y que subía lentamente. Nunca voy a olvidar que Sewell parecía un lugar de pesadilla, como en esas novelas de Dostoiewsky. ¡Cómo dormían los mineros en esa época! En camarotes sucios y estrechos dormían por turnos de cama caliente, como se llamaban. Mientras un turno trabajaba, el otro descansaba. La única entretención que tenían era la rayuela. Así era El Teniente en esa época. El había recorrido todos los lugares de Chile, el campo, las caletas de pescadores, las aldeas. Entonces Salvador se sentía abriendo un camino a esta gente, quería abrir sus mentes, explicarles que tenían derecho no sólo al trabajo sino a una vida más digna.

– La vida política a veces es muy tensa. Salvador Allende fue 4 veces candidato a presidente de la República, vivió 3 derrotas. Tuvo problemas con el Partido Socialista en innumerables ocasiones. ¿Esos grandes problemas y derrotas no las llevaba a la casa?

– No los traslucía mucho. Nunca sentí a Salvador muy derrotado. No sé de dónde sacaba esa fortaleza para sacar nueva fuerza y volver a ser candidato. Siempre superaba los tropiezos. Su ejemplo me ha dado ánimo para hablarles a algunos amigos queridos. Cuando Ricardo Lagos perdió injustamente la senaduría, porque tenía más votos que Jaime Guzmán; esa noche lo vi tan decaído que le dije: «no olvides que Salvador sufrió varias derrotas en su vida, pero nunca se sintió derrotado».

– Debe haber sido un hombre muy optimista.

– Tenía mucho sentido del humor. Era muy carismático. Atraía a la gente. No tenía nada de guapo, era un hombre corriente, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, pero facciones fuertes, nariz prominente. Era cariñoso, cordial y con un gran respeto por el ser humano.

– Y un gran orador.

– ¡Ah, sí!

– ¿A usted la encantó con sus palabras?

– Más que todo con las anécdotas. Tenía un poder para recordar. Sabía contar muy bien las cosas, a la gente la tenía en un hilo.

– ¿Nunca ha sentido una especie de reproche, disculpe la expresión, pero, no ha sentido un enojo íntimo por su suicidio?

– Lo entiendo perfectamente. Ningún reproche, ninguno. A él lo habrían igual asesinado. También discrepo de los que dicen que el suicidio no es un acto de valentía. Además, un suicidio con ese hermoso mensaje. ¿Ha visto mensaje más poético y más profético que el que dejó?

– ¿Por qué profético?

– Cuando él en su discurso final dijo: «más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas para que pase el hombre libre y empiece a construir…»

– Pero estamos a 23 años del golpe militar y de esa frase, y aún estamos alicaídos.

– Hay una democracia, aunque limitada, con censura y autocensura, pero nadie puede decir que en este momento se violan los derechos humanos, que sale al exilio, que ha sido torturado.

– El 11 de septiembre de 1973 aún es una fecha que divide.

– Sí. Mientras sea feriado será una fecha que divida a los chilenos. Estamos igual que en un campo de batalla, cada uno celebrando o recordando a su manera; entonces, si hay una herida abierta tiene que haber este enfrentamiento.

– La herida de la guerra civil de 1891, en el Gobierno de José Manuel Balmaceda, fue tanto o más intensa que el conflicto de 1973. Sin embargo, la guerra de 1891 hoy no interpela a nadie. Entonces, haciendo una comparación histórica, ¿no podría ocurrir lo mismo con la fecha de 1973? ¿Que las generaciones futuras ya no se dividirán? ¿Que sobrevendrá un inevitable manto de olvido con el paso del tiempo?

– No. Mientras no se sepa si los presos políticos desaparecidos fueron enterrados, echados al mar o si están en el desierto. ¿Por qué no ser más generosos? Hacer un gesto, no sólo de perdón, sinodecir algo. Ahí está esa tremenda muralla en el cementerio, esa piedra inmensa recordando los nombres de los desaparecidos. Jamás van a ser olvidados. ¿No ve que todo el tiempo se está recordando a los muertos? Es tan larga la lista nuestra.

– El argumento del 73 a la fecha, de los gestores del golpe militar, ha sido que hubo guerra, y que ésta fue generada por aquellos que estaban en el poder durante la Unidad Popular. ¿En lo íntimo no ha sentido alguna responsabilidad?

– ¿Por qué voy a aceptar la versión de la Junta Militar? La rechazo. ¿Por qué vamos a aceptar las mentiras acerca de los 11 mil o 15 mil soldados cubanos que habrían estado en Chile? ¿Qué se hicieron? ¿El 12 de septiembre se esfumaron? Nadie se volatiliza. Mentiras.

– ¿En lo ético no tiene ninguna duda respecto a la legitimidad de lo que hizo la Unidad Popular?

– Se cometieron errores. ¿Pero hasta cuándo? Si el Partido Socialista lo ha explicado: ha asumido las intransigencias, que el Gobierno de la Unidad Popular necesitaba una base más amplia, un entendimiento mayor con la Democracia Cristiana.

– ¿Qué opina de Pinochet?

– No voy a hablar de él. Siento un profundo desprecio y punto.

– ¿Hubo mucha violencia en su casa de Tomás Moro la mañana del 11 de septiembre?

– Fue terrible. Caían las bombas en el jardín, en la terraza, todo era un estruendo de vidrios. Carlos Bello, uno de los chóferes de La Moneda, me dijo: «Señora Tencha, salgamos de aquí». ¿Pero adónde vamos? Pensé. «Vamos a la casa de algún amigo, de alguien. Aquí vamos a morir; puedo acercar el auto lo más posible», insistía, mientras se escuchaban los ladridos de los perros tan regalones de Salvador. Salí de ahí de Tomás Moro con lo puesto. Mi primer pensamiento fue ir a la casa de Hugo Miranda, que vivía en Pedro de Valdivia Norte, pero me acordé que él vivía al frente de este médico que fue asesinado, el director de Investigaciones, Eduardo Paredes. Así que no, la casa de él ya debía estar allanada. El chofer, entretanto, me decía: «pero señora Tencha, dónde vamos». Lléveme a la casa de Felipe Herrera. Fue un chispazo, el más inteligente, porque elegí una personalidad que todo el mundo sabía que estaba muy enfermo. A él no le van a ir a registrar la casa, ahí me puedo refugiar. Por la radio del auto se escuchaban los bandos y los nombres de las personas a quienes se les perseguía. Al llegar, le dije al chofer: «bájese, toque el timbre, pregúntele si me puede recibir». Y ahí estaba Felipe Herrera, de pie, en la puerta, apoyado en un bastón con su esposa, con Inés Gómez. Ahí me refugié ese día.

– ¿Cuándo fue la última vez que usted habló con Salvador Allende?

– Esa misma mañana, un cuarto para las 8.

– ¿La llamó él?

– Sí. Me dijo que permaneciera tranquila en Tomás Moro, que llamara a mis hijas y a mis nietas. Después supe por mis hijas, Carmen Paz y Beatriz, que él estaba muy amargado al saber que yo estaba sola, soportando mientras bombardeaban.

– Es sorprendente esa soledad.

– Al día siguiente recibí instrucciones telefónicas de que tenía que dirigirme al Hospital Militar. No sé cómo se enteraron que estaba ahí, porque no telefoneé a nadie. Y yo tan ilusa, no sé cómo calificarme, fui al Hospital Militar con mi sobrino Eduardo Grove Allende. Pensé: «Salvador está herido». En la puerta del hospital se me acercó un militar y me dijo: «mi más sentido pésame, señora». Así, de una manera brutal. «Quiero entrar», le pedí. «No, usted se va a ir directamente de aquí a la base de los Cerrillos y va a tomar un helicóptero que la va a trasladar a Viña», fue la orden. «Pero, no tengo salvoconducto -había toque de queda-, nos van a detener». «No importa, debe ir a los Cerrillos», fue categórico.

– Fue sin protección.

– No. Nos pararon varias veces en la Alameda. Era una ciudad desolada, un silencio impresionante.

– ¿Y los pararon los militares?

– Les explicaba que estaba citada a los Cerrillos y nos dejaban pasar. Cuando llegué a la base de los Cerrillos, por suerte estaba Roberto Sánchez, un edecán de la Fuerza Aérea, que tenía un inmenso cariño, respeto y admiración por Salvador. Nos abrazamos llorando. A él le pedí hablar por teléfono con mis hijas. Por primera vez pude hablar con ellas, le pedí a mi hija Taty que me acompañara a Viña a enterrar a su padre. ¿Cómo vamos a ir mamá, si no tenemos salvoconducto», me respondió desde la embajada? Sollozando subí a un avión chiquito, sin asientos, sólo conhileras de bancas en las orillas. Primero me registraron. Traté de conversar con el comandante Sánchez, le pregunté: ¿adónde nos llevan? «Vamos a Quinteros y después por tierra seguimos a Viña del Mar. Al medio del avión había un gran féretro cubierto con una manta boliviana.

– ¿El cadáver lo llevaban en el avión?

– Estaba ahí. Era el 12 de septiembre, habían tenido tiempo de hacer todo esto. Al frente tenía a una Laurita Allende muda y a otro sobrino, Patricio Grove Allende. Cuando llegamos me dolió la ironía, ya que era una mañana de septiembre gloriosa, un sol de primavera, un silencio, las calles desiertas, las ventanas herméticamente cerradas. Sólo pasaban estos 3 vehículos: en uno llevaban la urna de Salvador, en otro a la Laurita y en un tercero iba yo. No sé si iban escoltas. Al llegar a Santa Inés, al sacar la urna, la abrí y había como un vidrio y se veía una tela blanca. Alcancé a levantar el brazo para romper el vidrio y me detienen la mano. Ahí lo cerraron.

– ¿No lo vio?

– No sé si era el rostro de Salvador. No sé, porque no me dejaron ver. Seguimos en esa caravana silenciosa en un cementerio rodeado de soldados con metralletas arriba de las tumbas. Se me hizo eterna la caminata hasta el lugar donde lo enterrarían. Ahí nos esperaban varios marinos y algunas autoridades de Valparaíso.

– ¿Habían altos oficiales?

– Sí. Recuerdo que recogí florcitas de otras tumbas y cuando empezaron a descender la urna de Salvador se las tiré y traté de decir lo más fuerte que podía: «sepan ustedes que aquí estamos enterrando a Salvador Allende, Presidente de Chile. Está siendo enterrado en forma anónima; pero les pido a quienes trabajan en el cementerio, a los jardineros, a los cuidadores, que lo cuenten en sus casas para que nunca le falten flores a Salvador». Después me acerqué a uno de estos oficiales y le dije: «quiero ir al Cerro Castillo». Me miraron como si hubiese dicho el disparate más grande. Hubo un conciliábulo, se demoraron mucho rato en decidir qué hacer, hasta que la caravana de autos enfiló al Cerro Castillo. Ahí teníamos pertenencias personales. Al llegar, bajé rápidamente y entré a la cocina. Habían varios mozos, porque el Cerro Castillo siempre ha sido atendido por la Armada, entonces les dije: «vengo del cementerio de Santa Inés, de enterrar en forma anónima a Salvador Allende». Me dirigí principalmente al jefe de jardineros: «quiero que nunca le falten flores a Salvador, porque yo no sé cuando voy a poder volver». Luego me entregaron dos bultos grandes con libros, ropas, una poca ropa de Salvador y mía. Con esa pequeña herencia me volví a Santiago.

– ¿La trajeron?

– Sí. Pero nunca, más allá de unos pocos cuadros, me han devuelto nada personal de Salvador, ni un lapicero, ni un reloj, ni una corbata, ni un suéter, ni los álbumes de fotografía que es lo que más echo de menos, nada que regalarle a mis nietos diciéndoles esto fue de su abuelo.

– ¿Todo fue destruido?

– La casa nuestra fue saqueada. Ahí se quedaron los militares. Así que a ellos los hago responsables. Quedé sin nada, desnuda, ésa es la palabra, absolutamente desnuda. Ni los álbumes de fotografías.

– ¿Y hubo flores en la tumba de Salvador Allende?

– Nunca le faltaron flores a Salvador. La gente, cuando me escribía a México, me mandaba a decir que la tumba siempre estaba llena de flores.

– En la calle, en lo cotidiano, cuando vuelve a Chile, ¿ha sentido afecto de la gente?

– Mucho, pero mucho. Recién llegada me decían «bienvenida a su tierra». Detenían los autos en la calle, a veces me llegaban a asustar. Le podría contar mil anécdotas.

– Me gustaría una al menos.

– Bueno. Estaba en Parinacota visitando su pequeña Iglesia y veía que un grupo de jóvenes nos seguía y nos miraba. Hasta que no se aguantan más y se acercan, me quedan mirando y uno me dice: « ¿Usted es la esposa de Salvador Allende?» Sí, le respondí. Ahí, un jovencito de unos 16 años, de uniforme escolar, me dijo: «ese hombre marcó mi vida». A mí me conmovió mucho que fuera tan joven y dijera eso.

– ¿Y no supo por qué se lo decía?

– No. No le pregunté. Pero me demuestra que la memoria de Salvador está en el corazón del pueblo chileno. De eso tengo la más absoluta seguridad.

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