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La emergencia de una nueva economía eco-sustentable

La magnitud de la crisis financiera que desde finales del 2007 e inicios del 2008 sacude al mercado global, ha tenido ecos dramáticos en la economía real: recesiones en varias economías, reducción severa del empleo y cuantiosas pérdidas patrimoniales de moros y cristianos.

Además, como efecto indirecto, en Estados Unidos de América, la crisis, entre otras razones, facilitó la asunción del primer Presidente de color en la historia del gran país del norte, Barack Obama, hecho inimaginable hace algunos pocos años. Y este dato no es trivial, pues más allá de lo que significa como símbolo de apertura y cambio cultural, el hecho es que Obama representa una renovada mirada política, económica y ecológica al mundo actual y a los desafíos inmediatos que impone a la humanidad el cómo salir con sentido de futuro de la mentada crisis.

Tras la ruptura de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, que detonó la crisis financiera global, en el discurso de Obama y de muchos líderes políticos e intelectuales de todo el mundo, se ha empezado a cuestionar con convicción el actual paradigma mundial de crecimiento y desarrollo des-regulado y basado en la premisa de la progresiva industrialización de las economías.
Como se lee, ya no se trata sólo de los críticos contraculturales que desde la rebelde década de los sesenta del siglo pasado venían anunciando el Fin del Crecimiento y la pertinencia de una nueva sociedad ecológica, socialmente justa y culturalmente diversa.

No, ahora son también algunos de los máximos líderes políticos e incluso empresariales quienes afirman que el modelo que recientemente hizo crisis ha fracasado. Más aún, su fracaso amenaza incluso a la propia sustentabilidad de la especie humana en la Tierra, en tanto se ha basado históricamente en una presión siempre creciente sobre el uso y explotación de los recursos naturales, lo que hoy aparece definitivamente como insostenible en el tiempo, siendo urgente asumir medidas regulatorias económicas y tecnológicas que pongan un freno a esa irracionalidad económica (y uso la palabra eco-nomía en su acepción originaria: el buen cuidado o uso de la casa), tal como lo prueba la amenaza vital y radical que es el actual Cambio Climático causada por presiones antrópicas.

Para no pocos de estos nuevos líderes con conciencia planetaria, del norte y el sur del mundo, la superación de la actual crisis económica es una oportunidad para la búsqueda de soluciones que sean ecológicamente sustentables. Hoy la magnitud y evidencia del deterioro ambiental no permite replicar el absurdo e irresponsable argumento tan usado en el pasado a nivel de los Estados nacionales (“desarrollémonos primero y luego nos preocupamos del medio ambiente”), sino que ellos ven en esta crisis una oportunidad para cambiar la mirada cultural y las conductas que nos llevaron al actual descalabro financiero, económico y ambiental.

Según la prestigiosa World Wildlife Foundation (WWF), ya hacia finales del siglo XX estábamos consumiendo alrededor de un 25% más de los recursos del planeta que éramos capaces de reponer; reduciendo así la disponibilidad total de recursos en nuestro único hogar. En ese marco, la actual crisis ha sido vista también como un desafío para enmendar el rumbo en nuestra relación con la naturaleza. Con ese norte, es clave que las nuevas políticas de recuperación económica que hoy se necesita implementar consideren como prioridad la preservación de los ecosistemas terrestres, pues salir fortalecidos de la crisis supone no continuar actuando como si no hubiese límite para la explotación de los recursos naturales.

Afortunadamente esta nueva convicción pos crisis entre relevantes líderes mundiales y de muchos pensadores, no empieza desde el “vacío histórico”, sino que hereda el trabajo teórico y las experiencias reales que han venido desarrollándose desde la década del sesenta del siglo pasado, cuando surgieron las primeras voces de alerta sobre la crisis ecológica, entre otras grandes revoluciones culturales y cambios paradigmáticos iniciados en esa prodigiosa década en occidente.

Fin al progreso económico ilimitado

Desde esa década ocurren expansivos, aunque todavía poco perceptibles, cambios en la vida económica. En el actual cambio de época histórica, la nueva mirada cultural (o el nuevo paradigma social emergente, que es posmoderno en el sentido de ir más allá de la matriz paradigmática de la época histórica moderna en occidente), ha venido preparando las condiciones para una reorganización de la producción y reproducción de la vida social, aún incipiente, pero que ya está siendo en la Historia.

La gran mayoría de los cientistas sociales contemporáneos coinciden en afirmar que vivimos un cambio de época histórica: por eso, abunda la bibliografía sobre la sociedad pos-industrial, posmoderna, pos-biológica, en fin, siempre antecedida del prefijo Pos la nueva sociedad planetaria que estaría emergiendo y superando a la ya antigua sociedad moderna occidental. Este cambio histórico conlleva una mutación cultural de inasible complejidad que se expresa en todos los dominios de lo humano: en la relación con la naturaleza; en la vivencia de nuestras emociones y en la relación con nuestros cuerpos; en la relación con el otro diferente, ya sea sexual, etáreo o cultural; en nuestra relación con la tecnología; en la arquitectura; en la relación incluso con la religión institucional y con Dios, de ahí la emergencia de neo-espiritualidades; y obviamente también en la comprensión de la economía y en el vivir económico.

Claro que el cambio en la vida económica, tal vez, es el más difícil y dramático en su devenir y realización. ¿Por qué? Porque atrapa y es muy potente la red económica creada por la modernidad occidental, que terminó por globalizarse en una especie de “Planeta Americano”, donde se quiere vivir al ritmo del Jeans, comiendo Mac pan, navegando desde el PC en el ciber-espacio y tomando Coca Cola. Esa red nos envuelve y nos atenaza con la inercia inclusiva del aparato productivo: una red que es casi un “metabolismo” de producción y reproducción de bienes y servicios, en la que todos, desde nuestras diferencias, aportamos inteligencias y oficios, y también todos, desde cada singularidad, actuamos simultáneamente como productores y consumidores. Esta red es tan poderosa que por lo mismo inhibe las nuevas prácticas a la hora de imaginar cómo podremos reorganizar la economía; sin embargo, igual la economía se mueve y cambia.

Seguir concibiendo esta red como una “máquina” imparable, orientada unilateralmente a dar empleos y ganancias, es la lógica económica que hay que subvertir. Sin duda, se trata de un desafío abrumador e inquietante, aunque inevitable de asumir si queremos darnos continuidad como especie. Los analistas más lúcidos de nuestro presente coinciden en diagnosticar como insostenible al actual sistema económico, dinamizado por la lógica de la competencia, el egoísmo, el lucro y la maximización de la producción y del sobre consumo, características que le hacen intolerable para la biosfera.

(Un paréntesis acerca del sobre-consumo: en el devenir económico de la propia modernidad hubo un movimiento de valores muy singular. En sus orígenes, la burguesía, animada por la ética protestante, enarboló los valores del ahorro y la austeridad, y lo hizo en necesaria coherencia con la fase de acumulación y expansión primitiva del capitalismo. Pero esos valores para la propia burguesía dejaron de ser necesarios una vez que el proceso que ella conducía, la modernidad, fue expandiendo sus fuerzas productivas y su enorme capacidad de acumulación. De ahí que en su fase tardía, la modernización se haya convertido en sinónimo de derroche, de hedonismo y de un consumismo coherente con la sobreproducción y acumulación que caracteriza el fin de la modernidad. En el propio Estados Unidos, país culturalmente aluvional y en extremo creativo, fue donde a inicios del siglo XX esta lógica económica inventó la tarjeta de crédito para incentivar el sobre-consumo, precisamente una creación financiera que, entre otras, salvó al sistema en la crisis económica de los años veinte).

He hecho este paréntesis para destacar que la actual sociedad de consumidores en rigor es el signo más común de la propia modernidad híper-exacerbada. Y en su seno son los nuevos movimientos sociales y la sensibilidad contracultural postmoderna históricamente constructivista quienes quieren recuperar el valor de la austeridad, el valor del autocontrol en el consumo, el reciclaje, la simplicidad voluntaria y el sueño de vivir en una sociedad que se preocupe de la calidad de vida integralmente, del bienser y del bienestar de manera integrada.

Hoy la tan moderna y motivante idea del “progreso económico productivo ilimitado”, cada vez más parece una locura colectiva que sólo está generando destrucción y desesperanza. Reitero: la ya antigua lógica económica moderna, basada en la competitividad entre seres unilateralmente egoístas, en la maximización de la producción, en la búsqueda del lucro y el sobre consumo, todos valores potenciados por una tecno-estructura productiva eficiente y depredadora, se nos ha vuelto una real amenaza y, como si fuéramos aprendices de brujo, “el progreso material” nos tiene al borde del ecocidio.

Los valores económicos que han estado en el centro del corazón y la razón humana durante la modernidad (el egoísmo, la no reciprocidad, el consumismo, la maximización irreflexiva de la producción y la apropiación privada, entre otros), son todos históricamente cercanos en el tiempo y son exclusivos de nuestra cultura occidental. Con una franqueza y simpleza que se agradece, el presidente de la Cámara del Comercio de Lyon, Francia, a mediados del siglo XIX, en pleno patrón colonialista y modernizante hacia el resto del mundo, lo resumió diciendo “civilizar, en el sentido moderno de la palabra, es enseñar a la gente a trabajar para poder comprar, intercambiar y gastar”. Y esa ha sido -y aún es-, la misión económica de la modernidad, “civilizadora” primero en su propio centro y luego en Asia, África y América, con su trágica secuela de etnocidio cultural. Pero, insisto, ése ha sido sólo un singular patrón de comportamiento histórico, el moderno, que hoy llega a su ocaso; luego no es utópico pensar que histórica y necesariamente, producto de sus presiones y riesgos asociados, ese patrón puede y tendrá que cambiar.

Ahora la humanidad ya sabe de la amenaza destructiva que acarrea el absurdo característico de la práctica económica moderna, que creía viable y deseable maximizar al infinito la producción, sobre la base de articular factores productivos como el trabajo humano, la tecnología y el capital. Escribo el absurdo, pues para la conciencia económica moderna esos factores supuestamente operaban en un “fondo eterno”, cerrado y abstracto (así se consideraba a la naturaleza); un “fondo” ajeno a cualquier medición económica. Por eso, los hombres y mujeres de la época moderna desconocieron impunemente los límites estructurales impuestos por la misma naturaleza.

En cambio, hoy desde el pensamiento sistémico postmoderno los científicos saben que la biosfera -que es un sistema abierto a la energía del cosmos- no puede tolerar al infinito la eficiencia económica moderna que sólo opera en ciclos cortos y en espacios supuestamente separados. Precisamente el sino central de la supuesta “eficiencia” de esa economía maximalista de la riqueza material, ha sido el economicista (des)criterio del costo y la oportunidad: cuántos horrores de destrucción ambiental y social, por ejemplo, se han cometido gracias a ese literal descriterio. La impunidad de este (des)criterio ante consideraciones ambientales y sociales deberá terminar si acaso la economía del futuro realmente quiere dejar de extraer indiscriminadamente energía libre y producir como resultado desechos. En la actualidad, a tono con la sensibilidad postmoderna que desea imaginar otra manera de expansión económica, muchos pensadores se preguntan: ¿puede seguir creciendo la economía mundial? Y unánimemente se responden que el crecimiento a la manera moderna ya no es posible.

Los diagnósticos y mediciones que hoy están haciendo muchas organizaciones académicas son lapidarios. Por ejemplo, la institución californiana Redefining Progress, sobre la base del concepto de hectárea global, el año 2002 presentó en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos un estudio concluyente: el actual nivel de intensidad en la explotación de sus recursos ha llevado a la Tierra a cruzar el umbral de su regeneración. La noción de hectárea global, en tanto mide cuántos recursos puede producir y cuántos desechos puede absorber cada hectárea de tierra o mar, permite sumar y restar la relación entre los recursos proporcionados por la naturaleza y los deshechos que a ella devolvemos con nuestras actividades económicas. El mencionado estudio indica que en 1999 gastamos un 20% más de lo que la agotada Tierra fue capaz de regenerar. Si se me acepta la imagen, ese año fue necesario 1.2 planetas para regenerar todo lo que consumimos (y es un decir el uso del plural, pues algunos consumen más que otros.)

Aquí importa recordar que los valores que dotaron de singularidad al sistema económico moderno fueron compartidos tanto por el capitalismo real como por el socialismo real, las dos variantes organizativas que compitieron durante la modernidad respecto a cuál conquistaba las mentes humanas sobre la base de la oferta de una mayor acumulación de capital y la maximización de la producción con el objeto de progresar. Ésa fue la misión de la época. El capitalismo y el socialismo, al menos en lo económico, sólo se diferenciaban en que el primero ponía -y aún pone- el acento en la búsqueda egoísta del lucro individual para garantizar así el crecimiento material y la acumulación. En cambio, el socialismo ponía el acento en la búsqueda colectiva de la acumulación y del crecimiento material, pues minimizaba el afán de lucro (el egoísmo individual se sublimaba en el egoísmo “cooperador” del colectivo) y exacerbaba la planificación centralizada del proceso económico.

En el actual marco histórico transicional, el principal desafío de la tecno-ciencia y de una nueva conciencia y economía, es precisamente reinventar una producción y reproducción del bienestar material que conserve y respete las concordancias ecológicas entre la cultura humana y el resto de las especies, los ecosistemas y la biosfera. Sobre esa base algo ya está ocurriendo, nuevas ideas y prácticas económicas están emergiendo, pese a la abrumadora presencia del desenfreno productivista, el egoísmo competitivo y la espectacularidad del sobre-consumo. Veamos cuáles son algunas de estas nuevas ideas y prácticas económicas.

1) El sentido ético de la Nueva Economía

Algunos usuarios del concepto “nueva economía” la reducen al “e commerce” (comercio electrónico) o bien a informatizar empresas que continuarían operando con la misma lógica híper-productiva y orientada al lucro de la vieja economía. La “nueva economía” sería igual en valores y prácticas a la vieja economía, más e mail, Internet, intranet y, obviamente, computadoras, muchas computadoras. Sé que caricaturizo un poco, pero es inevitable ante la reiteración de un discurso monocorde que se hace pasar por novedad. Y es lamentable, ya que en el actual contexto histórico adquiere urgencia de supervivencia superar a la vieja economía de la modernidad occidental, separada de la naturaleza y sólo expoliadora de la misma, cuya misión ha sido producir y producir y sobre-consumir y sobre-consumir; y en oposición constructiva es de la mayor relevancia dar bríos a una integral nueva economía postmoderna, en concordancia con la naturaleza, basada en un nuevo conocimiento y sabiduría, tecnológicamente compleja y orientada al ser en vez del tener.

¿Por qué es éticamente necesaria una nueva economía? Porque con la vieja economía moderna, a través del increíble crecimiento de fuerzas productivas ambientalmente insostenibles, en pocos siglos hemos ido destruyendo nuestra propia casa (la biosfera), lo que ha sido para la conciencia humana una presión y un sufrimiento. Y como corolario de ese shock, la humanidad ha empezado a re-imaginar todo en aras de reconciliarse con la naturaleza.

En el presente, la reflexión responsable coincide en que una integral nueva economía postmoderna (en el sentido de ser radicalmente distinta y pos o después de la vieja economía moderna), además de su carácter digital y tele-comunicacional, debe tender en todas las empresas y actividades humanas a la sustentabilidad social y ambiental, a la desmaterialización o a un mínimo impacto gracias al reciclaje de todos los productos materiales, a incentivar a las empresas asociativas y cooperativas, a un radical giro energético y a promover el tercer sector de la economía, solidario y sin fines de lucro.

Quienes en la actual sociedad planetaria comparten el emergente paradigma científico sistémico, reconocen en éste las potencialidades capaces de contribuir a crear una nueva economía sustentada en una red de tecno-ciencia generadora de energía renovable y con el foco puesto en la producción limpia.

Otro consenso radica en relacionar a ésta con un cambio cultural profundo o un cambio en la conciencia humana, en tanto la nueva economía se guía por conductas y valores muy distintos a los de la vieja economía, por ejemplo: tomar las decisiones económicas sobre la base de criterios que articulen y promuevan la sustentabilidad social y ambiental, en vez de la ciega y anti-ética prioridad tecnócrata por el costo-beneficio inmediato; auto-inhibir en cada uno de nosotros el exceso de consumo; y reorientar el emprendimiento económico del empresariado en función de la sustentabilidad y no sólo tras una carrera loca por acumular ganancias y producir y vender mediante el incentivo del consumismo. Hoy en el mundo, lenta pero inexorablemente, se están expandiendo estos distintos ámbitos de la nueva economía, incentivados ya sea por el Estado, por empresas o por organizaciones de la sociedad civil.

En este punto, es necesaria una breve reflexión sobre el rol del Estado y el mercado. Para la nueva economía postmoderna (y éste no es un detalle menor si recordamos la comprensión maniquea del Estado y del mercado en los debates económicos durante la época moderna), es un desafío reconceptualizar el papel de uno y otro. En la tardo-modernidad, el sentido común neoliberal ha tendido a enaltecer (y fetichizar) el mercado y, a contrario sensu, a descalificar al Estado (antes el socialismo real hizo lo mismo, pero en sentido inverso.)

Según la teoría económica liberal, y más dogmáticamente aún en el neoliberalismo, el mercado no se debe intervenir ni regular por el Estado, ya que es “espontáneo”, ni tampoco el Estado debe administrar actividades productivas, porque es ineficaz. Pero esa comprensión no se condice ni con mucho con la experiencia humana.

Más allá de la actual y amnésica ideologización neoliberal, históricamente el Estado siempre ha sido regulador de la vida económica, además de otras funciones, y durante los últimos siglos, en occidente y oriente, el Estado –liderado por individuos de inspiración moderna- ha sido el gran gestor de los más relevantes emprendimientos productivos: toda la expansión económica de occidente se realizó de hecho tras la égida de los incipientes Estados-nación y más tarde fueron los Estados, en occidente y oriente, quienes planificaron y fueron marcando la pauta productiva innovadora en el devenir económico expansivo.

Respecto al supuesto carácter “espontáneo” de las dinámicas de intercambio humano (deseos y prácticas) que acaecen en el mercado, la afirmación es igual de discutible. El neoliberal olvida que el mercado como hecho real no es una invención reciente, sino que históricamente ha sido el “lugar” en el que se establecen los vínculos entre los seres humanos en el vivir económico. En ese sentido, obviamente el mercado surge con lo social y en consecuencia se trataría de un espontáneo gesto humano. Sin embargo, algo muy distinto son los deseos, valores y prácticas con que los seres humanos concurren a ese mercado, lo que no es espontáneo, sino que esta lleno de historicidad. El mercado se ha organizado de distintas formas en la historia: he ahí el trueque y más tarde una diversidad de formas, ideas y estados de ánimo que han ido desde civilizaciones y culturas cuyos mercados fueron signados por la competencia más fiera o bien por la solidaridad y reciprocidad más plena, pasando por regulaciones más o menos laxas o más o menos rígidas, concurriendo los seres humanos en cada ocasión a esos distintos mercados, según sea el paradigma social y el modo de vida de su época.

La inconsistencia de los neoliberales (y liberales) radica en que alaban un supuesto orden y una supuesta concurrencia “espontánea” al mercado; pero a renglón seguido agregan que los hombres y mujeres participan y participarían por siempre de ese mercado como unidades discretas que van a competir entre sí motivados por su afán egoísta, sin asumir que lo que han hecho con ese discurso durante toda la época moderna (y lo continúan haciendo), es producir y reproducir y así dar continuidad cultural sólo a un particular e histórico modo de concurrencia al mercado. De esa manera incentivan algo que obviamente no es espontáneo, sino que ha resultado de la singular deriva cultural occidental, me refiero al especial y único modo de vida moderno, animado por valores como el ego-ismo (separatividad), el neg-ocio (negación del ocio), el lucro, la acumulación, la híper-producción, el consumismo. Como he reiterado, esos son los valores que han animado durante los últimos siglos a la mayoría de occidente y aún animan a muchos hombres y mujeres que concurren diariamente al mercado y así activan un sistema que funciona “espontáneamente” como un metabolismo (máquina) productivo-destructivo.

Claro que en el cambio de época histórico en curso y ante la evidencia de lo insostenible de esta singular e histórica manera de vivir y de concurrir al mercado, algunos seres humanos han empezado a advertir que necesariamente se tiene y se puede subvertir la vida y organizar el mercado y la economía de otra manera. Por lo mismo, el desafío de la sensibilidad y modo de vida postmoderno es ir más allá del abstraccionismo y los dogmas típicamente modernos, ya sea en contra o a favor del mercado, ya sea a favor o en contra del Estado, y asumir que lo relevante es cómo vivimos y cómo realizamos el mercado y cómo vivimos y cómo realizamos el Estado. Luego, lo que verdaderamente importa es subvertir los valores modernos en el vivir económico e instaurar los emergentes valores de la nueva economía postmoderna.

2) Las nuevas regulaciones ambientales, la medición de la Huella ecológica e innovación y transferencia tecnológica ambiental

En las últimas décadas la regulación de los Estados y la auto-regulación ambiental de las empresas llegó para quedarse. No hay país en el mundo que no posea hoy un marco legal ambiental, más aún, muchos países han ido creando Ministerios del Medio Ambiente. Las empresas por su parte, obligadas por la fiscalización legal y ciudadana, han convertido en un imperativo del negocio las autorregulaciones ambientales. De hecho, la Responsabilidad Social Empresarial (RSE, es la sigla hoy más escuchada en los ámbitos de negocios y empresariales) no es otra cosa que la incorporación de lo que se conoce como el triángulo de la sustentabilidad económica en la gestión de las empresas: uno, rentabilizar la producción; dos, la responsabilidad ambiental; y tres, la responsabilidad con las comunidades donde cada empresa se inserta. Actualmente es obligación de las empresas el cumplimiento del Triple balance: económico, laboral y socio-ambiental. Para medir esto destacan las normas conocidas masivamente como ISO, que son un producto de la International Organization for Standardization (ISO). Estas se han convertido en un estándar global que proporciona el marco para que las empresas demuestren su compromiso con las regulaciones y auto-regulaciones ambientales.

Por su aceptación planetaria, la última ISO (la 14001:2004) potencialmente podría incidir en la gestión ambiental de todas las compañías en el mundo, incluso su impacto se extiende más allá del campo industrial. Por lo mismo, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) y la administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) han indicado que la certificación ISO es relevante. También, el acuerdo general en las tarifas y comercio (el GATT) espera que la ISO 14001:2004 se convierta en un requisito previo para hacer negocios en el mundo. Los analistas de estas tendencias regulatorias coinciden en que el poder ambiental y ciudadano hoy presente en los mercados, conducirá a la aceptación de los nuevos estándares mundiales ambientales.

En el ámbito de lo que son las nuevas miradas académicas y/o regulatorias, esta ocurriendo un cambio en la manera de conceptualizar la medición económica, que aún no ha sido incorporado formalmente en las mediciones de los Estados y de los organismos económicos formales; pero que si esta siendo cada vez más usado en universidades, en ONG´s y en agencias internacionales. El Producto Interno Bruto (PIB) ha sido el indicador económico más utilizado para medir el crecimiento económico de un país en un periodo de tiempo determinado (normalmente 1 año).

El PIB mide la producción (la formal, no mide la informal) de bienes y servicios generados en el país, valorados a precios de mercado, a través del valor agregado por las diversas ramas de actividad económica, o productores, incluyendo, además, el impuesto al valor agregado (IVA recaudado) y los derechos de importación (Fuente: INE, Chile). Como se lee el PIB no mide ni el consumo de recursos naturales ni los costos asociados a la contaminación del medio ambiente y/o su regeneración. Por eso, en los últimos años ha aumentado la exigencia ciudadana y académica por añadir al PIB los parámetros ambientales que hoy sabemos fundamentales para la expansión sostenible de la economía. Ese sería el PIB verde.

Esto esta siendo así pues hoy es obvio lo que hasta ayer no era obvio: que los seres vivos (vegetales, animales humanos y no humanos) para vivir necesitamos de alimentos, agua y energía, por lo que dejamos una huella en la naturaleza. Con la increíble expansión de las fuerzas productivas (trabajo, conocimiento, tecnología y capital) durante la modernidad occidental hoy globalizada, esa Huella Ecológica (HE) ha aumentado extraordinariamente. Precisamente la HE es un concepto estadístico que permite medir el impacto de nuestro consumo y estilo de vida sobre el planeta, estimando el gasto y agotamiento de “energía y recursos naturales” que el consumo humano y la absorción de nuestros residuos genera.

Lo que se calcula es nuestro gasto energético (agua, alimentos, productos varios, electricidad, combustibles fósiles, etcétera), ya sea directo e indirecto. Por ejemplo, el gasto directo va desde el combustible del auto y del transporte público, hasta el consumo del agua en casa, siendo muy variable entre distintos seres humanos y distintos países, dependiendo de estilos de vida. El gasto indirecto, en cambio, se relaciona con el transporte de productos importados que deben ser traídos desde zonas distantes del país o del mundo a los respectivos mercados locales; también este gasto indirecto mide la eficiencia energética o no de la vivienda que habitamos y los bienes y servicios que utilizamos. En ese análisis resulta que un estadounidense deja una HE de 5,38 planetas iguales al nuestro para sostener a la población global -asumiendo teóricamente que todos consumiéramos con su estándar-; un mexicano requeriría de 1,36 planetas y un afgano de 0.17 planetas para satisfacer sus necesidades. Es decir, nos permite darnos cuenta cómo nuestro estilo de vida y decisiones de consumo afectan a parte importante del ecosistema en la Tierra, así como es una buena oportunidad para cambiar hábitos que son poco solidarios y responsables con el planeta que le heredaremos a las generaciones futuras.

En otro tema, la tecnología moderna (de los últimos 3 siglos) ha sido un factor clave en el desenvolvimiento económico y podríamos decir que por su eficacia ha sido también un motor del deterioro ambiental, en tanto fue un desarrollo tecnológico incapaz de “reflexionar” sobre sus implicancias o externalidades ambientales negativas. Sin embargo, aceptar eso no implica hoy tirar la tecnología al basurero de la Historia. Por lo demás es imposible. Lo que si esta ocurriendo es una reformulación radical de la tecno-ciencia que hoy se esta recreando en concordancia con el medio ambiente. Los ejemplos son muchos, basta mencionar a las tecno-energías renovables (ya volveremos sobre esto). La tecnología moderna fue parte clave en la génesis del problema ambiental; hoy la tecnología posmoderna es y será parte fundamental de la solución ecológica.

Actualmente el derecho internacional afirma que la tecnología puede contribuir a los objetivos ambientales. La mayor parte de los acuerdos multilaterales sobre medio ambiente contienen cláusulas para identificar y promover las tecnologías más innovadoras y eficientes. El reporte Brundtland de 1987 y la “Declaración de Río de Janeiro sobre Ambiente y Desarrollo” de 1992, por ejemplo, identifican a la reorientación tecnológica –que se hace cargo de sus externalidades ambientales negativas- como un imperativo estratégico para el desarrollo sostenible y convocan a los Estados a la transferencia de tecnologías desde el norte al sur, desde occidente a oriente, y viceversa.

El Programa 21, por ejemplo, promueve la transferencia de tecnologías ecológicamente racionales en condiciones favorables hacia los países en desarrollo. Y más aún, en la Convención sobre el Cambio Climático el tema de las tecnologías no sólo se considera en el sentido de transferencia, sino que se hace un llamado a promover un cambio en el paradigma tecnológico que se haga cargo de la complejidad que requiere este inédito desafío de supervivencia de la especie humana.

3) El tercer sector: un actor clave de la nueva economía

En Europa, Estados Unidos, América y Asia, en las últimas décadas ha venido creciendo el asociacionismo económico productivo o de servicios ambientales, educativos, de salud, recreativos, etcétera, en la sociedad civil: el tercer sector, que ni Estado ni gran empresa privada, es asociativo e inspirado en una lógica sin fines de lucro y está plantando desde la sociedad civil los primeros gérmenes organizativos de una nueva manera de producir y de relacionarse.
El economista norteamericano Jeremy Rifkin, en su obra “El Fin del Trabajo”, informa estadísticamente sobre este cambio económico, que surge como una respuesta social, económica y afectiva al “horror económico” del desempleo que tan bien documentó Vivian Forrester en su obra homónima, y también como una respuesta al signo económico por excelencia del paradigma moderno: la maximización de la producción, la búsqueda del lucro inmediato y el sobre-consumo, causas de la actual insostenibilidad ambiental.

El Tercer sector “juega un papel social cada vez más importante en el mundo (…), ha crecido sensiblemente en los últimos años (…) y es la única opción con futuro ante la actual crisis económica y laboral causada por la actual revolución tecnológica y las desigualdades sociales”, afirma Rifkin.

Ya en 1990, el mismo autor entregaba las siguientes cifras: 350.000 organizaciones participaban del tercer sector en el Reino Unido con un 4% de participación en el Producto Interno Bruto. El 39 % de la población norteamericana participaba en actividades promovidas por éste. En Francia, en sólo un año, a finales de los ochenta, se crearon 43.000 asociaciones de la sociedad civil y el empleo en ellas ha crecido en forma regular, mientras que disminuye en la economía formal. En Alemania el tercer sector crece más rápido que el sector público y el sector privado. En Italia, el 15,4% de la población adulta dona su tiempo libre a actividades del tercer sector. En Japón, éste ha crecido espectacularmente: 23.000 organizaciones de caridad, 12.000 de bienestar social, 130.000 “rozin” para los adultos mayores, entre otras organizaciones “non profit”. 70.000 ONGs en la ex Unión Soviética y Europa central. En Asia existen 20.000 asociaciones de la sociedad civil. En África 4.000 y en América Latina, sólo en Brasil, en 1990, había 100.000 asociaciones comunitarias.

En Estados Unidos, en 1996, el tercer sector (considerando sólo las Organizaciones No Gubernamentales) tuvo una participación del 7% en el Producto Bruto Nacional (PNB), 525 billones de dólares, una cifra más grande que el PNB del 90% de los países del mundo.

A su vez, en el mismo año, en Holanda, este referente social participó con el 12% del PNB, en Irlanda con un 11,5%, en Bélgica con un 10,5%, en Gran Bretaña con un 6,2%, en España con un 4,5% y en América Latina con un 2,2%.
En algunas ciudades de Estados Unidos, Europa e incluso en América Latina circula un nuevo papel dinero que se usa para intercambiar valores de trabajo social y ambientalmente necesario. Este dinero es incluso aceptado por algunas entidades financieras. Por otra parte, allí donde arrecia una crisis económica severa, surgen inmediatamente nuevas formas asociativas y también empiezan a desarrollarse mercados del trueque.

En fin, podemos afirmar que este sector se ha constituido en una nueva relación socio-económico-cultural inspirada en valores como la cooperación y la solidaridad. Es la alternativa de la sociedad para enfrentar el fin del trabajo y redistribuirlo. Es una nueva organización social que surge como una coartada de la ciudadanía para ocupar el espacio redistributivo abandonado por el Estado y que la gran empresa privada nunca ha asumido.

Si se quiere un símil histórico, el tercer sector, al menos en su dimensión económica y en los valores que le acompañan, es algo así como lo que ayer, en la transición medioevo-modernidad, fue la emergencia de los Burgos (ciudades) en el corazón del feudalismo, con toda su complejidad social y subversiva a cuestas.

4) Un giro energético en la nueva economía

Los combustibles fósiles han sido las energías no renovables que han estado en la base económica de la modernidad: primero el carbón que movió a la máquina a vapor, después, el petróleo y el gas para mover la “máquina económica” mundo. Dicho metafóricamente: los hidrocarburos vistos como una potente energía extraída del corazón de la Tierra, “liberando” así a los cielos “la sangre” del planeta para alimentar el exceso de consumo que la modernidad ha impuesto a nuestros organismos, que son también los hijos e hijas del macro-organismo que es la Tierra.

El indeseado corolario de este frenesí energético ha sido la actual amenaza a nuestra organización económica global y por extensión a nuestra supervivencia, implícita en un acelerado cambio climático causado por la liberación indiscriminada a la atmósfera del CO2 de los combustibles fósiles.

En el presente, ese riesgo inminente es el que nos está llevando a un radical giro energético: al re-descubrimiento y re-utilización, ahora con nuevas y sofisticadas tecnologías, de antiguas energías renovables y limpias, por ejemplo, la energía solar, la energía geotérmica, la energía eólica, la mareo-motriz, los bio-combustibles, o bien a nuevos descubrimientos como la energía proveniente de la fusión del hidrógeno.

Simbólicamente podríamos decir que la energía de la modernidad fue masculina, pues se obtenía a través de una violenta penetración-perforación de la Tierra-vagina: he ahí las torres de perforación petroleras con sus tubos y trépanos penetradores. Además, eran no renovables. En cambio la nueva energía que viene, la de la postmodernidad, será femenina, pues, junto a su carácter cotidianamente renovable, no se obtiene a través de una violenta penetración sino que ahora simplemente se quiere encauzar y suavizar para uso humano el enorme poder de los átomos y las moléculas, del viento, de la Tierra y del sol, casi en un gesto de caricia.

Este giro energético es condición sine qua non para la continuidad de nuestra cultura material y para la continuidad de la especie, si consideramos seriamente la amenaza del cambio climático.

El movimiento profundo de este cambio energético -clave para el quehacer económico- es tan real, que instituciones de la propia modernidad realmente existente, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, se ven influenciadas indirectamente por el nuevo paradigma social postmoderno y destinan recursos, en especial en Asia, para que la base energética de su proceso de conversión productiva se realice sobre nuevas fuentes de energía renovables. El proceso de energías limpias para Asia es un signo particularmente alentador y característico de los ecos que genera el cambio cultural en la reorganización económica; una reorganización que, pese a su lentitud, está ocurriendo. Es crucial para el propio Occidente postmoderno que la numerosa sociedad asiática no repita el modelo de desarrollo energético del Occidente moderno.

La Unidad de Energías Alternativas de Asia (ASTAE) en la década de los noventa, entregó un crédito de 141 millones de dólares a la India para instalar 7 parques eólicos, 15 centrales mini hidráulicas y centrales fotovoltaicas conectadas a su red energética. La expansión de ASTAE en la década de los noventa ha sido considerable: en 1992, en Nepal desarrolló un solo proyecto de 2 millones de dólares en paneles solares fotovoltaicos; en cambio, en 1997 los proyectos fueron 33, por 1.300 millones de dólares y en 12 países de Asia.

Cada año se producen en el mundo más de 100 millones de bicicletas para un mercado en expansión: en las ciudades holandesas un 30% de los viajes citadinos se hacen en bicicleta, disminuyendo así considerablemente el uso de los automóviles. En Alemania el uso de la bicicleta en las ciudades ha aumentado en un 50% en los últimos años, en sintonía con un cambio cultural común a la postmodernidad europea.

En 1997, dos de las mayores transnacionales petrolíferas del mundo, la British Petroleum y la Royal Dutch Shell, invirtieron 1.000 y 500 millones de dólares respectivamente, en fuentes energéticas renovables como el hidrógeno, la eólica, la solar, las mini hidráulicas, los biocombustibles.

En 1997, el consumo de petróleo aumentó sólo un 1,4%; en cambio se incrementó en un 25% la producción de energía eólica. Y actualmente decrece el consumo del petróleo, lentamente, pero decrece por primera vez en los últimos dos siglos, y en cambio aumentan exponencialmente las Energías Renovables en todos los países del mundo.

El uso de las eficientes lámparas fluorescentes se ha multiplicado en los últimos años. Hoy en el planeta se utilizan más de estas lámparas que las incandescentes convencionales, lo cuál es una notable noticia de eficiencia energética pues ahorran tanta electricidad como la producida por más de un centenar de centrales nucleares.

La venta de células solares fotovoltaicas que se ven en los techos de zonas rurales de Asia y América Latina, y en las ciudades del norte (California es un ejemplo notable), creció en un 100% en los últimos años. El gobierno japonés planea tener 4.600 megavatios de tejados solares hacia el 2.010, una capacidad instalada comparable a la energía que consume un país como Chile.

5) Reciclabilidad y desmaterialización en la nueva economía

También hoy está ocurriendo otro giro productivo y cultural de la máxima importancia. La economía moderna extraía recursos naturales, con ellos construía y acumulaba nuevos productos materiales y luego los desechaba, creyendo que tal práctica podría ser infinita. La conciencia económica postmoderna, en cambio, quiere dejar de extraer indiscriminadamente recursos naturales y aspira a que estos re-circulen y se reciclen en una construcción y reconstrucción constante. Veamos algunos ejemplos.

Entre 1975 y 1995, el volumen mundial de papel recuperado se duplicó de 49 a 114 millones de toneladas. Hasta el 2009 esa tasa ha sido aún mucho más expansiva y sin retorno, según la FAO ya el próximo año alcanzará una tasa de recuperación cercana al 50%.
El mercado mundial de las tecnologías de control de la contaminación y otros bienes y servicios ambientales (industria del reciclaje, por ejemplo) creció de 295.000 millones de dólares en 1992 a 426.000 millones en 1997, alcanzando el 2% del Producto Bruto Mundial. Y ya el 2001 llegó a los 600.000 millones, superando a la industria aeroespacial, a la de armamentos y a la industria química. Hasta esa fecha, esta industria facturaba un 90% de su movimiento en los países industrializados; sin embargo, en los últimos años también se esta expandiendo en los países del sur y del oriente.

Hoy la mayoría de los líderes políticos, intelectuales y empresariales de Europa y de Estados Unidos impulsan medidas en pro de la sustentabilidad en las conferencias mundiales sobre cambio climático, biodiversidad, demografía. Y en sus países se plantean metas hacia la conversión energética y productiva en aras de la desmaterialización de la economía: esto es minimizar las actividades extractivas de recursos naturales y tender a la reciclabilidad radical de los bienes materiales que ya circulan en la biosfera.

Las grandes empresas transnacionales, producto de las regulaciones ambientales resultantes de la acción ecologista, han incorporado las variables ambientales en sus políticas corporativas, al menos en sus procesos productivos y en la distribución. Por ejemplo, en 1998 y 99, luego de la conferencia de Cambio Climático en Kyoto, 21 compañías (entre ellas, empresas tan señeras en actividades económicas causantes del calentamiento global como Royal Duttch/Shell y Boeing), todas con una facturación combinada de 550.000 millones de dólares, se unieron al Consejo Empresarial del Liderazgo Medioambiental, patrocinado por la Pew Charitable Trusts, reconvirtiendo hacia lo ambiental algunos de sus procesos.

Son todos aún insuficientes pero ya significativos signos de un cambio en el comportamiento económico insustentable que ha caracterizado a la modernidad; un cambio económico que sin duda esta siendo acelerado por el cambio cultural que promueve el ecologismo postmoderno. Se podría hacer más y más rápido. Hoy existe la tecnología y el conocimiento para reorganizar la vida económica. El obstáculo principal son las dificultades impuestas por la presencia retrógrada y recurrente de la ilusión moderna del crecimiento, que inhibe potenciar el cambio cultural y, como dijimos antes, por la severa inercia del actual sistema económico que sabemos opera en red y se orienta unilateralmente al crecimiento.

6) “Crecimiento Cero”: una neo-expansión económica eco sustentable en la nueva economía

El concepto de crecimiento cero ha sido desarrollado en las últimas décadas por pensadores y organizaciones que se oponen a continuar con la irracional expansión material y productiva. Si uno analiza la escasa literatura para referirse a este concepto, se encuentra con varios lugares comunes que revelan ignorancia o mucha incomprensión. Con el objeto de aclararlo, van aquí algunas reflexiones.

Los promotores del crecimiento cero no proponen una suerte de “nirvana económico”, es decir, una negación literalmente metafísica de la necesaria y tan humana expansión de la economía, en tanto saben que el ser humano vive, consume energía y se reproduce. Nadie discute la ineludible expansión; sólo se discute el carácter de la misma: ya sea continuar con un crecimiento ilimitado, ciego e irreflexivo, pura expansión, o bien empezar con una (neo) expansión entendida en el sentido de liberar, de potenciar las actividades económicas ahora en concordancia con la biodiversidad y la continuidad humana. (El co-autor de la científicamente fundacional Teoría de Gaia, James Lovelock, en su última obra, La Venganza de Gaia, propone una Retirada Sostenible, que en lo sustantivo es lo mismo que el Crecimiento Cero: porque no es posible, es suicida, dice él, continuar con el crecimiento o desarrollo económico a la manera moderna).

Lo que sugieren entonces los promotores del crecimiento cero es sólo un No rotundo a la irresponsable y criminal expansión de las fuerzas productivas y relaciones de producción modernas, unilateralmente asociadas a la lógica de un crecimiento económico que hace abstracción de sus límites naturales y humanos. Y lo que si hacen es que ante la actual crisis de sustentabilidad, ellos postulan un Si rotundo a la imprescindible expansión (liberar y aumentar) de las nuevas fuerzas productivas eco-eficaces, postmodernas en suma, para así garantizar una producción y una sociedad sustentable.

Un papel fundamental en el actual cambio de época histórica juega la nueva contradicción entre el desorbitado desarrollo de las fuerzas productivas modernas y la imposibilidad del bio-sistema planetario de soportar el daño que ellas están infiriendo a la naturaleza. Y esa nueva y vital contradicción puede complementarse fructíferamente con una manera creativa de traer al presente una de las más sugerentes tesis del historiador Carlos Marx: esto es, que determinadas relaciones de producción de una época antigua se pueden convertir en una traba para el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas.

Veamos cómo: si entendemos las relaciones de producción en tres dimensiones: una, como relaciones de apropiación y distribución de la riqueza; dos, como los motivos y valores que mueven la producción de bienes y servicios; y tres, como las relaciones entre los sujetos (y clases o colectivos) en los mercados y en cualquier interacción económica; pues bien, hoy es inequívoco que las relaciones productivas modernas están trabando el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas postmodernas que la humanidad tiene a mano para superar la actual crisis de sustentabilidad.

Como escribí antes, en la actualidad, ya existen y están operando fuerzas productivas eco – tecno – eficaces que constituyen el núcleo duro de la nueva economía postmoderna: existe la tecno-ciencia y la sabiduría que permitiría una producción y un modo de vida ambientalmente sustentable; existe el conocimiento y la capacidad para la generación de energía renovable; existe la capacidad para desmaterializar la economía, reciclando y reorganizando toda la materia prima ya transformada que está circulando en el mundo. De hecho, el año 2000 se realizó en Hannover, Alemania, la primera y global Feria Mundial para mostrar las grandes innovaciones en estos tres dominios de las nuevas fuerzas eco-productivas.

Pero esta emergente capacidad de producción hoy está siendo trabada por relaciones de producción propias de una época ya antigua: relaciones aún basadas en valores como la sobreproducción, el lucro, el costo-beneficio economicista y de corto plazo, la no redistribución, etcétera.

En ese sentido digo que es muy potente actualizar la notable intuición marxiana: hoy tenemos una emergente expansión-creatividad en las nuevas fuerzas eco-productivas, y si éstas fueran liberadas y expandidas nos permitirían desarrollar una capacidad de conservación para que las generaciones futuras continuaran viviendo en el planeta; pero lamentablemente aún estamos organizados en antiguas -modernas relaciones de producción.

Volvamos entonces al principio de este breve ensayo. Creo que la magnitud de la reciente crisis económica, con sus efectos en las conciencias y en la re-evaluación que se ha venido haciendo de la gestión económica, de los valores en el devenir económico de las últimos siglos, de los marcos regulatorios, etcétera, y por generar un contexto facilitador para la emergencia de nuevos liderazgos al estilo Obama, por ejemplo, podrían estar contribuyendo a dinamizar aún más esta nueva expansión económica postmoderna tecno-eficaz y sustentable.

A inicios del siglo XXI, hay mejores condiciones, sin duda, para echar a volar aún más la imaginación social creadora y así profundizar los cambios ya en curso que apuntan a reorganizar el hacer económico. Esto neutralizaría las antiguas relaciones de producción modernas, a través de un cambio cultural, y aceleraría la comprensión colectiva e individual de la no sustentabilidad del actual modelo de desarrollo económico.

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