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Fortalezas y desafíos de la Identidad Magallanica

Impresiones

Fortalezas y desafíos de la Identidad Magallanica

Desde el inicio me asombró la potente emoción de identidad regional entre los hombres y mujeres de Magallanes. Recién acostumbraba mis ojos al intenso azul de las aguas del Estrecho, a la sobrecogedora luz de sus cielos y a los coloridos matices en la espesura de la pampa, cuando ya era impresionado por la calidez de su gente y por las palabras con que me insistían en que ellos eran parte de la épica, aunque breve, memoria moderna del lugar. Y qué otra cosa, sino la emoción de la memoria, es la base detoda identidad.

Antes de venir a vivir a la región, con camas, gatos y petacas – léase compromiso afectivo -, sabía sólo por libros del regionalismo en la más sureña, aislada y distinta zona del país. Otra cosa, sin embargo, fue vivir en el día a día los sentidos y complejidades de esa emoción regionalista. Más allá de los edificios y autos casi siempre engalanados con la bandera azul – amarilla, esa emoción también se nota en los más mínimos detalles de las interacciones humanas.

Quiero sí, antes de entrar en materia, hacer un par de comentarios. Lo que aquí escribo son sólo impresiones. Es simplemente mi afectuosa, pese a mis énfasis críticos, manera de mirar a una comunidad que es sincera y apasionada en la defensa de su identidad regional. Confieso, no obstante, que no me ha sido fácil el encuentro con la manera de ser magallanica. Me ha inquietado su identidad tan fuerte, rica y vital; pero, como toda identidad insuficientemente procesada, a veces suele ser causa de ceguera.

La identidad: algo común a los individuos y las comunidades

La singularidad que me ha inquietado de la identidad regional es su autocomplacencia.

Iré de inmediato al corazón de lo que quiero decir: la identidad magallanica posee un orgullo acrítico o un apego a una manera de ser que no quiere hacerse cargo simultáneamente de sus luces y sombras, de su risa y de sus cuitas y temores. Es una identidad que se niega a una auto – terapia, a reflexionar críticamente sobre sí misma en aras de nuevos sueños. Y esta carencia es la que a veces nubla muchas virtudes de su identidad, inhibiendo, además, los cambios que tanto en los individuos como en las comunidades son fundamentales en elnecesario devenir de la vida.

Todas las identidades culturales, que no son otra cosa que estados de ánimo y miradas, son ambiguas. Todas tienen historia, luego, son dinámicas. Toda comunidad necesariamente posee una identidad. Tal como es inevitable que cada individuo en su devenir posea una identidad. La identidad es simplemente lo que somos.

Por lo mismo, un desafío constante es cultivar y trabajar la identidad. La identidad de una comunidad es su memoria y sus sueños. E igual como la memoria de una persona es su respectiva personalidad – identidad, la memoria de una comunidad lleva implícita la mirada de esa comunidad, su universo de posibles distinciones, de relaciones y de emociones asociadas. La identidad, en los individuos y en las comunidades, es la manera cómo nos sentimos, cómo nos miramos y cómo miramos, y está, desde el pasado, dinámicamente constituye el presente y hace el futuro.

La identidad: una dinámica manera de ser

La identidad de una comunidad, igual que la identidad – personalidad de un individuo, está en permanente y lenta transformación, consciente o inconscientemente, ya sea por su propia dinámica y/o en el encuentro con el Otro.

Por ejemplo, la personalidad – identidad del individuo siempre esta cambiando, querámoslo o no. El individuo contemporáneo incluso trabajasu interioridad a través de terapias para el desarrollo personal, cambiando su identidad en aquellas dimensiones que él o ella considera críticas.

Lo mismo ocurre en una comunidad. Por eso es fundamental – y es mi propuesta en estas líneas – quetoda comunidad sana debería incentivar la autocrítica en su seno y promover una vital capacidad de reírse de sí misma con el objeto de cambiar, sin soslayar el debate, llegando a veces incluso a tocar fondo.

Y aquí hay una primera dificultad en la identidad regional magallanica, de la cual hay que hacerse cargo. Sabemos que la identidad de las comunidades y de los individuos van modificándose en el encuentro con el Otro. Sin embargo, en el caso de Magallanes, la lejanía del Otro o el aislamiento ponen dificultades adicionales a los procesos de transformación de su identidad.

Cualquier encuentro con el otro en Magallanes se hace desde una actitud de resistencia. Aclaro de inmediato que no me refiero a tener o no una cálida sociabilidad con el otro, un rasgo común a todo magallánico, sino que hablo de interacciones culturales, de abrirse a la innovación, de abrirse a un espejeo con el Otro.

En la región, como emoción suele ser muy fuerte un tradicionalismoirreflexivo, que no es lo mismo que el respeto a las bienvenidas tradiciones. En una tierra de pioneros curtidos en la distancia y dificultades, el heredado sentido común opera más o menos así: como lo que hoy hago y sé hacer, ayer costo mucho, nos resulta fácil permanecer en una actitud de resistencia al cambio, pues aquí las cosas ya han sido probadas y funcionan.

Una identidad nostálgica

Desde su origen la región ha mantenido una especial relación con Chile. Por un lado, un hábito consuetudinario de dependencia y sobredemanda. Por otro, resentimiento y potencial conflicto. Esa compleja relación da como resultado un acatamiento resignado ante el centralismo y este resentimiento es el que ciega, pues no permite ver el bosque ni tampoco una afirmación consciente y positiva de la riqueza cultural en tantas dimensiones de la identidad magallánica.

Para decirlo sin matices: esto ocurre porque la identidad descansa unilateralmente en un orgullo nostálgico de la historia del pionero, aquel inmigrante esforzado que ayer lidió con la violencia de los elementos. Pero sin complementar ese legitimo orgullo con un nuevo orgullo que ahora nazca desde la afirmación positiva, desde el ensalzamiento consciente de las muchas potencialidades de la región.

Se trata de una identidad contundente en su orgullo desde la nostalgia de una épica pionera. Sin embargo, carece de un orgullo desde una pertenencia actual a su potente entorno natural y carece de un orgullo desde la pertenencia actual a una comunidad con una buena calidad de vida.

Es fundamental superar estas dos últimas carencias. Para eso, son claves los contenidos en esa dirección, ya sea de los nuevos discursos colectivos, de las nuevas épicas y de los nuevos símbolos. Por lo mismo, me atrevo a sugerir a mis amigos magallánicos que superar esas carencias es un camino a ser transitado para así reafirmar y potenciar su ya sólida identidad.

Sólo de esa manera, se podrán neutralizar con innovación los ya mencionados rasgos negativos y críticos presentes en su identidad: el leve resentimiento hacia el centro del país; una relación que por ser incapaz de aceptar afirmativa y orgullosamente sus fortalezas, aparece como resentida por estar siempre enfocada al “cuánto” recibo y “cómo” alcanzo a la modernidad del centro.

Para hacer más coloquial esta impresión, una anécdota. Hace un tiempo, un equipo de TVN de Chile vino por primera vez a registrar el Festival de la Patagonia, que se efectúa en Punta Arenas, y a las pocas semanas emitió un especial en la franja estelar de la red nacional. El día de la emisión estaba en Santiago y me tocó en suerte escuchar comentarios y casi felicitaciones de muchos amigos que me decían: viste el programa de Magallanes, increíble, que naturaleza, que lugar maravilloso para vivir.

Pero, al llegar a Punta Arenas, para mi sorpresa, hablando con amigos de la región, su sensibilidad y los comentarios eran opuestos. Mucho disgusto con TVN: que el programa era malo, que no había mostrado a los artistas regionales del Festival, que sólo había dedicado imágenes a los artistas nacionales de siempre y el resto del programa había sido puro paisaje e imágenes de Punta Arenas.

¿Por qué destaco este ejemplo? Porque retrata una insatisfacción, una molestia con el centro que a los magallánicos muchas veces los ciega. A la hora de emitir un juicio al programa de televisión, se fijaron sólo en la ausencia de algunos artistas regionales (cosa porlo demás bien explicable en una TV nacional) y eso no les permite ver ni reconocer en ese mismo programa la destacable proyección de una las cualidades más intensas de la región: su increíble belleza telúrica. Esta anécdota, sin duda, expresa esa molestia contenida de la quehe hablado y, además, expresa la poca solidez aún de un orgullo desde la pertenencia a su magnifico entorno natural.

La necesaria reflexión y afirmación positiva de la identidad

Una de las preguntas que convocaron a este debate planteaba sí las identidades regionales han sido suficientemente interpretadas en la historia de Chile. Definitivamente no ha sido así. Sabemos que la historia de Chile es prácticamente la historia del centro y de su expansión; pero no han sido escritas ni reflexionadas la diversidad de identidades del país, ni las étnicas ni las que se han ido constituyendo como especificidad en el devenir moderno, como es el caso de la XII región.

En Magallanes el trabajo del historiador Mateo Martinic ha sido importante. No sólo por ser un cronista de la historia regional, sino también por su tesón para generar símbolos que han llegado a ser universales en el imaginario magallanico, por ejemplo, la bandera regional. Sin embargo, en la región no ha habido reflexión antropológica e histórica sobre su identidad. Ya lo escribí antes, a la identidad en la región se le suele mitificar; pero no se le ha estudiado críticamente ni en su constitución ni en su devenir. Una carencia, hay que decirlo, común a todo el país.

En esta materia deseo indicar una veta que podría aportar mucho en esa reflexión: ¿cuánto y qué de la identidad magallanica tiene relación con la confluencia entre la identidad o manera de ser Croata y la manera de ser Chilota – Huilliche? Una tradición de estudios nacionales, desde distintas aproximaciones, ha dado pistas claves para entender críticamente nuestra identidad chilena, reflexionando sobre la emoción constitutiva y el devenir del “encuentro” español – indígena. Por lo mismo, en la XII región, sobre la base de la respuesta a la pregunta antes realizada, podrían abrirse pistas de interés para adentrarse en aspectos más íntimos de la identidad magallanica.

Lo antes escrito se relaciona con otra pregunta del debate: ¿cuáles son las futuras macro tendencias regionales?

Mi impresión es que en el futuro se acentuará la tensión identitariaentre la región y Chile. Claro que podría llegar a ser una fértil tensión. Si esta nace desde la creciente afirmación positiva y constructiva del orgullo patagónico, debería pautar un vinculo más horizontal y pro – activo con el país y a la vez una afirmación integradora de más variables emocionales en la propia identidad regional.

Todo indica que la constitución de una identidad binacional Patagonia se irá acentuando, gracias al sobrecogimiento que produce su magia y belleza telúrica, lo que es coincidente con su enorme potencial turístico, y gracias a la valorización de la calidad de vida en la región, comparada con los excesos de la modernización de la vida urbana en el norte.

Con estas parciales impresiones y como un afectuoso observador, he querido invitar a los magallanicos a incentivar la crítica y autocrítica sobre la manera de ser, a modificar la identidad, a ir acentuando, desde un orgullo positivo y prospectivo, no sólo nostálgico (y, por favor, sin desmerecer el valor de la nostalgia), otras variantes de la identidad, que, en el caso de Magallanes, se relacionan con las enormes potencialidades de la región: el orgullo de vivir en un lugar de naturaleza tan bella, limpia y única, y el orgullo de vivir lejos de la violencia de las grandes urbes modernas, gozando de una buena calidad de vida en una comunidad que debe velar por su continuidad a escala humana.

En ese sentido, el espacio abierto por la Comisión Bicentenario, de reflexión y debate, resulta fundamental para lidiar con la complacencia en la mirada de sí misma y deberían multiplicarse y convertirse en un hábito en las conversaciones cotidianas y en los Medios de Comunicación regionales.

Para terminar, quiero reproducir algunos párrafos de una carta de Oscar Castro, el actor y director de Teatro y Cine, fundador del Teatro ALEPH, enviada luego de su estadía en la zona el año 2002. El expresa mejor que yo algunas de las cosas que he querido decir:

– “Querido Hernán: Todo fue en extremos. Como el simple hecho de haber hecho París/Punta Arenas en un solo viaje. Llegar a esas tierras lejanas, envueltas en el mito de la aventura y en el sueño de tanto marino del mundo… Pasar algún día por el Cabo de Hornos… Llegar ahí donde termina el mundo o donde nace… Es la Puerta de Chile por donde se entra o se sale…

A veces me he preguntado si ustedes están conscientes que vivir allá o aquí es una decisión voluntaria y que por ese sólo motivo dignifica la vida de los que hicieron la elección de lo lejano, de lo duro, de los que no tienen dificultad de ver la vida como una lucha cotidiana en la que se debe multiplicar la solidaridad y la generosidad para salir adelante. Mi pregunta fue siempre la misma: ¿son conscientes mis amigos de lo que yo veo en ellos?

A mí siempre me han gustado los extremos de todo tipo, es la única manera que tengo de encontrar mi centro. Todo es inseguro en esas tierras. Todo puede terminar de un minuto al otro… el amor… el pan nuestro de cada día… hasta los vecinos están ahí con lo bueno y malo de los vecinos… Todo es poco claro, como la vida. Todo lo importante allá es palpable. Todos los mares son peligrosos, pero los de los extremos muestran en todo instante lo que son capaces de hacer y ese es el desafío de todo gran marino. Por eso me gusto estar en esas tierras que me enseñan a vivir la incertidumbre como un espacio de libertad que me permite inventar mi futuro cotidiano.

Hace muchos años que no vivo en mi país. Las dos ultimas veces me ha tocado estar en el extremo norte y en el extremo sur. Ambos extremos se parecen. Las quejas son las mismas, sobre todo una visión de ese Santiago que, como todos sabemos, no sabe otra cosa que hacer que no sea mirarse a sí mismo. Es cierto, es verdad. Pero no es una buena razón para olvidar todo aquello que nosotros, los lejanos, le podemos enseñar al país entero. Para mí es mucho más interesante mostrar al mundo la ciudad de Punta Arenas que Santiago.

¿Y saben los chilenos australes el enorme potencial que podrían compartir con el resto del mundo? Mi duda entra cuando hacemos al centro responsable de todas nuestras desgracias.

Bueno, la verdad es que en esos lugares me sentí como pez en el agua. Tenia una bella sensación del tiempo y del espacio. Me gustan las sensaciones de “esta es la ultima vez”. Me gusta sentir que beso por ultima vez. Me gustan los “hasta siempre”. Me gustan, porque cuando después repito las experiencias tengo la sensación de resucitar. Y como adoro la vida, pronto tendré la sensación de renacer, sobre todo cuando vuelva a besar la pata del indio o a comer caláfate, cantándole a la vida frente al Estrecho de Magallanes…”

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